Con Ancestors (título aún sin estreno confirmado en España), el cineasta irlandés David Turpin presenta en el Festival Internacional de Cine de Toronto (TIFF) una historia sobre la conexión humana, el amor y cómo los sueños pueden levantar el ánimo cuando todo lo demás falla.
Ambientada a finales de la década de 1980 en Londres, cuando la crisis del VIH-sida acababa con generaciones de hombres, en su mayoría homosexuales, Ancestors pide al público que recuerde. La historia gira en torno a Beau (Éanna Hardwicke), un inmigrante irlandés que busca comunidad y un lugar donde ser él mismo con libertad.
Beau vive con su amiga Michelle (Jessica Reynolds) y trabaja en la cafetería de Maurice (Rupert Everett), una figura paterna para los jóvenes homosexuales del barrio. Maurice se asegura de que comprendan la importancia de las estrellas de cine que admira: sus fotos adornan las paredes de la cafetería. Christina Hendricks interpreta a una de esas estrellas, en un papel que es tanto una metáfora como una representación de la realidad.
Cuando Tiny (Jack Wolfe) entra en sus vidas, la vida cuidadosamente construida de Beau cambia de forma irrevocable. "Le conseguí a todo el elenco un reproductor de casetes Walkman y les grabé una cinta. Fue un momento impactante, porque algunos de los actores más jóvenes nunca habían visto un casete", cuenta Turpin. "Pero fue muy útil darles la música que sus personajes habrían escuchado, porque puede llevarte a lugares a los que hablando nunca llegarías".
Mister Smith Entertainment se encarga de las ventas internacionales de la cinta.
La huella personal de David Turpin
El director explica que nació en 1982, así que era un niño pequeño en la época que muchos consideran el punto álgido de la crisis del sida, y sin embargo, esta ha repercutido en toda su vida. "Sigue repercutiendo en mi vida y en la de muchas personas, de maneras de las que no siempre somos conscientes", señala Turpin, quien cree que mucha gente de su generación siente la ausencia de sus mayores, ya fueran personas que murieron o que quedaron tan afectadas que se aislaron.
Sobre trabajar con Everett, Turpin asegura que fue un privilegio, porque el actor vivió aquella época y fue generoso al compartir su experiencia real en el Londres de entonces. Respecto a la veneración de Maurice por antiguas diosas del cine como Joan Crawford o Bette Davis, el director defiende que no es una broma, sino el coraje necesario para encontrar un camino propio hacia lo divino en un mundo que señalaba a los homosexuales como excluidos.
Un elenco que da vida a la memoria
Turpin destaca la presencia de Éanna Hardwicke, capaz de transmitir vulnerabilidad y, a la vez, cierta distancia, con ecos de Montgomery Clift y de un joven Marlon Brando. Sobre Christina Hendricks, confiesa que no imaginaba que ella fuera a leer su guion. "Para mí es un ícono. De joven veía Mad Men en la universidad y me enderezaba en la silla cuando aparecía su personaje", recuerda. Según Turpin, Hendricks eligió el proyecto porque le interesaba de verdad, y su trabajo resultó auténtico y meticuloso.
De cara al futuro, el realizador ya trabaja en su próximo largometraje, que espera rodar el año que viene: una nueva historia de amor, de tono distinto, titulada El expósito.
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