Hay una frase que repetimos casi automáticamente: si quieres, puedes. Suena bien, motiva y queda estupenda en una taza. Pero se queda corta. Puedes querer muchísimo algo y, aun así, avanzar con el freno de mano puesto cuando tu entorno cuestiona constantemente tus decisiones, ridiculiza tus aspiraciones o convierte cualquier intento de cambio en una rareza. No significa que nuestros amigos decidan nuestro futuro, pero sí que el entorno social puede hacer el camino bastante más fácil o muchísimo más cuesta arriba.
Y esto no es simplemente literatura de autoayuda. Un estudio longitudinal publicado en The BMJ, basado en 4.739 personas seguidas durante veinte años, encontró que la felicidad tendía a agruparse dentro de las redes sociales. Tener una persona directamente conectada que fuese feliz se asociaba con una probabilidad de ser feliz un 15,3% mayor; cuando un amigo cercano —a menos de 1,6 kilómetros— pasaba a ser feliz, la probabilidad aumentaba aproximadamente un 25%. Entre amistades cercanas y recíprocas, la asociación llegaba al 63%. Son asociaciones estadísticas, no una garantía de que un amigo optimista vaya a arreglarte la vida, pero desmontan bastante bien la idea de que vivimos emocionalmente aislados.
Lo interesante es que esa influencia no termina en el estado de ánimo. El seguimiento de 12.067 participantes del Framingham Heart Study encontró que cuando un amigo desarrollaba obesidad, la probabilidad de que la otra persona también lo hiciera aumentaba un 57%; entre hermanos adultos, un 40%, y entre cónyuges, un 37%. Los propios investigadores plantearon que las redes sociales pueden contribuir a modificar la percepción de qué comportamientos y características consideramos normales.
Dime qué normalizas y te diré hacia dónde puedes terminar caminando
Otro trabajo sobre esa misma gran red social encontró un fenómeno todavía más fácil de visualizar. Cuando una pareja dejaba de fumar, la probabilidad de que la otra persona siguiera fumando disminuía un 67%. Si quien abandonaba el tabaco era un amigo, caía un 36%; un hermano, un 25%; y, en pequeñas empresas, un compañero de trabajo, un 34%. No estamos hablando directamente de “éxito profesional”, y sería científicamente incorrecto convertir esos porcentajes en una fórmula para hacerse rico. Estamos hablando de algo quizá más importante: los comportamientos pueden propagarse dentro de los grupos humanos.
Ahí está, para mí, la verdadera cuestión. El éxito empieza mucho antes del resultado. Empieza en las conversaciones que repetimos cada semana. Si cada idea recibe un “eso no va a funcionar”, si mejorar profesionalmente se interpreta como creerse superior, si ahorrar parece de tontos, estudiar después del trabajo es perder el tiempo o emprender provoca bromas, llegará un momento en que determinadas renuncias empezarán a parecernos normales. No porque seamos débiles, sino porque los seres humanos construimos parte de nuestras referencias observando a los demás.
Pero tampoco compraría la versión simplista de “aléjate de la gente negativa”. Las personas atraviesan malas épocas, tienen miedo, fracasan, se quejan y necesitan apoyo. Una amistad valiosa no es aquella que aplaude absolutamente todo. De hecho, alguien capaz de decirte que una idea es mala puede ayudarte mucho más que diez personas repitiendo que eres maravilloso. La diferencia está entre quien cuestiona una decisión y quien sistemáticamente cuestiona tu capacidad para tomarla.
Por eso rodearse bien no significa buscar amigos exitosos, ricos o permanentemente felices. Significa construir relaciones donde crecer no resulte incómodo. Personas capaces de celebrar un logro sin convertirlo en una competición, advertirte cuando estás equivocándote, compartir conocimiento y, sobre todo, no necesitar que permanezcas exactamente en el mismo sitio para que la relación continúe funcionando.
Quizá hemos individualizado demasiado la idea del éxito. Hablamos de voluntad, productividad, madrugar, disciplina y resiliencia como si cada persona fuese una pequeña empresa aislada del mundo. Sin embargo, los estudios sobre redes sociales muestran algo bastante más humano: nuestros hábitos y estados emocionales están relacionados con los de quienes nos rodean, aunque eso no determine nuestro destino.
Mi conclusión es sencilla: no siempre podemos elegir de dónde venimos, pero sí podemos revisar quién tiene asiento permanente en nuestra vida. El éxito seguirá necesitando talento, trabajo, oportunidades y también una buena dosis de suerte. Pero resulta bastante más difícil construir una vida diferente cuando todas las voces que escuchas te recuerdan por qué deberías conformarte con la que ya tienes. Y quizá madurar también consista en entender que elegir bien a quienes caminan contigo no es egoísmo: es parte del camino. @mundiario




