Cada crisis alimentaria suele interpretarse como un episodio aislado. Sin embargo, el reciente llamado de la Organización Mundial de la Salud muestra que la seguridad de los alimentos constituye uno de los pilares menos visibles de la salud pública. La calidad de lo que llega diariamente a la mesa condiciona tanto la expectativa de vida como la capacidad de los sistemas sanitarios para responder a enfermedades prevenibles.
La globalización ha permitido una oferta alimentaria más diversa que nunca, pero también ha incrementado la complejidad de las cadenas de producción. Un problema sanitario originado en una región puede extenderse rápidamente a numerosos países, obligando a reforzar controles internacionales.
El cambio climático añade una nueva variable. Las modificaciones en temperatura, humedad y disponibilidad de agua alteran la presencia de microorganismos y contaminantes, obligando a actualizar permanentemente los protocolos de vigilancia sanitaria.
La discusión también alcanza al consumidor. La seguridad alimentaria ya no depende exclusivamente del productor o del Estado. La conservación doméstica, la manipulación adecuada y el acceso a información confiable forman parte de una estrategia compartida.
La alimentación saludable comienza mucho antes de elegir un producto en el supermercado. Empieza en políticas públicas capaces de garantizar que aquello que se consume no represente un riesgo para la salud.
En las próximas décadas, la seguridad alimentaria probablemente será evaluada con el mismo nivel de importancia que hoy tienen las campañas de vacunación. La prevención seguirá siendo la herramienta más eficiente para reducir enfermedades evitables y fortalecer la confianza de la sociedad en sus sistemas de control sanitario. @mundiario




