Durante los últimos años, el calor extremo se ha asociado sobre todo a golpes de calor, problemas cardiovasculares o un mayor riesgo de incendios. Sin embargo, existe una consecuencia menos visible que empieza a preocupar a la comunidad científica: cuando las temperaturas suben, las personas tienden a moverse menos. Esa pérdida de actividad física, aparentemente silenciosa, puede convertirse en un nuevo factor de riesgo para la salud global.
Un estudio elaborado por los investigadores argentinos Mariano Rabassa y Christian García-Witulski, del Centro de Desarrollo Humano Sostenible de la Universidad Católica Argentina (UCA), y publicado en la revista científica The Lancet Global Health, alerta de que el calentamiento del planeta puede agravar uno de los grandes problemas sanitarios actuales: el sedentarismo.
La investigación analiza cómo las temperaturas elevadas modifican el comportamiento humano y establece una relación directa entre los periodos de calor intenso y el aumento de la inactividad física. Según sus proyecciones, si continúa la tendencia actual de calentamiento, hacia mediados de siglo la falta de ejercicio podría incrementarse un 1,44%, con consecuencias potenciales de entre 470.000 y 700.000 muertes adicionales al año.
El hallazgo resulta especialmente relevante porque la actividad física es uno de los pilares básicos de la prevención de numerosas enfermedades. La Organización Mundial de la Salud (OMS) recomienda realizar al menos 150 minutos semanales de ejercicio moderado o 75 minutos de actividad intensa, pero una gran parte de la población mundial ya se encuentra por debajo de esos niveles mínimos.
El trabajo de Rabassa y García-Witulski parte de una pregunta aparentemente sencilla: ¿qué ocurre con nuestros hábitos cuando el planeta se calienta? Para responderla, los investigadores estudiaron datos de 156 países recopilados entre 2000 y 2022 a partir de encuestas internacionales de salud. Después cruzaron esa información con registros de temperatura ajustados según la población de cada territorio para observar cómo cambiaba el comportamiento de las personas.
El calor cambia la forma en la que vivimos
Los resultados muestran que los meses con temperaturas medias superiores a 27,8 grados centígrados están asociados con un aumento significativo de la inactividad física. El dato puede parecer pequeño en términos porcentuales, pero cuando se aplica a millones de personas adquiere una dimensión global.
La explicación tiene varias capas. El calor extremo reduce la disposición a realizar ejercicio al aire libre, limita actividades cotidianas como caminar o desplazarse en bicicleta y favorece rutinas más sedentarias. Además, el cuerpo humano emplea más energía para regular su temperatura, lo que puede generar cansancio, menor rendimiento físico y una sensación constante de agotamiento.
Para los investigadores, el problema no es únicamente individual. El aumento del sedentarismo provocado por el calor puede desencadenar una cadena de consecuencias: menos actividad física, mayor riesgo de enfermedades crónicas, incremento de la mortalidad prematura y un impacto económico creciente.
Un problema que golpeará más a los países vulnerables
El estudio también revela una importante desigualdad climática. Los efectos del calor sobre la actividad física no serán iguales en todas las regiones del mundo. Mientras que los países con mayores ingresos disponen de más recursos para adaptarse mediante espacios climatizados, infraestructuras urbanas adecuadas o sistemas de prevención, las zonas con menos recursos afrontarán mayores dificultades.
En los países de ingresos medios y bajos, los investigadores estiman que el incremento de la inactividad podría alcanzar los 1,85 puntos porcentuales. Regiones como Centroamérica, el Caribe, el este del África subsahariana o el sureste asiático ecuatorial aparecen como algunas de las áreas más expuestas por combinar temperaturas elevadas con menor capacidad de adaptación.
La factura económica de un planeta más sedentario
El impacto del calor no termina en la salud. La investigación también calcula importantes pérdidas económicas asociadas a la reducción de la productividad por fallecimientos prematuros. Según Mariano Rabassa, las pérdidas globales podrían situarse entre 2.400 y 3.680 millones de dólares anuales hacia mediados de siglo.
Christian García-Witulski señala que el calor puede afectar al rendimiento laboral mediante diferentes vías: peor calidad del sueño, deterioro cognitivo, reducción de la fuerza muscular y un aumento del absentismo. El resultado es un círculo difícil de romper: las altas temperaturas reducen la actividad, la falta de ejercicio deteriora la salud y una población menos saludable pierde capacidad productiva.
Ante este escenario, los autores del estudio defienden que la adaptación al calor debe convertirse en una prioridad de las políticas públicas. Mejorar el diseño de las ciudades, crear zonas de sombra, ampliar los sistemas de alerta temprana y facilitar espacios seguros para practicar ejercicio serán medidas esenciales.
El cambio climático no solo está modificando el clima del planeta; también está transformando la manera en la que las personas se relacionan con su propio cuerpo. El calor extremo puede convertirse en un enemigo invisible que no solo obliga a buscar refugio, sino que también amenaza con alejarnos cada vez más de una vida activa. @mundiario




