El Festival de Cine de Río cerró el pasado 11 de octubre una edición que difícilmente olvidarán quienes la vivieron. Durante diez días, la cita brasileña tuvo que convivir con unas elecciones presidenciales decisivas para el futuro del país y, aun así, logró mantener el foco en el cine sin dar la espalda a la realidad política.
El primer fin de semana del certamen coincidió con la primera vuelta electoral, en la que el presidente Luis Inácio Lula da Silva quedó por detrás del candidato de extrema derecha Flávio Bolsonaro por menos de dos puntos. Desde ese momento, buena parte de las conversaciones en RioMarket, el área de industria del festival, giraron en torno a lo que un posible gobierno de Bolsonaro podría suponer para el sector audiovisual.
La inquietud se hizo visible cuando cineastas como Kleber Mendonça Filho, Wagner Moura, Fernando Meirelles y Petra Costa firmaron una carta abierta para atraer la atención internacional sobre la segunda vuelta, prevista para el 25 de octubre. Aun así, en los pasillos se respiraba camaradería y esperanza, y varios directores mostraron su apoyo a Lula sobre el escenario, como el estadounidense Jordan Firstman, que levantó la mano formando una ele durante la gala de clausura.
Un cine pensado para el público brasileño
Más allá de la política, el gran debate del mercado fue cómo convertir a los aficionados en espectadores habituales. Brasil cuenta con 3.538 pantallas para más de 214 millones de habitantes, y el 43 % de ellas se concentra en Río de Janeiro y São Paulo. Francia, con 69 millones de habitantes, dispone de 6.355.
Los productores insistieron en la necesidad de hacer películas para el mercado nacional, que todavía consume sobre todo títulos extranjeros. Gustavo Mello, socio de Boutique Filmes, responsable de la serie 3%, defendió ante Variety que Brasil debe seguir siendo la prioridad, porque lo que funciona en casa acaba cruzando fronteras. La directora del festival, Ilda Santiago, compartió esa idea y reivindicó un cine brasileño plural, capaz de atraer al público por su género antes que por su nacionalidad.
Esa pluralidad se reflejó en una programación con apuestas que van del terror a la comedia de superhéroes, y en la presencia masiva de jóvenes cinéfilos que hacían cola en las sedes mientras consultaban sus perfiles de Letterboxd, tanto para los grandes estrenos como para los títulos más minoritarios.
España y los Óscar, dos aliados en el horizonte
España tuvo un peso destacado en el certamen. La bola negra, de Javier Calvo y Javier Ambrossi, inauguró el festival tras su paso triunfal por Cannes, la productora Esther García, colaboradora habitual de Pedro Almodóvar, presidió el jurado de Premiere Brasil y se proyectaron títulos como Cenizas, de Diego Luna. Santiago describió la relación entre ambos países como natural y destacó el creciente interés de los jóvenes brasileños por el español.
El otro horizonte son los Óscar. Tras el éxito de Aún estoy aquí, de Walter Salles, y El agente secreto, de Mendonça Filho, la Academia de Hollywood ha tomado nota del entusiasmo brasileño. Este año envió a RioMarket a Michael Benedict y Taylor Morales, que explicaron a los productores cómo presentar sus películas a los premios y subrayaron la importancia creciente de Brasil para la institución.
Con la segunda vuelta a pocas semanas, el sector audiovisual brasileño mira al futuro entre la incertidumbre política y la sensación de que su cine nunca había estado tan cerca de consolidarse dentro y fuera del país.




