Que se confesara en el Wizink con Rosalía durante el segundo concierto de la artista de El malquerer, hizo que me interesara por Metrika y debo confesar que sigo alucinando con la playlist que, a partir de sus canciones, me he montado para salir a callejear cada tarde por mi Torrevieja globalizada.
Quién es Metrika. O mejor dicho, qué es Metrika. Metrika es el síntoma de una evolución que surge de mezclar con absenta el absurdismo nostálgico de Paco Clavel y esa Rocío Jurado del año 74, la que lucía aquel escote tan provocador en el programa Cambie su suerte. Ese escote hizo posible la llegada de la democracia a España. Porque las democracias no llegan con la acción política, sino que llegan con el destape, la coleta de torero, la poesía de Celaya, el karaoke, el máquina total 4, el boys, boys, y el programa Tocata, donde, eclipsado y con Nesquik en ristre, escuché por primera vez La estatua del jardín botánico. Todavía no sabía qué eran las pajas.
Metrika también es la democracia, su cénit, su tesis, deductiva e inductiva, el logro de una civilización que ha encontrado en la cara B de Fangoria un síntoma de progreso como el ordenador cuántico y el Monster Absolutely Zero, un obús contra el Opus y contra una ultraizquierda empeñada en enseñarnos a follar como se follaba en los falansterios.
Todo nace y muere en Metrika, en sus pestañas de Deliplus, en su brillibrilli de chino de la esquina con silletas de playa y macetitas de cactus en la acera, en sus stilettos de Marypaz. Porque no hay nada más democrático que Deliplus y Marypaz, salvo Metrika, su portadora y estandarte, cuya música es trans- a todos los niveles semánticos posibles: transgresora, tránsfuga, transexual e intransitable si tienes prejuicios más antiguos que el hilo negro.
Su música es heredera de Tino Casal y el Máquina total 11, donde en la pista 4 aparece ese temazo de Los Vengaboys, "I like to Party!", que asocio a algunas erecciones. Metrika es la sobrina rebelde que David Bowie hubiese querido tener, esa que se fuga del internado bilingüe y se lía con el repetidor de la Educación Pública, el de 4º de ESO, un tal Richard con chándal siempre de la Selección y huevos colganderos.
Metrika es la evolución natural de esas adolescentes que pintaba Balthus, entre provocadoras y atormentadas, gruppies indecisas entre ser vestales de Ñengo Flow o de Mónica Naranjo. Metrika es la Frozen de extrarradioy parking de Alcampo, la paya que ha sido educada bajo el estigma de "Más vale una hija puta que cien hijos canónigos". Pero Metrika también es el signo de una juventud a la que la ESO y las situaciones de aprendizaje le han fallado, a la que una pandemia negó el perreo de las discotecas de barrio, discotecas legendarias como el Cid del Segundo Cantar (KKO, Masía, Camelot), esa cajera de Mercadona que ahorra todos los meses para el LOW y el Puro Latino Fest, con la convicción de que, más allá de "Cuando zarpa el amor", no es necesario que exista ninguna religión.
Metrika es esa mezcla que necesitaba España para no olvidar a Yurena, la única cyberpuk que tuvo nuestra patria antes de que llegara Metrika, fulgurante, astral y expansiva como las ondas de un router de Movistar. Porque Metrika es la tierra rara que falta por descubrir, lo que nunca pudo ser Ana Torroja ni Vicky Larraz, la decadencia de Terra Mítica, el eslabón perdido entre Madonna y esa reguetonera que canta en Tik Tok con sus antiguas amigas de la FP Básica, mientras, en los comentarios, solo se lee: Messi tiene ocho como esos.
Metrika es la RAE en carne viva, la semántica de Lyons con múltiples ejemplos en los que pussy , Bochan y clítoris son las isotopías más frecuentes de sus canciones, de sus himnos a la pansexualidad: la oposición necesaria al pijismo militante de Sofia Surfers y la Rivers. Metrika es el antídoto contra el terraplanismo, porque el planeta es redondo y no deja de girar, porque no hay nada más hermoso y más barroco que una bola de espejos, esférica, iridiscente, que no cesa de dar vueltas, mientras suena "Boos Bitch" o "Bandida", y una pareja de chicos con camisetas de un mitin de VOX se morrea dentro de un Dacia de segunda mano frente al mar, o debajo de esa bola de espejos que gira como Metrika. Una verdad incontestable, como La Húngara disfrazada de Campanilla, acechando en la pista a aquellos de los que el mundo se ha deshecho por temor a que la belleza siga encontrado un nicho de inspiración maldito e irreverente en Metrika, la tercera hermana de Las Grecas. Gracias, Metrika, por el glam. Lou Reed estaría orgulloso y cualquier dios, también. @mundiario




