Hay campañas que buscan llamar la atención y otras que intentan modificar algo más difícil: la manera en que miramos a los demás. El autobús solidario «Cambia el filtro», impulsado por Fundación Mapfre, llegó a A Coruña con una propuesta sencilla pero incómoda: preguntarnos cuánto de lo que creemos saber sobre una persona procede realmente de conocerla y cuánto nace de una primera impresión. La iniciativa, que recorrerá 20 ciudades españolas, pone en el centro a las personas con discapacidad intelectual y enfermedades raras, pero su mensaje va mucho más allá de esos colectivos. Habla de una sociedad acostumbrada a clasificar rápidamente a los demás antes de descubrir sus capacidades, sus deseos y sus historias.
La elección del autobús como herramienta tampoco es casual. Se trata de un espacio que se desplaza de ciudad en ciudad y convierte la sensibilización en una experiencia presencial, no en un mensaje que el ciudadano recibe pasivamente desde una pantalla. En A Coruña permanecerá durante dos jornadas, con acceso gratuito, primero en la zona de O Parrote y después en el paseo de Alexandre Bóveda. Según La Voz de Galicia, la propuesta cuenta con la colaboración de la Federación Galega de Enfermidades Raras e Crónicas, Fegerec, que acerca a los visitantes la realidad cotidiana de las personas y familias a las que acompaña.
El proyecto parte de una idea que parece evidente, pero que en la práctica continúa siendo difícil: una etiqueta puede condicionar la percepción antes incluso de que exista una conversación. La discapacidad intelectual o una enfermedad rara pueden convertirse, para quien observa desde fuera, en la característica que ocupa todo el espacio. El problema aparece cuando esa condición termina eclipsando a la persona. Profesión, aficiones, capacidades, aspiraciones, personalidad y proyectos quedan relegados frente a una categoría que pretende explicarlo todo. «Cambia el filtro» intenta precisamente invertir esa lógica y demostrar que mirar mejor no significa mirar con compasión, sino mirar con mayor profundidad.
La experiencia diseñada dentro del vehículo utiliza recursos audiovisuales, testimonios y actividades interactivas para mostrar cómo cambia una misma realidad cuando desaparecen los estereotipos. La propuesta juega incluso con la idea literal del filtro mediante fotografías y diferentes perspectivas visuales. El visitante no recibe únicamente información sobre enfermedades raras o discapacidad intelectual: participa en una experiencia que pretende hacerle consciente de sus propios mecanismos de percepción. Es una diferencia importante porque la inclusión no se construye solamente acumulando datos, sino reconociendo aquellos prejuicios cotidianos que muchas veces operan sin que seamos plenamente conscientes de ellos.
Cuando una etiqueta ocupa demasiado espacio
Uno de los elementos más interesantes de la iniciativa es precisamente su apuesta por los testimonios reales. Una estadística puede explicar la dimensión de un problema, pero difícilmente transmite cómo se vive. Escuchar historias concretas permite comprender que detrás de una categoría social existen personas con circunstancias diferentes, familias que atraviesan recorridos complejos y asociaciones que trabajan diariamente para ampliar oportunidades. El proyecto busca que esa distancia se reduzca. No pretende presentar a estos colectivos como objetos de estudio, sino acercarlos a la ciudadanía desde una perspectiva que ponga el foco en su autonomía, su participación y su capacidad para decidir sobre sus propias vidas.
La presencia de Fegerec aporta además una dimensión territorial que resulta esencial. Las campañas nacionales pueden generar visibilidad durante unos días, pero son las organizaciones locales las que mantienen el acompañamiento cuando el autobús abandona la ciudad. Asociaciones de este tipo trabajan con familias que necesitan orientación, apoyo y recursos durante periodos mucho más largos que cualquier campaña de sensibilización. La llegada del vehículo permite, por tanto, conectar una conversación nacional con una realidad concreta de A Coruña y Galicia. La sensibilización adquiere valor cuando sirve también para que la ciudadanía conozca quién está trabajando cerca y qué necesidades siguen pendientes.
Hay otro aspecto que merece atención: la inclusión laboral. La campaña no se limita a pedir empatía o comprensión, sino que incorpora la necesidad de reconocer capacidades y oportunidades. Esto resulta especialmente relevante porque la inclusión pierde profundidad cuando se queda exclusivamente en el terreno simbólico. Una sociedad inclusiva no se define solamente por la forma en que habla de las personas con discapacidad, sino también por las posibilidades reales que les ofrece para estudiar, trabajar, relacionarse, decidir y participar. Cambiar el filtro significa entonces modificar expectativas. No presumir incapacidad antes de conocer las habilidades de una persona puede ser el primer paso para permitir que esas habilidades encuentren un espacio.
La propuesta también demuestra cómo han evolucionado las campañas de concienciación. Durante años, muchas iniciativas sociales se apoyaron fundamentalmente en carteles, anuncios o mensajes institucionales. Hoy existe una búsqueda creciente de experiencias que permitan al ciudadano participar. El mural digital colectivo del autobús encaja en esa tendencia: cada visitante puede dejar una reflexión, un aprendizaje o un compromiso y contribuir a una obra que continuará creciendo durante el recorrido nacional. La sensibilización deja así de ser únicamente un mensaje que alguien pronuncia para convertirse en una conversación en la que el público también deja una huella.
La experiencia de la cata de café introduce incluso una metáfora sencilla para explicar el concepto central. Dos filtros pueden producir resultados diferentes utilizando el mismo producto, del mismo modo que una persona puede ser percibida de maneras completamente distintas dependiendo del prejuicio desde el que se la observe. Puede parecer un recurso pequeño dentro de la campaña, pero resume una cuestión importante: nuestras percepciones no son siempre neutrales. La mirada humana interpreta, selecciona y clasifica. Reconocerlo es fundamental para poder cuestionar esas primeras impresiones antes de convertirlas en juicios definitivos.
El mensaje adquiere todavía más importancia cuando se recuerda la dimensión de las enfermedades raras y la discapacidad intelectual en Galicia. Fegerec ha señalado que más de 200.000 personas conviven con esta realidad en la comunidad, una cifra que ayuda a comprender que no estamos ante un fenómeno marginal o distante. Son personas que forman parte de barrios, centros educativos, empresas, asociaciones y familias. Sin embargo, muchas veces la sociedad las percibe como un colectivo separado. El desafío consiste precisamente en cambiar esa idea: la inclusión no significa incorporar a alguien a una sociedad que observa desde fuera, sino asumir que esa persona ya forma parte de ella.
En ese sentido, la llegada del autobús a A Coruña funciona como una pequeña intervención sobre un problema mucho mayor. No puede resolver por sí sola las barreras de acceso, las dificultades de las familias, las necesidades de atención especializada o los obstáculos para acceder al empleo. Tampoco puede sustituir el trabajo de las asociaciones ni las políticas públicas. Su función es otra: abrir una conversación y conseguir que una persona salga del vehículo mirando de una manera ligeramente diferente a como entró. En asuntos sociales, ese cambio puede parecer pequeño, pero las transformaciones culturales suelen comenzar precisamente ahí.
El verdadero valor de «Cambia el filtro» está, por tanto, en trasladar la responsabilidad desde las personas que sufren las etiquetas hacia quienes las construimos. Durante demasiado tiempo, el debate sobre discapacidad e inclusión se ha planteado desde la pregunta de qué necesitan quienes tienen una determinada condición. La pregunta complementaria debería ser qué barreras estamos creando los demás. Si una persona no encuentra oportunidades laborales, si su participación social está limitada o si es definida exclusivamente por su discapacidad, el problema no está necesariamente en ella. También puede estar en el entorno que no ha sabido adaptarse para reconocerla como ciudadano pleno.
A Coruña recibe así un autobús que, en apariencia, habla de discapacidad intelectual y enfermedades raras, pero que en realidad plantea una pregunta mucho más universal: ¿cuánto tardamos en juzgar a alguien antes de conocerlo? La respuesta importa porque todos somos susceptibles de ser reducidos alguna vez a una etiqueta. Cambiar el filtro no significa mirar a las personas de una manera artificialmente positiva ni ignorar sus dificultades. Significa hacer algo mucho más sencillo y exigente: conocer antes de juzgar, escuchar antes de clasificar y entender que una condición nunca debería ocupar todo el espacio de una identidad. En una sociedad que vive cada vez más deprisa, detenerse a mirar mejor también es una forma de inclusión. @mundiario




