Un mega estudio publicado en JAMA Pediatrics reunió 23 metaanálisis cuyos datos suman 2.8 millones de niños y adolescentes de 64 países. Encontró asociaciones entre un mayor uso de pantallas y peores resultados en ámbitos como el rendimiento académico, el lenguaje, la salud mental y la conducta. Por su escala, los resultados parecen contundentes. Sin embargo, varios expertos independientes advierten que incluso una revisión de esta magnitud tiene dificultades para responder hasta qué punto las pantallas son las que están causando esos problemas.
En términos generales, los autores del metaestudio observaron que un mayor uso de pantallas se relacionaba con peor rendimiento académico y lingüístico, así como con más problemas emocionales y de conducta.
Las señales más fuertes aparecieron en el terreno emocional y social. El uso de pantallas mostró una relación mayor con problemas emocionales y conflictos o dificultades con pares. En cambio, las asociaciones con el rendimiento académico y el lenguaje fueron más débiles, aunque se repitieron de forma consistente en el conjunto de estudios. El análisis también encontró relaciones con problemas de conducta y con síntomas como ansiedad o depresión.
La imposible tarea de prohibir que adolescentes usen redes sociales
Prohibir las redes sociales a menores no es tan sencillo. En Australia, los adolescentes burlan los sistemas de verificación y las autoridades cuestionan el compromiso de las plataformas. No obstante, Reino Unido ha propuesto una iniciativa similar.
Por otro lado, la revisión no encontró relaciones claras con otras capacidades, como la planificación y el autocontrol, la empatía y la cooperación con otros, o el rendimiento específico en materias como matemáticas, ciencias y lectura.
El estudio llega además en un momento de creciente preocupación por el rendimiento escolar y el papel de la tecnología en las aulas. Mientras cada vez más países evalúan la restricción del uso de celulares en las escuelas, los resultados de la prueba PISA 2025 muestran que el desempeño promedio en matemáticas y lectura cayó a su nivel más bajo entre los países de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE).
¿Qué decisión concreta podemos tomar con esta información?
Varios expertos que accedieron al estudio completo tienen reservas sobre cómo interpretar los resultados. Aunque consideran que el trabajo es metodológicamente sólido y proviene de una revista científica de prestigio, advierten que la relación observada sigue sin probar causalidad y que la evidencia de base presenta limitaciones importantes.
Por un lado, los datos no permiten saber qué fenómeno ocurre primero: si pasar más tiempo frente a pantallas o presentar malos resultados académicos, emocionales o conductuales. Por el otro, es necesario tomar distancia del concepto “tiempo de pantalla” pues, al menos en este estudio, es demasiado amplio e incluye actividades tan distintas como estudiar, jugar o hablar con amigos. A eso se suma que algunos estudios no suelen capturar de forma adecuada factores contextuales importantes, como la edad, el entorno, el contenido consumido o la finalidad del uso.
“Cuando hablan de una relación negativa [del uso de pantallas] con el rendimiento académico, hay que leerlo con bastante cautela. Los resultados obtenidos son muy heterogéneos, por lo que es difícil establecer una relación causal. Además, a nivel de investigación educativa, el estudio vuelve a sufrir lo que otros estudios primarios también muestran: la finalidad de uso, los contenidos o el nivel de interacción con las pantallas son aspectos que no se suelen tener en cuenta”, advirtió Víctor González Calatayud, profesor titular en el departamento de Didáctica y Organización Escolar de la Universidad de Murcia, a Science Media Centre España.




