Tom Cruise lleva décadas demostrando que no le teme a nada, pero pocas veces se había expuesto tanto como en Digger, la nueva película de Alejandro G. Iñárritu. El actor se transforma en Digger Rockwell, un anciano magnate petrolero de Texas que controla la industria de los combustibles fósiles y, por extensión, buena parte del poder en Estados Unidos. La película llega a los cines españoles el 2 de octubre y la crítica de Variety no ha sido precisamente amable con ella.
Con prótesis, mejillas enrojecidas y una melena blanca y desaliñada, Cruise interpreta al personaje con una fanfarronería desbocada que lo convierte en una caricatura andante de la arrogancia estadounidense. El diario compara el resultado con Les Grossman, el grosero ejecutivo de estudio que el actor encarnó en Tropic Thunder, ¡una guerra muy perra!, y sostiene que Digger es, en cierto modo, aquella película que Cruise siempre quiso protagonizar.
La trama se sitúa en un futuro cercano. Desde su lujosa mansión búnker, Digger recibe un aviso desde Groenlandia: una grieta en el hielo crece sin control tras años de perforaciones temerarias. El magnate resta importancia al asunto hasta que se libera una ola de metano y una plataforma helada de 640 kilómetros se desprende rumbo a Europa, con la amenaza de un tsunami de consecuencias devastadoras.
Una sátira que aspira a ser un clásico
Iñárritu, que firma el guion junto a Alexander Dinelaris, Nicolás Giacobone y Sabina Berman, quiere que su película sea el ¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú del cambio climático. También busca el tono incendiario de Network, un mundo implacable e ir más allá de No mires arriba, la sátira de Adam McKay sobre el mismo tema. Según la crítica, el problema es que la película no es graciosa y su sobreactuación recuerda a una mala película de los hermanos Coen.
Visualmente, el director apuesta por un barroquismo muy marcado, con decorados minuciosos y una paleta casi monocromática. Sin embargo, el texto considera que el conjunto resulta pretencioso y grandilocuente, un defecto difícil de justificar en una producción que ha costado más de 125 millones de dólares. La comparación con Pozos de ambición tampoco la favorece: aquella era impactante y esta, sobre todo, didáctica.
Un reparto de lujo al servicio de Cruise
El elenco reúne a John Goodman como un sombrío presidente de Estados Unidos, a Sandra Hüller como la hermanastra de Digger al frente de una empresa ecologista y a Riz Ahmed como Ganesh, el asesor científico que termina convertido en un manojo de nervios. Todos giran alrededor de un protagonista que monopoliza cada escena.
Aun así, hay un momento que la crítica rescata. Ante una especie de asamblea mundial, Digger pronuncia un discurso en el que explica que el planeta sigue dependiendo del petróleo porque nadie quiere renunciar a su estilo de vida. Durante unos diez minutos, la película abandona la búsqueda de villanos y Cruise brilla con un entusiasmo apocalíptico.
El tramo final, que rompe la cuarta pared, acaba por reforzar la sensación de que todo gira en torno al lucimiento del actor. Para Variety, ese es el gran error de una película que confunde el mensaje con el sermón y que llega a las salas con opiniones muy divididas.




