El dolor crónico tiene una dimensión de género que durante décadas quedó relegada a un segundo plano. Enfermedades como la fibromialgia, el síndrome de intestino irritable, la endometriosis o la artritis reumatoide afectan de manera especialmente frecuente a las mujeres, pero la explicación de esa diferencia ha estado rodeada durante años de incertidumbre. Ahora, una revisión publicada en Science reúne nuevas evidencias que apuntan hacia una conclusión: el dolor femenino no puede entenderse desde una única causa ni reducirse a una cuestión psicológica.
La investigación científica está empezando a dibujar un entramado mucho más complejo. Hormonas, genes, sistema inmunitario, actividad neuronal y microbioma parecen participar en una red de mecanismos que puede modificar la forma en la que el organismo percibe y procesa el dolor. El hallazgo no ofrece todavía una respuesta definitiva, pero sí cambia el punto de partida para estudiar un problema que afecta a millones de mujeres.
Durante mucho tiempo, la ausencia de una lesión visible o de una explicación médica inmediata alimentó interpretaciones que situaban el origen del dolor en la mente de las pacientes. Esa mirada contribuyó a que determinados trastornos fueran infravalorados o diagnosticados después de largos periodos de síntomas. La revisión coordinada por Holly Ingraham, investigadora de la Universidad de California, plantea precisamente la necesidad de abandonar esa visión reduccionista.
El dolor no empieza ni termina en un solo órgano
Una de las principales conclusiones que emerge de las investigaciones recientes es que el organismo no procesa el dolor mediante compartimentos independientes. Los sistemas hormonales, nervioso e inmunitario mantienen una comunicación constante y pueden modificar la sensibilidad ante determinados estímulos.
Las fluctuaciones hormonales ofrecen una de las pistas más visibles. En la endometriosis, por ejemplo, el dolor pélvico puede intensificarse durante la menstruación y también aparecer asociado a otros momentos del ciclo. Algo parecido ocurre en el síndrome de intestino irritable, donde se han observado variaciones en la sensibilidad dolorosa relacionadas con las fases del ciclo menstrual.
Esta relación también ayuda a plantear una cuestión relevante: por qué algunas enfermedades dolorosas aparecen juntas con tanta frecuencia. Endometriosis y síndrome de intestino irritable pueden coexistir en una misma paciente, mientras que la fibromialgia puede presentarse junto a migrañas, dolor articular, molestias intestinales o dolor de origen nervioso. Para los investigadores, estas asociaciones podrían indicar que existen mecanismos biológicos compartidos.
El objetivo, por tanto, ya no consiste únicamente en localizar dónde duele. La pregunta es qué ocurre en las distintas redes del organismo para que una señal termine percibiéndose como dolor intenso, persistente o recurrente.
El papel de los estrógenos abre otra vía de investigación
Las hormonas sexuales continúan siendo una pieza importante, aunque la investigación actual se distancia de la idea de que ellas expliquen por sí solas las diferencias entre hombres y mujeres.
Los estrógenos están especialmente bajo el foco. Investigaciones recientes han señalado que esta hormona puede incrementar la sensibilidad al dolor en el intestino femenino. El mecanismo también existe en los hombres, según Holly Ingraham, pero no funcionaría de la misma manera porque ellos no están expuestos habitualmente a concentraciones elevadas de estrógenos circulantes.
La consecuencia científica de este hallazgo es importante: las diferencias hormonales podrían modificar el funcionamiento de otras vías implicadas en el dolor, en lugar de actuar como una explicación aislada.
Esto obliga también a prestar más atención al momento hormonal de cada paciente y a cómo las variaciones fisiológicas pueden modificar la respuesta del organismo. Para la investigación clínica, incorporar estas diferencias puede resultar determinante a la hora de diseñar tratamientos y evaluar su eficacia.
El intestino también puede formar parte de la ecuación
Otra de las piezas que está ganando protagonismo es el microbioma, el conjunto de microorganismos que habita principalmente en el intestino y que mantiene una relación constante con el sistema inmunitario y el sistema nervioso.
La hipótesis que manejan los investigadores es que las hormonas pueden modificar determinados procesos dentro de este ecosistema microbiano y que esos cambios podrían influir, a su vez, en la sensibilidad al dolor.
Una de las evidencias citadas en la revisión procede de experimentos con ratones. Cuando investigadores trasplantaron materia fecal procedente de mujeres con fibromialgia a animales libres de microorganismos intestinales, estos desarrollaron alteraciones relacionadas con el dolor y con el sistema inmunitario.
El resultado no significa que la fibromialgia pueda explicarse exclusivamente por el microbioma ni que exista ya un tratamiento basado en esta vía. Sí aporta, sin embargo, una pista sobre la conexión entre intestino, inmunidad y sistema nervioso. Y esa conexión puede ayudar a explicar por qué el dolor crónico resulta tan difícil de encajar en una única categoría médica.
Una deuda pendiente con la salud de las mujeres
Javier Rivera, director de la Unidad de Reumatología y Fibromialgia del Instituto Nacional del Dolor, recuerda a El País que estos avances pueden abrir nuevas líneas para abordar el dolor crónico primario. Al mismo tiempo, reconoce que los tratamientos disponibles todavía no consiguen controlar de forma satisfactoria este síntoma en muchos pacientes.
Tamara Rodríguez, jefa de la Unidad de Síndromes de Sensibilización Central del Hospital Clínic, también advierte de que el conocimiento disponible sigue siendo incompleto. La relación entre las hormonas y el sistema inmunitario, por ejemplo, continúa presentando importantes incógnitas.
Ese vacío científico tiene consecuencias que van más allá del laboratorio. Cuando una enfermedad tarda en comprenderse, también puede retrasarse el diagnóstico y aumentar el tiempo que una persona permanece sin una respuesta clara sobre lo que le ocurre.
La revisión publicada en Science forma parte de una serie de trabajos centrados en las lagunas existentes en la investigación sobre salud femenina. Sus autoras recuerdan que durante buena parte de la historia de la medicina la investigación se realizó principalmente con participantes masculinos y que los problemas específicos de las mujeres quedaron con frecuencia vinculados casi exclusivamente a la reproducción. Ahora el desafío es ampliar esa mirada.
Yevgeniya Nusinovich señala que el cerebro y la función neurológica se encuentran entre los ámbitos con mayores preguntas todavía sin resolver. El dolor forma parte de ese territorio desconocido, pero no es el único. Sarah Ross, otra de las investigadoras de la serie, pone el foco en las diferencias del sistema inmunitario y recuerda que las enfermedades autoinmunes son más frecuentes entre las mujeres.
El nuevo escenario científico no ofrece todavía una explicación única para responder por qué ellas desarrollan más trastornos de dolor crónico. Lo que sí está cambiando es la pregunta: ya no se trata simplemente de determinar si el dolor es real, sino de descifrar qué redes biológicas hacen que aparezca, se mantenga y se intensifique. @mundiario




