Al final de los créditos, la película deja caer un mensaje tan sencillo como demoledor: «No hay supervivientes, solo descendientes». Esa frase da sentido al título de Ancestors (título aún sin estreno confirmado en España), el primer largometraje del guionista y director irlandés David Turpin, un drama desgarrador sobre los vínculos que se forjaron y se perdieron cuando el sida arrasó la comunidad queer de Londres a finales de los años ochenta.
La cinta, estrenada en la sección Discovery del Festival de Toronto, donde obtuvo el premio FIPRESCI de la crítica internacional, es poéticamente compleja en sus ideas, pero cruda y directa en sus emociones. A veces se excede, pero enseguida vuelve a golpear al espectador en el estómago, según la crítica de Variety. Todo apunta a que triunfará en el circuito internacional de festivales LGBTQ+ y despertará el interés de las plataformas especializadas.
Un refugio en el Londres de 1988
La historia sigue a Beau, interpretado por Éanna Hardwicke, un irlandés de veintitantos años que huyó de un país donde su identidad era ilegal. En 1988, Londres sigue siendo un refugio para hombres homosexuales que tuvieron que dejar su hogar. Beau trabaja en el destartalado café de Maurice (Rupert Everett), un hombre mayor que ejerce de «tía» protectora de varios marginados del barrio.
Entre ellos está Tiny (Jack Wolfe, conocido por Sombra y hueso), un joven gigoló sin rumbo al que Beau acoge poco a poco. Una cama para pasar la noche se convierte en convivencia, y entre ambos no surge el romance, sino un amor más profundo y empático. Cuando a Tiny le diagnostican sida, Beau se siente responsable de él, pero el joven, propenso a las adicciones, deja de volver a casa.
Una búsqueda entre sueños y fantasmas
A partir de ahí, los bares, clubes y lugares de encuentro gay de la ciudad se convierten en un laberinto interminable. La búsqueda de Tiny es también una persecución de los propios miedos de Beau, y las fronteras entre pasado y presente, o entre realidad y ensoñación, se desdibujan en paisajes oníricos embriagadores.
No todo funciona. Una fantasía recurrente muestra a Beau conversando con Gloria (Christina Hendricks), una diva del Hollywood clásico cuya foto adorna la pared de Maurice, reinventada como barquera de almas queer hacia el más allá. Rodadas en un blanco y negro satinado, frente a los tonos pastel y neón con los que el director de fotografía Patrick Jordan baña el resto del metraje, estas secuencias resultan un artificio forzado en una película tan delicada.
Aun así, la interpretación de Hardwicke es exquisita: las vulnerabilidades del personaje asoman bajo su plácida superficie masculina, y su cuerpo se consume a medida que avanza el tiempo y se apaga la esperanza. El actor, que el año pasado deslumbró como el futbolista Roy Keane en Saipan, confirma aquí su enorme versatilidad.
La película dialoga además con Elsinore, estrenada también este otoño en festivales, sobre el diagnóstico de sida del actor Ian Charleson en ese mismo Londres. Lejos de enfrentarse, ambas reivindican el parentesco entre generaciones queer, el objetivo del ambicioso y sincero debut de Turpin.




