Un niño corre por casa, protesta por todo, parece incapaz de estarse quieto y, cuando llega el momento de acostarse, asegura que no tiene sueño. La reacción habitual puede ser pensar que todavía le sobra energía. Sin embargo, detrás de ese comportamiento puede esconderse justamente lo contrario: un exceso de cansancio. La especialista en sueño infantil Celeste Castilla recuerda que un menor agotado no siempre manifiesta somnolencia de la manera que los adultos esperamos.
El sueño es una necesidad biológica especialmente importante durante la infancia. En etapa escolar, los niños necesitan de media alrededor de diez horas de descanso diario, según recoge la información de la Asociación Española de Pediatría. Mientras duermen, el cerebro consolida aprendizajes y participa en procesos relacionados con el crecimiento y la regulación emocional. Dormir bien, por tanto, no consiste únicamente en conseguir que el niño llegue descansado al colegio.
El problema está en reconocer cuándo necesita parar. Bostezar, frotarse los ojos, reducir la actividad o buscar más contacto son señales relativamente evidentes. Pero Castilla advierte de otras mucho más engañosas: irritabilidad, aceleración, nerviosismo e incluso un aparente aumento de energía. Esperar hasta que el pequeño esté completamente agotado puede hacer que conciliar el sueño resulte todavía más complicado.
Dormir bien empieza mucho antes de meterse en la cama
Uno de los errores más habituales es intentar solucionar todos los problemas de sueño durante los últimos treinta minutos del día. Castilla propone mirar las 24 horas completas: los horarios, la exposición a la luz natural, la actividad física, la alimentación y las siestas condicionan cómo llega el niño a la noche. El dormitorio puede ayudar, pero difícilmente compensará una jornada completamente desordenada.
Septiembre puede hacer especialmente visible el problema. Después de semanas con horarios más flexibles durante las vacaciones, regresar al colegio obliga a adelantar nuevamente comidas, despertares y horas de acostarse. Pretender recuperar esa rutina de golpe puede convertir cada noche en una negociación. La recomendación de la especialista pasa por recuperar progresivamente horarios estables y aprender a detectar las primeras señales de cansancio, en lugar de esperar al límite.
Castilla también señala una franja aproximada entre las 19.00 y las 20.00 horas en la que puede producirse un incremento natural de melatonina y que algunas familias pueden aprovechar para comenzar la transición hacia el descanso. No significa que todos los niños deban acostarse a esa hora: la edad, las necesidades individuales y la organización familiar siguen siendo determinantes.
La preparación del entorno completa ese proceso. Reducir progresivamente la intensidad de las luces, abandonar los juegos muy estimulantes y limitar las pantallas permite que el final de la jornada resulte más predecible. Una habitación tranquila, confortable, con temperatura agradable y luz cálida puede facilitar el descanso, pero la calma no debería comenzar únicamente al cruzar la puerta del dormitorio.
Hay otra idea especialmente importante en el planteamiento de Castilla: cuando dormir se convierte cada noche en una lucha, quizá el problema no sea simplemente que el niño “no quiera acostarse”. Puede estar demasiado cansado, sobreestimulado o haber llegado a la cama en un momento que no encaja bien con sus necesidades. Mirar su comportamiento desde esa perspectiva cambia también la respuesta de los adultos.
El sueño infantil tiene una parte fisiológica, pero también se construye mediante hábitos. Y quizá ahí esté la clave: antes de preguntarnos por qué un niño no quiere dormir, conviene observar cómo ha vivido las horas anteriores. Ese pequeño que a las diez de la noche parece tener energía para correr una maratón puede no necesitar más actividad, sino exactamente lo contrario: que alguien reconozca que está agotado. @mundiario




