Durante mucho tiempo, para explicar por qué unas personas enferman más que otras se han buscado respuestas en los genes, los hábitos y las condiciones materiales de vida. La renta, el nivel educativo, el barrio de residencia o el acceso a servicios sanitarios pueden determinar desde la esperanza de vida hasta el riesgo de desarrollar determinadas enfermedades. Ahora, una nueva variable reclama espacio en ese mapa: el entorno digital en el que transcurre buena parte de nuestra vida.
Una revisión internacional publicada en The Lancet ha analizado 121 estudios que reúnen datos de unos nueve millones de personas menores de 25 años. Sus conclusiones relacionan el uso problemático de los medios digitales con un mayor riesgo de problemas de salud mental, alteraciones del sueño y una menor actividad física. El hallazgo no significa que utilizar un móvil provoque automáticamente enfermedad, pero sí plantea una cuestión que hasta hace poco parecía exclusivamente tecnológica: qué ocurre cuando una parte creciente de la vida cotidiana depende de una pantalla.
La diferencia es importante. No se trata simplemente de contabilizar cuántas horas permanece encendido el teléfono. Dos personas pueden pasar el mismo tiempo frente a una pantalla y experimentar efectos completamente distintos. No es igual utilizar una tableta para estudiar acompañado por un adulto que permanecer solo de madrugada consumiendo contenido que genera ansiedad, interactuando compulsivamente en redes sociales o sacrificando horas de sueño para continuar conectado.
El problema no es únicamente cuánto tiempo pasamos con el móvil
Los investigadores han tratado precisamente de alejarse de una explicación basada exclusivamente en el número de horas. El concepto de “uso problemático de medios digitales” incorpora el contexto, el contenido y la manera en que se utilizan estos dispositivos.
Jay Saw, investigador de la Universidad de Toronto y uno de los autores del trabajo, insiste en que la tecnología no tiene un efecto único sobre las personas. Puede facilitar el acceso a información, mantener vínculos sociales, favorecer el aprendizaje o proporcionar espacios de pertenencia. Pero también puede convertirse en una fuente de aislamiento, alterar el descanso o desplazar actividades necesarias para mantener una vida saludable.
Esa dualidad obliga a abandonar una lectura sencilla. El debate no debería reducirse a si el móvil es “bueno” o “malo”, sino a qué tipo de relación estamos construyendo con él y qué actividades está sustituyendo.
Las estimaciones incluidas en la investigación permiten dimensionar el problema, aunque sus autores advierten de que deben interpretarse con cautela. Un uso superior a dos horas diarias de pantalla podría estar relacionado con la pérdida anual de alrededor de 2,8 millones de años de vida saludable por depresión y otros 240.000 vinculados a la obesidad en todo el mundo.
No son cifras que permitan afirmar que las pantallas sean la causa directa de esos problemas. El estudio es poblacional y, por tanto, encuentra asociaciones. Àurea Cartanya, investigadora especializada en epidemiología y salud pública de la Universitat Jaume I, señala a El País una de las grandes dificultades: no se puede determinar con certeza si el mayor uso de dispositivos favorece los problemas de salud mental o si las personas que ya atraviesan esas dificultades recurren más a ellos como entretenimiento, apoyo o forma de relacionarse.
La pantalla puede convertirse en un nuevo condicionante social
La comparación con otros factores de salud resulta especialmente relevante. La epidemiología social demostró que las condiciones en las que una persona nace, crece, estudia y trabaja pueden tener consecuencias sobre su organismo. Louis-René Villermé fue uno de los primeros en observar que la mortalidad variaba según las condiciones económicas de los barrios de París.
Desde entonces, la idea se ha ampliado: la salud no depende únicamente de lo que ocurre dentro del cuerpo, sino también de lo que sucede alrededor de él.
El entorno digital introduce una dimensión diferente. El teléfono acompaña a las personas prácticamente en cualquier espacio y momento: en casa, en el transporte, en el colegio, en el trabajo e incluso en la cama. Puede interrumpir el sueño, sustituir el ejercicio físico, modificar las relaciones sociales o convertirse en una vía permanente de exposición a información y estímulos.
Pero también puede hacer exactamente lo contrario. Una persona aislada puede encontrar una comunidad en internet. Un joven puede acceder a recursos educativos que no tiene en su entorno inmediato. Una persona perteneciente a un colectivo minoritario puede encontrar apoyo y experiencias compartidas.
Por eso, la cuestión sanitaria no parece estar únicamente en tener un móvil, sino en el ecosistema que se construye alrededor de él.
El gran problema está en unos datos que siguen cerrados
La investigación también pone el foco en una dificultad que trasciende a los usuarios. Las plataformas tecnológicas poseen información extraordinariamente detallada sobre cómo utilizamos sus servicios, qué contenidos consumimos y qué mecanismos favorecen que permanezcamos conectados. Sin embargo, buena parte de esos datos no está disponible para investigadores independientes.
Louise Holly, una de las autoras de la serie, advierte de que esta falta de acceso dificulta conocer con precisión cómo determinadas funciones de las plataformas pueden repercutir sobre la salud. Sin datos suficientemente amplios y transparentes, la ciencia se ve obligada a estudiar las consecuencias desde fuera de un sistema cuyo funcionamiento interno pertenece, en gran medida, a las propias empresas.
La consecuencia es paradójica: la sociedad utiliza estas herramientas a una escala masiva, pero todavía sabe relativamente poco sobre algunos de sus efectos a largo plazo.
Los autores plantean por ello medidas que van más allá de establecer una edad mínima para acceder a determinadas plataformas. Reclaman una mayor coordinación política, más transparencia empresarial y evaluaciones de impacto sobre la salud antes de introducir nuevos productos o funciones digitales.
El reto, por tanto, no consiste en demonizar el móvil. Consiste en conseguir que una tecnología diseñada para captar nuestra atención no termine condicionando silenciosamente aspectos básicos de la vida cotidiana.
Porque si durante siglos fue necesario mirar el barrio para entender determinadas desigualdades sanitarias, quizá ahora también haya que mirar la pantalla. El móvil no sustituye a la renta, la educación o las condiciones de vivienda como factores de salud. Pero todo apunta a que empieza a ocupar un lugar propio entre las variables que pueden influir en cómo vivimos, descansamos, nos relacionamos y, en última instancia, en nuestra calidad de vida. @mundiario




