Las grandes crisis internacionales suelen analizarse desde la óptica de la geopolítica, el comercio o la energía. Sin embargo, en ocasiones generan efectos colaterales que pasan desapercibidos durante meses. Eso es precisamente lo que plantea una investigación publicada en la revista Biological Invasions, en la que un equipo internacional de 24 científicos sostiene que el prolongado bloqueo del estrecho de Ormuz podría desencadenar un fenómeno de bioinvasión de alcance global cuando el tráfico marítimo vuelva a la normalidad.
El trabajo, liderado por investigadores de la University of Maryland Center for Environmental Science y con participación de la Woods Hole Oceanographic Institution, no analiza el conflicto desde una perspectiva militar, sino ambiental. Su hipótesis parte de un hecho extraordinario: la inmovilización durante meses de más de 1.500 buques comerciales en el golfo Pérsico y el golfo de Omán, una situación sin precedentes en la historia reciente del transporte marítimo internacional.
La clave del problema reside en un fenómeno conocido como biofouling, es decir, la acumulación progresiva de organismos marinos sobre los cascos de los barcos. Bacterias, algas, percebes, mejillones, moluscos y numerosos invertebrados encuentran en esas superficies sumergidas un lugar idóneo para crecer y reproducirse cuando las embarcaciones permanecen fondeadas durante largos periodos. En condiciones normales, la navegación reduce parcialmente esa colonización, pero meses de inactividad permiten que esas comunidades biológicas alcancen una densidad excepcional.
Según explican los autores, el verdadero riesgo aparecería cuando esas embarcaciones retomen sus rutas comerciales habituales. Cada barco podría transportar cientos o miles de organismos adheridos a su casco hacia puertos situados en Asia, Europa, África o América, donde algunas especies tendrían capacidad para establecerse en nuevos ecosistemas. Esa propagación simultánea desde miles de barcos es lo que el estudio denomina un posible evento de "superdispersión" o super-spreader, una expresión tomada de la epidemiología para describir un episodio de propagación extraordinariamente intenso.
Los investigadores recuerdan que el transporte marítimo ya constituye desde hace décadas una de las principales vías de introducción de especies invasoras. Sin embargo, sostienen que nunca antes se había producido una inmovilización tan prolongada de una flota comercial de semejante magnitud durante la temporada de mayor crecimiento biológico en aguas cálidas, lo que convierte esta situación en un desafío inédito para la bioseguridad marina mundial.
La bióloga Carolyn Tepolt, especialista de WHOI y una de las autoras del estudio, subraya que las especies invasoras marinas generan importantes impactos ecológicos y económicos y, una vez logran establecerse, su erradicación resulta extremadamente difícil o incluso imposible. Además, advierte de que la interrupción del tráfico marítimo ha creado, de forma silenciosa, unas condiciones ideales para que numerosas especies adaptadas a aguas cálidas puedan colonizar puertos situados a miles de kilómetros de su hábitat original.
Las consecuencias potenciales van mucho más allá de la biodiversidad. La llegada de organismos invasores puede alterar cadenas alimentarias, desplazar especies autóctonas, afectar a la pesca comercial, deteriorar infraestructuras portuarias y aumentar considerablemente los costes de mantenimiento de instalaciones marítimas. Algunos moluscos y crustáceos invasores han provocado históricamente pérdidas millonarias en distintos países debido a la obstrucción de tuberías, sistemas de refrigeración y redes hidráulicas.
Precisamente por ello, los científicos consideran imprescindible actuar antes de que los barcos abandonen la zona. El estudio propone intensificar las labores de limpieza de cascos mediante operaciones de limpieza subacuática, reforzar la vigilancia en los puertos considerados de mayor riesgo, mejorar los sistemas de seguimiento de los movimientos de los buques y coordinar una respuesta internacional que permita minimizar la dispersión de organismos invasores cuando el tráfico marítimo se normalice.
El informe también recuerda que la Organización Marítima Internacional ya recomienda intervenir cuando un buque permanece inmovilizado durante más de treinta días, precisamente para controlar el crecimiento del biofouling. Sin embargo, en el escenario actual muchos barcos llevan varios meses fondeados y, según los investigadores, las limitaciones operativas y logísticas hacen improbable que todos puedan ser limpiados antes de regresar al servicio internacional. @mundiario
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