Hay amenazas sanitarias que ocupan titulares durante semanas y otras que avanzan silenciosamente hasta modificar la medicina desde dentro. La resistencia a los antimicrobianos pertenece a la segunda categoría. En Europa, la aparición y circulación de bacterias resistentes está obligando a replantear la manera en que se utilizan los antibióticos y se vigilan las infecciones. Según el Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades, desde 2023 se han notificado más de 2.300 infecciones asociadas a cepas multirresistentes o extremadamente resistentes de Shigella en distintos países europeos, además de casos registrados en Estados Unidos. El problema no es solamente epidemiológico: afecta directamente a las posibilidades de tratamiento.
La amenaza puede parecer abstracta hasta recordar cuánto depende la medicina moderna de los antibióticos. Una cirugía, un trasplante, determinados tratamientos oncológicos y numerosas intervenciones hospitalarias requieren controlar infecciones que antes podían resultar mortales. Si los microorganismos desarrollan resistencia y los medicamentos dejan de ser eficaces, el progreso médico queda expuesto a una vulnerabilidad básica: no basta con saber realizar una intervención si no se puede proteger al paciente de una infección posterior.
Europa lleva años desarrollando sistemas de vigilancia precisamente porque la resistencia no respeta fronteras. Una bacteria puede aparecer en un hospital, desplazarse con una persona a otro país y formar parte de una cadena de transmisión mucho más amplia. La movilidad europea, que constituye una ventaja económica y social, también convierte la coordinación sanitaria en una necesidad permanente. Las fronteras políticas pueden ser precisas; las bacterias no conocen esos límites.
El fenómeno refleja además una paradoja de la medicina contemporánea. Los antibióticos son una de las herramientas más exitosas de la historia sanitaria y, precisamente por eso, su uso excesivo o inadecuado puede reducir su eficacia futura. Cada tratamiento innecesario, cada uso incorrecto y cada infección que circula sin control puede contribuir a un escenario donde las opciones terapéuticas sean más limitadas. La abundancia farmacológica del presente puede terminar generando escasez terapéutica en el futuro.
El caso de la Shigella resulta especialmente significativo porque muestra que las formas de transmisión también pueden cambiar mientras aumenta la resistencia. El Centro Europeo para la Prevención y el Control de las Enfermedades ha advertido sobre la circulación de diferentes grupos de cepas multirresistentes y extremadamente resistentes y sobre la necesidad de adaptar la vigilancia a las nuevas dinámicas de transmisión. El mensaje es claro: la salud pública no puede vigilar únicamente lo que conoce; debe ser capaz de detectar cómo cambian las amenazas.
LA MEDICINA MODERNA DEPENDE DE UNA GUERRA QUE CASI NADIE VE
La resistencia antimicrobiana también cuestiona una idea muy arraigada: que la innovación médica siempre avanza de manera lineal. Durante décadas, cada nuevo antibiótico parecía ampliar el territorio de lo posible. Ahora la evolución bacteriana obliga a aceptar que el progreso puede tener límites. La ciencia produce nuevas herramientas, pero los microorganismos también evolucionan y pueden encontrar maneras de escapar a ellas.
La vigilancia se convierte por ello en una infraestructura tan importante como un hospital. Saber qué bacterias circulan, qué medicamentos funcionan y dónde aparecen patrones de resistencia permite tomar decisiones antes de que un brote se convierta en una crisis. El problema es que la vigilancia no produce imágenes espectaculares ni resultados inmediatos para el ciudadano. Su éxito consiste, muchas veces, en evitar que algo ocurra.
Existe además una dimensión económica. Desarrollar nuevos antimicrobianos no siempre resulta tan atractivo para la industria como otros medicamentos porque el objetivo sanitario consiste precisamente en utilizarlos con prudencia. Un antibiótico nuevo debería reservarse para los casos en los que realmente aporte una ventaja, lo que limita el volumen de ventas. El mercado, por sí solo, no siempre recompensa la herramienta que la salud pública necesita conservar.
La respuesta también exige cambiar comportamientos. Médicos, pacientes, hospitales, sistemas veterinarios y autoridades sanitarias forman parte de una misma cadena. La resistencia no puede solucionarse simplemente descubriendo un nuevo medicamento, porque cada nueva generación de antibióticos puede enfrentarse a mecanismos de resistencia posteriores. La estrategia debe combinar prevención de infecciones, diagnóstico adecuado, vigilancia y uso responsable.
Europa tiene en este campo una oportunidad para demostrar que la salud pública funciona mejor cuando piensa más allá del paciente individual. Una persona puede curarse hoy con un antibiótico, pero la forma en que se utiliza ese medicamento también puede influir en la eficacia de los tratamientos disponibles para otros mañana. La resistencia antimicrobiana introduce una dimensión colectiva en cada decisión clínica.
La gran lección es incómoda pero necesaria: algunos de los mayores avances de la medicina no están garantizados para siempre. Los antibióticos no son un recurso infinito y su eficacia depende de una batalla evolutiva permanente. Europa no enfrenta solamente bacterias resistentes; enfrenta la necesidad de preservar las condiciones que hicieron posible buena parte de la medicina moderna. En esa disputa silenciosa, prevenir una infección puede ser tan importante como encontrar el próximo tratamiento. @mundiario




