Hay una paradoja en la lucha contra las superbacterias: una de las herramientas que puede ayudar a combatirlas no consiste en tomar un medicamento, sino precisamente en saber cuándo esperar antes de hacerlo. La llamada prescripción diferida propone que determinados pacientes reciban la receta de un antibiótico, pero no comiencen el tratamiento inmediatamente. La idea es observar la evolución durante las siguientes 48 o 72 horas y recurrir al fármaco únicamente si los síntomas persisten o empeoran y el médico considera que sigue siendo necesario.
La estrategia cobra especial importancia porque buena parte de las infecciones respiratorias que llegan a las consultas de Atención Primaria no necesitan antibióticos. Los procesos provocados por virus no responden a estos medicamentos y, sin embargo, el consumo innecesario contribuye a que las bacterias desarrollen mecanismos para resistirlos. El resultado es un problema que trasciende al paciente concreto: cuantos más antibióticos se utilizan de forma inadecuada, más difícil puede resultar tratar determinadas infecciones en el futuro.
Una receta que funciona también como margen de seguridad
Antonio López, coordinador de Salud Humana del Plan Nacional frente a la Resistencia a los Antibióticos (PRAN), considera que la prescripción diferida es una de las medidas con mayor capacidad para reducir el uso innecesario de antimicrobianos desde la Atención Primaria.
Su funcionamiento es sencillo, pero cambia por completo la lógica habitual de una receta. El paciente no tiene que volver a empezar el proceso si su estado empeora: dispone ya de la prescripción. Pero tampoco tiene que acudir inmediatamente a la farmacia y comenzar un tratamiento que quizá nunca llegue a necesitar.
Ese margen resulta especialmente útil cuando existe cierta incertidumbre sobre el origen de una infección. Si durante las primeras 48 o 72 horas las molestias disminuyen, el antibiótico puede no llegar a utilizarse. Si, por el contrario, el cuadro no mejora o evoluciona desfavorablemente, el tratamiento puede iniciarse siguiendo las indicaciones médicas.
La clave está, por tanto, en no confundir prescripción diferida con automedicación. La decisión inicial corresponde al facultativo y el paciente debe seguir las instrucciones recibidas. El objetivo no es retrasar tratamientos que sean necesarios, sino evitar aquellos que no aportan beneficio.
El problema empieza mucho antes de que aparezca una superbacteria
La resistencia antimicrobiana suele percibirse como una amenaza lejana, asociada a hospitales o infecciones especialmente graves. Sin embargo, también se alimenta de decisiones cotidianas: tomar un antibiótico cuando no corresponde, utilizarlo para una infección vírica o recurrir a las dosis sobrantes de tratamientos anteriores.
José María Molero, portavoz de infecciones de la Sociedad Española de Medicina Familiar y Comunitaria (semFYC), señala precisamente la importancia de la educación sanitaria. Parte de la población continúa asociando estos medicamentos con una solución rápida frente a síntomas como la fiebre, el dolor de garganta o el catarro, aunque su utilidad depende de que exista una infección bacteriana susceptible de tratamiento.
Iván Espada, del Consejo General de Colegios Farmacéuticos, también sitúa al paciente en el centro del problema. La expectativa de recuperarse cuanto antes puede favorecer la presión para obtener una receta, incluso cuando el antibiótico no está indicado. Ahí aparece una de las dificultades menos visibles de la lucha contra las resistencias: convencer de que no recibir un antibiótico también puede ser una decisión médica correcta.
España quiere convertir la espera en una herramienta habitual
La estrategia todavía tiene una implantación limitada en España, aunque el Ministerio de Sanidad y las comunidades autónomas han comenzado a trabajar para extenderla. Fuentes de la Agencia Española de Medicamentos y Productos Sanitarios (AEMPS) han confirmado a El País la creación de un grupo específico destinado a estudiar cómo aplicar la prescripción diferida de manera más amplia.
El interés no es casual. Un análisis de la Red Española de Agencias de Evaluación de Tecnologías Sanitarias y Prestaciones del Sistema Nacional de Salud (RedETS) revisó 12 ensayos clínicos aleatorizados con 3.750 pacientes y encontró que la prescripción diferida reduce de forma significativa el consumo de antibióticos respecto a la prescripción inmediata.
La evidencia también introduce un matiz importante: esperar puede implicar algo más de dolor o malestar durante los primeros días en determinados pacientes, pero la duración global de los síntomas es similar. Además, los estudios no encontraron diferencias relevantes en complicaciones, efectos adversos o necesidad de volver a consultar.
El modelo tampoco es completamente nuevo. En Reino Unido se utiliza de manera mucho más extendida y algunas experiencias españolas apuntan en la misma dirección. En la Comunidad Valenciana, una herramienta implantada en 2023 mostró que solo una parte de los pacientes a los que se aplicó esta estrategia terminó necesitando finalmente el antibiótico.
El reto no está solo en la consulta médica
Para que la prescripción diferida funcione, no basta con que el médico entregue una receta con una fecha implícita de espera. También es necesario que el paciente comprenda qué debe vigilar y cuándo tiene que actuar.
En ese proceso, el farmacéutico puede desempeñar un papel relevante. Espada defiende que las indicaciones ofrecidas en la consulta y las explicaciones recibidas posteriormente en la farmacia deben ser coherentes. Si el paciente entiende que la receta no equivale a una orden de empezar inmediatamente el tratamiento, disminuye el riesgo de que la estrategia pierda su sentido.
También existen obstáculos organizativos. La falta de tiempo en las consultas, las limitaciones de algunos sistemas de prescripción y la formación desigual pueden dificultar su aplicación. A esto se suma una cuestión más delicada: la relación entre médico y paciente.
Molero advierte de que algunos profesionales pueden temer que entregar una receta diferida termine provocando que el paciente tome el antibiótico desde el primer día. Pero negarse a prescribir cuando el tratamiento no está indicado puede generar frustración, mientras que recetarlo de inmediato para satisfacer expectativas supone asumir un uso innecesario.
La prescripción diferida intenta situarse precisamente en ese punto intermedio: mantener una vía de tratamiento disponible sin convertirla en la primera respuesta ante cualquier infección respiratoria.
El desafío ahora es conseguir que esa espera deje de ser una práctica excepcional y se convierta en una herramienta integrada en la Atención Primaria. Porque frente a las superbacterias, la batalla no siempre exige un medicamento nuevo. En ocasiones empieza con una decisión mucho más sencilla: no tomar un antibiótico hasta saber si realmente hace falta. @mundiario




