El actor y cineasta Luke Barnett ha publicado en Variety una sentida columna de opinión dedicada a Richard Riehle, el veterano intérprete al que el gran público recuerda como Tom Smykowski en Trabajo basura. Barnett, que compartió casi una docena de proyectos con él, lo describe como el compañero ideal para cualquier actor: generoso, puntual y enamorado de su oficio.
Su primer encuentro se remonta a hace unos 13 años. Barnett y su amigo Tanner Thomason preparaban un vídeo para Funny or Die y buscaban a un actor profesional. Alguien les sugirió a Riehle, le escribieron una carta amable y le ofrecieron 250 dólares. Una semana después, estaban rodando con una leyenda.
Lo que más sorprendió a Barnett fue la actitud del actor aquella mañana en Canoga Park. Riehle había llegado antes que todo el equipo y esperaba sentado, leyendo el periódico y bebiendo una cerveza de raíz. No pidió nada ni dio importancia a sus cientos de créditos. Simplemente estaba feliz de estar allí.
Un talento que pocos llegaron a ver
Desde entonces, Barnett buscó cualquier excusa para volver a trabajar con él, hasta el punto de escribir papeles pensando en Riehle solo para escuchar sus historias. Según el cineasta, era capaz de hacer graciosa una frase sin proponérselo y de robar una escena casi sin esfuerzo.
Una anécdota lo resume todo. Durante la lectura de guion de una película de terror independiente, Riehle tenía el papel del vecino simpático, pero se ofreció a leer también al villano porque el actor previsto no pudo acudir. Había ensayado ese personaje en casa. El vecino entrañable se volvió aterrador y todos los presentes se quedaron atónitos.
Más de 400 créditos por amor al oficio
Riehle acumuló más de 400 créditos como actor, entre cortometrajes estudiantiles, películas de bajo presupuesto, grandes éxitos de taquilla y comedias televisivas. Para él apenas había diferencia: si podía estar en el plató en lugar de en su caravana, allí estaba. Y quien trabajaba con él una vez ganaba un amigo para siempre.
En un rodaje en Dallas, el actor le confesó a Barnett su ilusión por reencontrarse con su viejo compañero de Trabajo basura, Stephen Root, en un episodio de Barry. También admitió que quizá tantos proyectos pequeños habían frenado su carrera en televisión y en los grandes estudios. Aun así, no pensaba cambiar nada: prefería pasar un martes en un plató modesto antes que esperar una llamada más prestigiosa.
Barnett también recuerda su vida sencilla en el barrio angelino de Los Feliz, donde vivió durante años y conducía un Honda Civic de unos 25 años. Y, por supuesto, su célebre bigote, comparable al de Sam Elliott o Burt Reynolds. Fue Riehle quien le animó a dejarse crecer el suyo, y desde entonces no se lo ha afeitado.
Para el cineasta, el legado de su amigo no está en su extensa filmografía, sino en aquella primera mañana: un actor veterano dispuesto a darlo todo en un sketch de 250 dólares con la misma pasión que en una gran producción. A Richard Riehle, resume Barnett, simplemente le encantaba ser actor.
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