Hacer bien un trabajo no siempre consigue que nos sintamos buenos en él. Hay profesionales capaces de acumular experiencia, ascensos o felicitaciones y continuar pensando que simplemente han tenido suerte. El éxito llega, pero la seguridad no. Es una de las paradojas asociadas al llamado síndrome del impostor.
La neurocientífica Ana Ibáñez plantea una manera sencilla de entenderlo: a veces, “el impostor” puede ser nuestro propio cerebro. Según explica en una intervención recogida por 20minutos, podemos desconfiar de aquello que hacemos bien porque hemos aprendido a asociar el valor con el esfuerzo y el sacrificio.
La lógica interna parece sencilla: si algo importante debería costarnos mucho, aquello que conseguimos con relativa facilidad puede parecernos menos valioso. El problema es que ese razonamiento ignora algo fundamental: precisamente lo que hoy hacemos casi automáticamente puede ser el resultado de años de aprendizaje, práctica y experiencia.
Cuando ser bueno en algo también genera dudas
Pensemos en alguien que lleva diez años realizando el mismo trabajo. Una tarea que al principio necesitaba tres horas puede resolverla ahora en treinta minutos. Ese tiempo reducido no significa necesariamente que el trabajo tenga menos mérito. Puede significar exactamente lo contrario: ha desarrollado conocimientos y habilidades suficientes para hacerlo mejor y más rápido.
Ahí aparece una de las trampas del síndrome del impostor. En lugar de interpretar la facilidad como competencia, la persona puede convertirla en sospecha: “si me resulta tan sencillo, quizá cualquiera podría hacerlo”. Y cuando recibe reconocimiento, puede atribuirlo a la suerte, al contexto o a que los demás todavía no han descubierto sus supuestas limitaciones.
Aunque popularmente hablamos de “síndrome”, no se trata de un diagnóstico clínico reconocido como trastorno mental. El fenómeno del impostor describe un patrón psicológico caracterizado por dificultad para interiorizar los propios logros y miedo a no merecer el reconocimiento obtenido. Puede aparecer en diferentes personas y contextos, especialmente en ambientes profesionales muy competitivos o exigentes.
La experiencia tampoco garantiza que desaparezca. De hecho, avanzar profesionalmente puede introducir nuevos escenarios donde vuelve la incertidumbre: un ascenso, dirigir un equipo, asumir responsabilidades mayores o entrar en un entorno donde todos parecen extraordinariamente preparados. Cada salto puede reactivar la sensación de estar ocupando un lugar que quizá no nos corresponde.
Por eso resulta importante distinguir entre no saber algo y creer que no sabemos nada. Reconocer nuestras limitaciones permite aprender; invalidar sistemáticamente nuestros logros hace justamente lo contrario. Revisar resultados objetivos, aceptar los elogios sin desmontarlos inmediatamente y observar cuánto hemos aprendido puede ayudar a construir una percepción más ajustada de nuestras capacidades.
Quizá la pregunta no debería ser siempre por qué algo nos resulta tan fácil, sino cuántos años hemos necesitado para conseguir que parezca fácil. El talento y la experiencia no pierden valor porque ya no duelan. A veces, aquello que hacemos casi sin pensarlo es precisamente una de las mejores pistas sobre todo lo que hemos aprendido. @mundiario




