El cineasta y artista chino Qiu Jiongjiong vuelve a la gran pantalla con Fuxi: Four Tales of Feasting (título aún sin estreno confirmado en España). Es su segunda película de ficción y se ha presentado en la competición oficial del Festival de Tokio. Tras sorprender con A New Old Play, ganadora del Premio Especial del Jurado en Locarno en 2021, el director regresa a los decorados de estudio que se han convertido en su sello.
En esta ocasión, Qiu firma también el diseño de producción, además del guion, la dirección y el montaje. El resultado es una película antológica dividida en cuatro capítulos que giran en torno a la comida. El reparto está encabezado por Lee Kang-sheng, conocido por ser durante años el actor fetiche de Tsai Ming-liang, que interpreta varios papeles a lo largo de la historia.
Un viaje por la historia a través de la mesa
El título hace referencia a una palabra que se puede traducir como un manjar delicioso o el acto de comerlo. A partir de esa idea, la cinta habla de ritual y comunidad a través de la cocina de Sichuan, e incluso se detiene a explicar cómo preparar algunos de sus platos. El primer episodio se sitúa en una tribu prehistórica cuyos miembros tienen cola. En ella, una anciana interpretada por Lee se la corta para cocinar una sopa con la que alimentar a sus descendientes como parte de su rito funerario.
El segundo capítulo avanza al menos un milenio y presenta una sociedad agrícola y más jerárquica. Allí la comida es una ofrenda para un antiguo rey que vive como un pájaro, inspirado en la figura legendaria de Duyu. El tercero, el más sólido, reúne en 1997 a cuatro espíritus en un banquete en el que cada plato despierta recuerdos del poeta Su Dongpo, interpretado por Lee Hong-chi. El cierre, ambientado a comienzos del siglo XX, sigue a un niño que huye de la servidumbre y aprende a cocinar congee.
Un festín visual frente a la era de la IA
La crítica de Variety reconoce que la película resulta menos profunda que su ópera prima, a la que algunos compararon con Platform, de Jia Zhangke. Su filosofía final es estoica y algo irreverente, pero no especialmente reveladora. Aun así, la experiencia visual compensa con creces cualquier carencia.
Los decorados pintados, el humo artificial, las máscaras y los recortes de rascacielos retroiluminados construyen un universo teatral y artesanal. En medio de tanto artificio, los planos cenitales de panceta dorándose o de pescado al vapor con chiles destacan por su naturalidad y despiertan el apetito del espectador.
Dos personajes, el Sol y la Luna, sirven de marco a la historia. Observan a los mortales desde una montaña de espuma, mientras un equipo de rodaje prepara las secuencias de la película en escenas teñidas de sepia o azul acero, como en el cine mudo. Así, Qiu juega constantemente con los límites entre la vida y la muerte y entre las distintas capas de ficción.
En un momento en que los efectos digitales y las imágenes generadas por inteligencia artificial se imponen como solución rápida en producciones modestas, cada detalle táctil de Fuxi se convierte en un auténtico lujo para el público del cine de autor.
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