Los secretos económicos de la familia real británica rara vez abandonan los despachos de Palacio. Durante décadas, los testamentos de los miembros de la Corona han permanecido ocultos bajo un estricto sistema de confidencialidad que impide conocer cómo distribuyen su patrimonio tras su fallecimiento.
Por eso, la publicación del testamento de Katharine, duquesa de Kent, ha despertado un enorme interés en el Reino Unido. No se trata únicamente del dinero que dejó, sino del hecho de que sus últimas voluntades hayan podido conocerse públicamente, algo extraordinariamente inusual para alguien que formó parte del círculo más cercano de los Windsor.
La explicación está en una decisión que marcó el rumbo de su vida muchos años antes de su muerte. En 2002 renunció a ejercer funciones oficiales como miembro activo de la familia real, una circunstancia que la situó fuera del protocolo que protege los documentos sucesorios de la Corona.
Una fortuna de casi 1,7 millones repartida con precisión
El documento revela que la duquesa dejó un patrimonio bruto de 1,43 millones de libras, equivalente a unos 1,7 millones de euros. Una vez descontadas las deudas y los impuestos correspondientes, la herencia quedó fijada en 1.433.206 libras, una cifra que confirma que gestionó cuidadosamente su patrimonio hasta el final.
Lejos de optar por un reparto espectacular, diseñó una distribución muy meditada entre sus seres queridos. La mayor parte del patrimonio quedó destinada a sus tres hijos mediante un fideicomiso pensado para garantizar la estabilidad económica de la familia.
Además, estableció cómo deberá repartirse el fondo familiar conocido como Worsley Settlement. Mientras viva, será su marido, el duque de Kent, quien disfrute de los rendimientos económicos. Tras su fallecimiento, el capital se distribuirá de forma muy concreta: el 50% para su hijo mayor, George Windsor; un tercio para Lord Nicholas Windsor; y la sexta parte restante para Lady Helen Taylor.
Un nieto, nueve ahijados y miles de libras en regalos
Entre las decisiones más llamativas figura el destino de una exclusiva propiedad situada en Edwardes Square, en el exclusivo barrio londinense de Kensington. La participación que poseía en ese inmueble pasará directamente a su nieto Edward Windsor, barón Downpatrick, llamado a convertirse en el futuro duque de Kent.
Pero quizá el gesto más personal aparece en otro apartado del testamento. La aristócrata reservó 5.000 libras (casi 6.000 euros) para cada uno de sus nueve ahijados, un regalo que suma 45.000 libras en total y que demuestra la importancia que concedía a sus vínculos personales más allá de la familia directa.
Las joyas, recuerdos familiares y objetos personales quedaron en manos de su esposo, quien será el encargado de repartirlos siguiendo una nota manuscrita que la propia duquesa dejó preparada antes de morir.
Más allá del reparto familiar, el testamento refleja otra de las grandes pasiones que marcaron su vida. La duquesa destinó 10.000 libras (unos 12.000 euros) a Future Talent, la organización benéfica que ayudó a fundar en 2004 para ofrecer becas, formación e instrumentos musicales a jóvenes con talento procedentes de familias con pocos recursos.
No resulta extraño si se recuerda que, tras alejarse de los focos, dedicó buena parte de su tiempo precisamente a la enseñanza musical, convencida de que la educación podía cambiar el futuro de muchos niños.
La Windsor que cambió los palacios por un aula
Pocas integrantes de la realeza británica protagonizaron una transformación tan radical. Mientras otros miembros de la familia continuaban representando a la Corona en actos oficiales, Katharine decidió abandonar la vida institucional y construir una existencia mucho más discreta. Durante trece años viajó regularmente en tren desde Londres hasta una escuela pública de Hull para impartir clases de música utilizando el sencillo nombre de "Mrs. Kent", sin hacer valer su condición de duquesa.
Muchos de sus alumnos ni siquiera sabían que aquella profesora cercana y apasionada por la música pertenecía a una de las familias más conocidas del mundo.
Su legado va mucho más allá de las cifras. En 1993 se convirtió públicamente al catolicismo, una decisión poco habitual dentro de la familia real británica y especialmente significativa por la histórica vinculación de la Corona con la Iglesia anglicana.
Años después, su funeral volvió a marcar un hito al convertirse en el primer funeral católico celebrado para un miembro de la familia real británica en la era moderna, confirmando una vez más que Katharine nunca tuvo miedo de recorrer un camino diferente.
La publicación de su testamento ha servido para recordar que Katharine nunca encajó del todo en el molde tradicional de los Windsor. Mientras otros miembros de la realeza fueron conocidos por sus títulos, sus apariciones públicas o sus polémicas, ella eligió construir una vida marcada por la sencillez, la música y el compromiso social.
Su última voluntad confirma esa filosofía. Más que repartir 1,7 millones de euros, quiso dejar un legado basado en la familia, la educación y la solidaridad. Una despedida coherente con una mujer que, incluso formando parte de una de las monarquías más famosas del planeta, prefirió siempre que hablasen más sus actos que sus privilegios. @mundiario
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