La tercera entrega de la saga que arrancó Abel Ferrara en 1992 llega con nombre propio y grandes expectativas, pero se queda muy lejos de cumplirlas. Bad Lieutenant: Tokyo (título aún sin estreno confirmado en España), dirigida por Takashi Miike, toma prestado el esqueleto de la película original para contar una historia centrada en la yakuza que nunca termina de despegar. Su estructura fragmentada introduce personajes y subtramas sin dar tiempo a que las anteriores se resuelvan, y el resultado es una película paradójicamente sobrecargada en la que, en realidad, ocurre muy poco.
El guion, firmado por Daisuke Tengan, presenta al detective divorciado y adicto a las drogas Yabuki, interpretado por Shun Oguri. Tras dejar a sus hijos en el colegio y consumir cocaína delante de sus amigos, es reclamado en la escena de un crimen brutal vinculado a la yakuza. Lejos de implicarse, el agente prefiere sobornar a un corredor de apuestas para saldar sus propias deudas de juego antes que colaborar con la investigación, un gesto que define su apatía durante el resto del metraje.
Una trama que no logra conectar sus piezas
Yabuki pronto se ve envuelto en una segunda serie de asesinatos, protagonizada por un exconvicto que asesina a antiguos socios y convierte sus restos en albóndigas, la única imagen capaz de provocar una reacción real en el espectador. La pista lo lleva hasta el orfanato del presunto culpable, donde surge un dato relevante sobre su pasado que la película abandona casi de inmediato para saltar a subtramas apenas conectadas entre sí.
En paralelo aparece la agente del FBI Gwen Birgssen, interpretada por Lily James con un marcado acento sureño que roza la parodia. Birgssen busca en Japón a la hija de un político estadounidense, la estudiante de cocina Megan, papel de la luchadora profesional Liv Morgan. Tras cruzarse con Yabuki, decide pedirle ayuda, y durante unos minutos parece que la trama por fin va a arrancar, solo para volver a estancarse de inmediato.
Una atmósfera que nunca llega a cuajar
Las escenas de presentación ocupan buena parte de los 108 minutos de duración, dando forma a un relato errático que carece del atractivo visual necesario para justificar su ritmo. Pese a estar ambientada en el Tokio nocturno, la cinta se siente limitada en el uso del espacio y jamás alcanza la atmósfera sórdida y magnética que caracteriza el resto de la filmografía de Miike.
Ni los destellos del pasado de Yabuki ni los diálogos entre los hombres de traje japoneses y estadounidenses aportan verdadera profundidad. Ambos casos criminales se resuelven gracias a información que otros personajes proporcionan, sin que el protagonista aporte gran cosa más allá de pedir dinero prestado y visitar a trabajadoras sexuales. Las escaramuzas en clubes de neón, aunque vistosas, quedan desconectadas del conjunto.
A diferencia de las versiones de Ferrara y de Werner Herzog, que llevaban a sus protagonistas hacia una auténtica agonía moral, Miike apenas roza esa tensión en un puñado de planos antes de reiniciar la narración. Cuando la película por fin ofrece un giro interesante, apenas quince minutos antes de los créditos, ya ha agotado el tiempo y la paciencia necesarios para que ese momento tenga verdadero peso.




