Reverso Films, una productora y distribuidora creada en España en el 2018 por la francesa Silvie Leroy, una emprendedora con sueños difíciles de cumplir, pero no imposibles, continúa con su labor de promover el cine independiente, un cine de autor que exprese sentimientos, emociones y conflictos humanos, de una manera artística, para un público que aprecie este tipo de cintas.
En esta labor difícil, que ofrece obras valiosas del séptimo arte, que no tienen mucha difusión debido a una distribución dominada por el cine norteamericano, que conforma unos gustos de evasión para un público corriente, Reverso Films nos presenta ahora el filme chileno-boliviano El ladrón de perros. Un película que tardó ocho años en realizarse: el proceso de desarrollo fue muy largo, la investigación, la escritura y reescritura de guión, la labor de casting, conseguir el apoyo financiero, los ensayos, etc, fue una labor titánica, reconoce su guionista y director, Vinko Tomicic Salinas.
Años después después del estreno de su primer largometraje, El fumigador (codirigido con Francisco Hevia), el director chileno Vinko Tomicic Salinas presentó su ópera prima en solitario, El ladrón de perros, en el Festival de Cine de Tribeca, New York, 2024.
De ahí para acá la cinta ha sido nominada y premiada en numerosos festivales alrededor del mundo, entre ellos los XII Premios Platino del Cine Iberoamericano, donde obtuvo el premio a la mejor ópera prima; los Premios Pedro Sienna 2024, donde ganó a mejor largometraje y mejor dirección de fotografía; el 39.º Festival de Mar del Plata 2024, donde obtuvo el premio a la mejor película latinoamericana; y el 28.º Festival de Málaga 2025, obteniendo la Biznaga de Oro, el premio a la mejor película iberoamericana, entre otros.
Con un personaje marginado como protagonista, Martín, huérfano, pobre e indígena, interpretado por Franklin Aro Huasco, un niño de la calle, la última obra de Tomicic Salinas nos transporta a La Paz, Bolivia, donde retrata a uno de los miles de niños y jóvenes perdidos entre las grietas de las crecientes presiones del capitalismo globalizado. El limpiabotas se popularizó en la ciudad en la década de 1980, cuando muchos miembros de comunidades indígenas emigraron al centro urbano en busca de oportunidades económicas, ganándose la vida a duras penas lustrando los zapatos de la élite.
Martín, que cuando es limpiabotas se cubre el rostro, por la discriminación que sufre este sector, cambia su rutina cuando empieza a trabajar cerca de un sastre acomodado (interpretado por el destacado actor chileno Alfredo Castro) que vive acompañado de su perro Astor, y comienza a imaginar que ese hombre podría estar conectado con su pasado familiar. Impulsado por la necesidad de saber quién es y de construir una identidad propia, el chico toma decisiones cada vez más arriesgadas que lo enfrentan a dilemas morales y a la dura realidad que lo rodea.
El aspecto técnico del filme es muy cuidado. El trabajo de Sergio Armstrong, encargado de la fotografía, despierta elogios. Con filtros, con apenas luces y equipo, modifica los colores, la ciudad de noche seduce y los planos de día de sus calles, plazas, fachadas y recovecos del camino, hacen de la Paz otra protagonista del filme.
Otro tanto hay que señalar de los elementos sonoros, que son fruto de la colaboración entre el diseñador de sonido Federico Moreira y el compositor Wissam Hojeij, con especial énfasis en el sonido ambiental que captura la atmósfera de la ciudad. Es una música que no invade, que no dice presente con voz estridente. Se cuela poco a poco, te coquetea sin darte cuenta. Hasta que te seduce, como la película, como sus personajes, y como la ciudad.
Llama la atención el trabajo actoral en su conjunto, y más si se tiene en cuenta que el protagonista de Martin, no era un actor profesional. “Pasar tiempo con él, caminar y conversar por las calles de La Paz, fue fundamental” -expresa el director.
“Los actores no profesionales -subraya- no aprenden sus líneas. Las escenas son “improvisadas” con meses de trabajo. Por eso no se nota el artificio. Por eso todo transmite naturalidad. Por eso te crees sus personajes. Por eso su cine trasciende”.
“Voy al realismo cuidando el artificio para llegar a la simplicidad, a la naturalidad, a la sensibilidad. Lo que la palabra no puede transmitir, lo encuentro en la imagen a través de la puesta en escena”. Es su manual particular para hacer cine libre.
“La esencia de la película -afirma- es la necesidad o el deseo de Martín de encontrar amor y ser amado. Él está dispuesto a hacer cualquier cosa, cuando el tiempo se agota para que pueda formalizarse una adopción debido a su edad. El reto para mí, como guionista y luego como director, fue cómo resolver esto. Martín encuentra amor en el perro, pero también en su relación con el sastre. Sin embargo, en cierto punto, tiene que decidir qué va a hacer, porque recibe amor de ambos lados, y estos entran en conflicto”.
El final nos pone a pensar y ratifica el valor social del filme, un relato realista, conmovedor sobre la infancia y cómo sobrevivir en las calles con la pobreza pisándote los talones.
Acerca del director
Vinko Tomicic (1987) es un guionista, director y productor chileno. Se formó en la Universidad de Buenos Aires. Su cine combina realismo social y una mirada íntima sobre personajes marginales, con especial interés en la infancia y las relaciones humanas.
Trabajó en cortometrajes y debutó en la realización de largometrajes con El fumigador (2016), codirigida con Francisco Hevia, un retrato de la paranoia, la culpa y el aislamiento de un fumigador chileno.
Posteriormente consolida su carrera desarrollando proyectos en la Residencia Cinéfondation del Festival de Cannes y la Biennale College Cinema de Venecia. El ladrón de perros es su debut en solitario.
Los lectores de MUNDIARIO pueden disfrutar del trailer de El ladrón de perros.
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