Durante más de una década, Estados Unidos pareció atrapado en una espiral casi imposible de detener: cada año había más muertes por sobredosis y el fentanilo ocupaba un lugar cada vez más central en esa tragedia. Sin embargo, a mediados de 2023 algo cambió. Las muertes comenzaron a descender y, para 2024, las relacionadas con opioides sintéticos como el fentanilo habían caído de manera extraordinaria. No hubo una vacuna contra la adicción, un nuevo medicamento milagroso ni una gigantesca red nacional de rehabilitación que explicara por sí sola semejante viraje. La pregunta, por tanto, no es únicamente por qué murieron menos estadounidenses, sino qué ocurrió con la droga que estaba llegando a sus calles.
El cambio fue demasiado rápido para atribuirlo exclusivamente a una transformación social. Según el estudio publicado en Science por Kasey Vangelov, Keith Humphreys, Jonathan P. Caulkins, Harold Pollack y otros investigadores, Estados Unidos habría experimentado un auténtico “shock de oferta” de fentanilo. La expresión pertenece al lenguaje de la economía: significa que un producto deja de estar disponible en las mismas condiciones en las que lo estaba antes. En este caso, los investigadores encontraron señales compatibles con una reducción de la pureza del fentanilo y con una menor disponibilidad de la sustancia. El resultado fue especialmente relevante porque coincidió temporalmente con el comienzo del descenso de las muertes.
La pista más llamativa apareció precisamente en la pureza. Durante los años de expansión de la epidemia, el fentanilo había convertido pequeñas cantidades de droga en una amenaza extraordinariamente letal. Pero desde 2023 comenzaron a aparecer señales de que el producto que llegaba al mercado norteamericano era menos potente. Las incautaciones también mostraron cambios y, paralelamente, aumentaron las referencias de consumidores a una especie de “sequía” de fentanilo. Ninguno de esos indicadores demuestra por sí mismo que la menor pureza provocara la caída de las muertes, pero cuando varias señales independientes comienzan a moverse en la misma dirección, resulta difícil ignorarlas.
El elemento que vuelve especialmente interesante la investigación es Canadá. Estados Unidos y Canadá tienen políticas sanitarias, sistemas de tratamiento y estrategias policiales diferentes. Sin embargo, ambos países experimentaron una evolución sorprendentemente parecida del mercado de fentanilo y, posteriormente, de las muertes relacionadas con la droga. Esa coincidencia debilita la explicación basada exclusivamente en decisiones tomadas por Washington o por determinados estados estadounidenses. Si dos mercados distintos reciben un golpe parecido prácticamente al mismo tiempo, la hipótesis de que existe un factor externo compartido adquiere mucho más peso. Y ese factor podría encontrarse lejos de las calles norteamericanas.
La pista conduce a China
El estudio no afirma que exista una prueba definitiva de que China provocó el descenso. Lo que plantea es que las evidencias disponibles son compatibles con una interrupción de la cadena de suministro de los precursores químicos necesarios para fabricar fentanilo. Buena parte de esa cadena pasa por China y posteriormente por México, donde organizaciones criminales producen y distribuyen el opioide hacia Estados Unidos. Los investigadores señalan que las restricciones y acciones contra determinados precursores pudieron alterar ese circuito. La hipótesis resulta especialmente relevante porque el descenso comenzó antes de que la Administración Trump convirtiera el fentanilo en uno de los principales asuntos de su política exterior.
La cronología también obliga a mirar con cuidado las explicaciones políticas. En noviembre de 2023, Joe Biden y Xi Jinping habían acordado reforzar la cooperación para combatir la producción y exportación de precursores utilizados en la fabricación ilegal de fentanilo. Pero las muertes ya habían comenzado a descender meses antes. Eso significa que el acuerdo bilateral no puede presentarse como la causa única del fenómeno. Al mismo tiempo, sí encaja en una historia más amplia de presión internacional sobre la cadena de suministro. El problema es que resulta prácticamente imposible identificar qué medida concreta tuvo mayor impacto, porque los mercados clandestinos reaccionan de manera opaca y adaptativa.
Esto tampoco significa que la naloxona, el tratamiento de las adicciones, la prevención o la atención sanitaria no hayan funcionado. Todas esas herramientas salvan vidas y probablemente contribuyeron al descenso general de las muertes. El punto de los investigadores es diferente: no parecen suficientes para explicar por sí solas la velocidad y la magnitud del cambio observado desde 2023. La expansión de medicamentos para tratar el trastorno por consumo de opioides, la distribución de naloxona y otras intervenciones pueden reducir el riesgo individual, pero resulta más difícil explicar con ellas un movimiento simultáneo de semejante magnitud en dos países con políticas diferentes.
La consecuencia más inquietante es que una buena noticia puede tener una explicación menos tranquilizadora de lo que parece. Si una parte importante de la caída depende de que el mercado ilegal tenga menos fentanilo o de que este sea menos potente, Estados Unidos no necesariamente ha derrotado la epidemia. Podría simplemente estar atravesando una fase distinta de ella. Los mercados de drogas ilegales tienen una extraordinaria capacidad de adaptación: cuando desaparece un producto, se modifica la fórmula, aparecen nuevos proveedores o se sustituyen unas sustancias por otras. La historia del fentanilo demuestra precisamente esa capacidad de transformación.
Y ahí aparece la gran incógnita para los próximos años. La investigación publicada en Science encuentra evidencias de un shock de oferta, pero no puede determinar con certeza cuánto durará ni si sus efectos serán permanentes. La propia evolución posterior del mercado obliga a mantener la prudencia. Un descenso de la disponibilidad puede salvar miles de vidas, pero también puede generar incentivos para que productores y distribuidores encuentren nuevas rutas, nuevos precursores o nuevas sustancias sintéticas. El peligro sería interpretar una tregua como el final de la guerra contra las sobredosis.
Una victoria que todavía no puede darse por definitiva
La magnitud del cambio, sin embargo, merece ser reconocida. Después de años en los que la curva parecía condenada a subir, Estados Unidos consiguió una reducción que habría resultado difícil de imaginar durante los peores momentos de la crisis. Los datos oficiales muestran que las muertes por sobredosis de drogas cayeron con fuerza en 2024 y que las asociadas a opioides sintéticos registraron uno de los mayores descensos de toda la epidemia. Es una noticia extraordinaria desde el punto de vista de la salud pública. Cada punto de la estadística representa personas que no murieron y familias que no tuvieron que enfrentarse a una pérdida.
Pero precisamente porque el cambio ha sido tan inesperado, también conviene estudiarlo sin triunfalismo. El hallazgo de Humphreys y sus colegas plantea una conclusión incómoda: quizá el mayor freno reciente al fentanilo no haya sido una política pública diseñada desde un despacho, sino una alteración imprevista del mercado mundial de drogas. Eso no reduce el valor de las políticas de prevención y tratamiento; al contrario, demuestra la necesidad de aprovechar este momento para fortalecerlas. Si el suministro vuelve a crecer, Estados Unidos necesitará una población mejor protegida, más acceso al tratamiento y una distribución de naloxona todavía mayor.
La historia del fentanilo, por tanto, está entrando en una nueva etapa. Durante años, la pregunta era cómo detener una sustancia cuya disponibilidad parecía crecer sin límites. Ahora la pregunta es qué ocurrió cuando esa disponibilidad comenzó a reducirse y, sobre todo, cómo convertir una circunstancia posiblemente temporal en un descenso permanente de las muertes. La respuesta todavía no está escrita. El “shock de oferta” puede haber abierto una ventana excepcional para intervenir sobre la adicción antes de que el mercado vuelva a adaptarse. La verdadera victoria no será que el fentanilo escasee durante un tiempo, sino conseguir que miles de personas sobrevivan lo suficiente para poder salir de su dependencia. @Mundiario
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