Para Bradley Whitford, regresar a Broadway con Algunos hombres buenos tiene algo de viaje en el tiempo. El actor vuelve a la obra que lo unió a Aaron Sorkin en 1989, y lo hace a pocos días de recibir su estrella en el Paseo de la Fama de Hollywood. El homenaje está previsto para el 30 de septiembre, y sus compañeros Martin Sheen y Dule Hill tienen previsto tomar la palabra.
Aquella producción original fue el punto de partida de una amistad que acabaría dando vida a El ala oeste de la Casa Blanca. "Fue allí donde conocí a Aaron y donde nos hicimos amigos. Esa serie nunca habría existido si eso no hubiera pasado", ha explicado Whitford desde Nueva York. Allí ensaya la nueva versión, que se estrenará el 8 de octubre en el Lincoln Center Theater.
El reto de heredar a Jack Nicholson
En esta reposición, el intérprete da vida al coronel Jessup. Es el personaje que Jack Nicholson convirtió en leyenda en la película de 1992 con aquel grito dirigido a Tom Cruise: "¡No puedes soportar la verdad!". Desde que consiguió el papel, no ha dejado de recibir la misma pregunta sobre cómo pronunciará la frase.
Ni siquiera en casa se libra de ella. Whitford cuenta entre risas que su esposa, la actriz y directora Amy Landecker, le pidió una mañana que la dijera tras oírle ensayar la noche anterior. Él accedió, pero el resultado no la impresionó. "No sé cómo lo voy a hacer. No debería saberlo", admite.
Cuando se conocieron, Sorkin tenía solo 26 años y Whitford 30. En aquel montaje interpretaba al teniente Ross y era, además, suplente del teniente Kaffee. Con su habitual tono autocrítico, asegura que es mucho mejor ser el suplente que sorprende que el tipo con su nombre en el cartel.
Una carrera marcada por el humor y la humildad
El triple ganador del Emmy tiene una trayectoria llena de personajes memorables en títulos como Studio 60, El cuento de la criada, Transparent, Déjame salir, tick, tick... BOOM!, Muerte por un rayo o, más recientemente, La diplomática. Aun así, se niega a tomarse demasiado en serio. Recuerda que, tras una proyección de Déjame salir en Los Ángeles, su hijo le bajó los humos con una frase demoledora: había visto perros quedar bien en las películas.
Esa es su fórmula para mantener los pies en la tierra. A su juicio, la mejor manera de tomarse el trabajo en serio es no tomarse a uno mismo en serio. Un rodaje, dice, funciona mejor cuando se parece más a un recreo que a una escuela. De hecho, le gustaría hacer más comedia, y guarda un cariño especial a los proyectos que ha compartido con Landecker.
La estrella en Hollywood le resulta extraña. Whitford piensa en sus difuntos padres, a quienes les habría hecho muchísima ilusión verle pasar la eternidad junto a Allison Janney y Lucille Ball. Su vocación nació en séptimo de primaria, cuando interpretó a Teddy en Arsénico por compasión y descubrió que actuar le exigía a la vez cabeza, corazón y cuerpo.
Treinta y siete años después, considera que la obra de Sorkin sigue siendo urgente porque debate si la mejor forma de sobrevivir es la cooperación o el dominio. El actor es abiertamente progresista y participa activamente en el Partido Demócrata de Wisconsin. Defiende que la desesperación es un lujo que sus hijos no pueden permitirse y que la acción es el antídoto.




