La visita a Washington del presidente Joseph Aoun—la primera de un jefe de Estado libanés en casi dos décadas—ha forzado a la administración Trump a mover ficha en el tablero de Oriente Próximo. Aunque el primer ministro israelí, Benjamín Netanyahu, presiona públicamente para mantener a sus soldados en territorio libanés, Trump contrarrestó la tensión en la Oficina Oval ofreciéndose como mediador directo ante Hezbolá bajo el paraguas del nuevo acuerdo marco bilateral. El deshielo con Beirut avanza a golpe de decretos, devolviendo al Líbano la conectividad aérea con EE UU en plena fase piloto de desmovilización fronteriza.
El mensaje que salió de la Casa Blanca fue deliberadamente optimista, aunque dejó numerosas incógnitas. Trump prometió que Estados Unidos ayudará "mucho" al Líbano y afirmó que Israel "está en proceso" de retirarse de las zonas ocupadas. Sin embargo, evitó concretar cuándo ocurrirá ese repliegue, un detalle que resulta fundamental para Beirut.
La ausencia de un calendario refleja la dificultad de Washington para conciliar los intereses de dos aliados estratégicos cuyas prioridades siguen siendo distintas. Desde el alto el fuego alcanzado tras la última escalada militar, la principal aspiración del Gobierno libanés consiste en recuperar plenamente el control del sur del país mediante el despliegue de su Ejército.
Para lograrlo necesita dos elementos inseparables: la retirada de las fuerzas israelíes y un fortalecimiento de las Fuerzas Armadas libanesas, consideradas por el presidente Aoun como la institución clave para garantizar la estabilidad nacional.
Precisamente ese fue uno de los principales objetivos de su viaje a Washington. Aoun insistió en que el Ejército libanés constituye "la columna vertebral de la seguridad y la estabilidad" y reclamó un mayor respaldo político, económico y militar de Estados Unidos para consolidar su presencia en las zonas fronterizas donde durante años la influencia de Hezbolá ha sido predominante.
Trump ofrece apoyo, pero mantiene la cautela
Durante el encuentro, Trump quiso transmitir un mensaje de compromiso con Líbano al afirmar que el país "ha sido tratado muy mal" durante décadas y asegurar que recibirá el respeto y la ayuda que merece; no obstante, evitó anunciar nuevos paquetes concretos de asistencia o compromisos financieros específicos, dejando como la cuestión más sensible la retirada israelí.
Preguntado directamente sobre si existía un calendario para completar el repliegue, Trump respondió únicamente que Israel "está en proceso" de hacerlo y de redistribuir sus fuerzas hacia otras posiciones. Esa respuesta evidencia que Washington mantiene abiertas las negociaciones sin comprometer públicamente a Israel con fechas concretas.
El Gobierno estadounidense impulsa un mecanismo que condiciona la retirada israelí al despliegue efectivo del Ejército libanés y a la ausencia de presencia militar de Hezbolá en las zonas recuperadas. Dentro de ese marco ya se han anunciado las primeras áreas piloto destinadas a facilitar el retorno de las instituciones libanesas y permitir el regreso progresivo de la población desplazada.
Sin embargo, diversas informaciones indican que esas primeras localidades ya no estaban bajo control directo de las tropas israelíes, por lo que el avance práctico sobre el terreno sigue siendo limitado.
Mientras tanto, Beirut continúa esperando que el proceso se traduzca en una retirada más amplia de las posiciones ocupadas desde el conflicto.
Hezbolá continúa siendo el principal obstáculo
Buena parte de la estrategia estadounidense gira alrededor del futuro de Hezbolá. Washington considera que el fortalecimiento del Estado libanés pasa necesariamente por reducir el peso militar del movimiento chií respaldado por Irán.
Aoun también ha defendido públicamente que únicamente el Ejército debe conservar el monopolio de las armas dentro del país, una posición que supone una diferencia importante respecto a gobiernos anteriores. Sin embargo, la cuestión continúa siendo extremadamente delicada dentro de la política libanesa.
Hezbolá mantiene una importante presencia política y social, además de conservar una significativa capacidad militar, lo que convierte cualquier intento de modificar ese equilibrio en un proceso complejo y potencialmente desestabilizador.
La visita también pone de manifiesto que la situación libanesa ya no puede analizarse de forma aislada, ya que el conflicto entre Israel y Hezbolá forma parte de una rivalidad mucho más amplia que involucra a Irán, Siria y Estados Unidos. En ese contexto, Trump volvió incluso a plantear la posibilidad de que Siria desempeñe algún papel frente a Hezbolá, una propuesta que ya había mencionado anteriormente y que ha generado reservas en distintos actores regionales.
Al mismo tiempo, el presidente estadounidense reiteró su disposición a dialogar con cualquier interlocutor si ello contribuye a reducir las tensiones, incluida la posibilidad de hablar con Hezbolá si las circunstancias lo hicieran necesario.
El encuentro entre Trump y Aoun deja varios mensajes políticos relevantes. Estados Unidos reafirma su respaldo institucional a Líbano, mantiene su apuesta por fortalecer al Ejército libanés y sigue presentándose como principal mediador entre Beirut e Israel.
Sin embargo, los elementos más sensibles permanecen abiertos: no existe una fecha concreta para la retirada israelí, continúa el debate sobre el futuro de Hezbolá y persisten importantes desafíos para consolidar una estabilidad duradera en el sur del país.
En consecuencia, la reunión en la Casa Blanca simboliza tanto un intento de relanzar la cooperación bilateral como las dificultades de Washington para gestionar simultáneamente sus compromisos con Israel y su apoyo a un Líbano que busca recuperar plenamente su soberanía territorial tras uno de los periodos más convulsos de su historia reciente. @mundiario
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