Hay películas deportivas que hablan de ganar y otras que utilizan el deporte para contar algo mucho más grande. La Roja, la nueva película de Marcel Barrena, pertenece claramente a la segunda categoría. El filme convierte a la selección española de críquet en el centro de una historia inspirada libremente en hechos reales y protagonizada por Paco León, Carolina Yuste y Óscar de la Fuente. La premisa parece sencilla, incluso improbable: un entrenador debe conseguir que España sea competitiva en su primer Campeonato Europeo de críquet. El problema es que el país apenas tiene tradición en este deporte y el equipo parte prácticamente desde cero.
La película llegará a los cines españoles el 19 de marzo de 2027, según la información de distribución publicada sobre el filme. Barrena, director de El 47, vuelve a interesarse por una historia con un fuerte componente social, pero esta vez abandona el fútbol y otros deportes más reconocibles para entrar en un territorio prácticamente desconocido para buena parte del público español. El protagonista es Mario, interpretado por Paco León, un entrenador que recibe una misión que parece condenada al fracaso. Su objetivo no es simplemente ganar partidos: debe construir un equipo capaz de representar a un país en un deporte que apenas ocupa espacio en su imaginario colectivo.
Un equipo construido desde los márgenes
La historia cambia cuando comienzan a incorporarse jugadores procedentes de India, Pakistán y Bangladés. Son personas que trabajan como taxistas, repartidores, dependientes y en otros empleos mientras mantienen una relación mucho más profunda con el críquet. Para ellos, el deporte no es una rareza ni una actividad secundaria: forma parte de su cultura y de su identidad. De repente, aquella selección española que parecía condenada a la irrelevancia encuentra jugadores capaces de competir. Pero también aparecen las dificultades derivadas de juntar diferentes lenguas, costumbres y formas de entender la vida.
Ahí aparece la verdadera dimensión de La Roja. El críquet funciona como un lenguaje común entre personas que, fuera del campo, probablemente jamás se habrían encontrado. El vestuario se convierte en un pequeño laboratorio de convivencia y el terreno de juego en un espacio donde las diferencias dejan de ser necesariamente un problema. La película no plantea que el deporte pueda solucionar por sí mismo los conflictos sociales, pero sí que puede crear un lugar donde las personas tengan la oportunidad de mirarse de otra manera. Y esa idea conecta directamente con la tradición del cine deportivo: un equipo puede ser mucho más que once jugadores persiguiendo un resultado.
La paradoja está en el propio nombre. La Roja es una denominación asociada históricamente a la selección española de fútbol, una de las marcas deportivas más reconocibles del país. Barrena toma ese nombre y lo traslada a un equipo completamente diferente, formado además por personas que no responden al estereotipo tradicional de lo que muchos podrían imaginar como un integrante de una selección española. El título contiene así una provocación y una declaración de intenciones. Según explicó el propio director a la Academia de Cine, la película pretende hablar de empatía, superación, integración y diversidad cultural.
El proyecto adquiere todavía más interés porque no parte de una historia deportiva completamente inventada. La inspiración procede de la selección española de críquet y de aquella primera experiencia europea en la que el combinado terminó alcanzando una posición inesperada. Los jugadores tuvieron que afrontar dificultades económicas, llegando a coserse sus propios uniformes y a pagar viajes de su bolsillo. Es precisamente ese contraste entre la precariedad y la ilusión deportiva el que ofrece a Barrena el material perfecto para construir una película. No hay grandes estadios ni contratos millonarios: hay personas que entrenan después de trabajar y que compiten porque realmente quieren hacerlo.
Deporte, identidad y una España diferente
Carolina Yuste interpreta a Lola, mientras que Óscar de la Fuente da vida a Santiago. El reparto se completa con actores como Marc Martínez y Guillermo Lasheras, además de varios intérpretes debutantes vinculados a las comunidades que tienen una relación directa con el críquet. Esa elección resulta especialmente significativa porque evita que la película presente la historia únicamente desde la mirada de personajes externos. La diversidad del propio reparto forma parte del relato y ayuda a que el equipo cinematográfico reproduzca la mezcla cultural que existe dentro de la selección que inspira la historia.
Marcel Barrena ya había demostrado con El 47 su interés por recuperar historias en las que personajes aparentemente secundarios terminan adquiriendo una dimensión colectiva. En aquella película, el foco estaba puesto en la lucha vecinal y en la capacidad de un grupo de ciudadanos para transformar su entorno. En La Roja, el mecanismo cambia, pero la pregunta permanece: ¿quién tiene derecho a sentirse parte de una comunidad? El críquet permite formularla de una manera especialmente poderosa porque muchos de sus jugadores son inmigrantes que encontraron en España un lugar para vivir, trabajar y formar una familia, pero que también buscan un espacio desde el que sentirse plenamente representados.
El componente deportivo será, por supuesto, fundamental. La película necesita funcionar como una historia de competición y superación, y el objetivo de alcanzar los Juegos Olímpicos añade una meta capaz de ordenar toda la narración. El críquet volverá a formar parte del programa olímpico en Los Ángeles 2028, por primera vez desde los Juegos de París 1900. Esa circunstancia proporciona a la historia una meta especialmente cinematográfica: un grupo de jugadores casi desconocidos puede llegar a imaginarse compitiendo algún día en el escenario deportivo más importante del planeta.
Pero La Roja no parece interesada únicamente en demostrar que los protagonistas pueden ganar. Su desafío más importante está fuera del terreno de juego. ¿Puede una selección nacional ser verdaderamente nacional cuando está formada por personas procedentes de culturas diferentes? ¿Puede alguien representar a España aunque haya nacido miles de kilómetros de distancia? ¿Qué significa ponerse una camiseta nacional? Son preguntas que la película parece querer introducir dentro de una historia que, sobre el papel, podría haberse limitado a ser una comedia deportiva.
Ese es precisamente el punto en el que La Roja puede diferenciarse de otras películas deportivas. No necesita inventar un rival gigantesco ni construir una final imposible para generar emoción. Su conflicto está en algo mucho más cotidiano: personas que tienen que trabajar para poder entrenar, jugadores que deben superar prejuicios y un entrenador que intenta convertir un grupo heterogéneo en un equipo. El críquet es el vehículo, pero la película habla de pertenencia. Y ahí está probablemente su mayor atractivo para un público que quizá nunca haya visto un partido completo de este deporte.
El estreno también supone un movimiento interesante para el cine español. En un mercado acostumbrado a historias deportivas centradas principalmente en fútbol, baloncesto, ciclismo, boxeo o automovilismo, apostar por el críquet significa asumir que existe un público dispuesto a descubrir algo nuevo. La película puede incluso funcionar como una introducción cultural a un deporte que millones de personas conocen perfectamente en otras partes del mundo, pero que en España continúa siendo prácticamente invisible. Y precisamente por eso la historia tiene una ventaja narrativa: el espectador puede descubrir el deporte al mismo tiempo que descubre a sus protagonistas.
En el fondo, La Roja plantea una idea sencilla pero poderosa: una selección nacional no tiene por qué parecerse a la imagen que uno tiene de una nación. Puede ser precisamente el reflejo de cómo ha cambiado esa sociedad. El equipo de la película está compuesto por personas de distintos orígenes que encuentran en una camiseta una forma de construir algo común. Barrena convierte así un deporte minoritario en una metáfora de una España mucho más diversa que la que aparece habitualmente en las grandes historias deportivas.
Cuando llegue a los cines el 19 de marzo de 2027, La Roja tendrá que superar también su propio reto: conseguir que un deporte prácticamente desconocido para muchos espectadores genere emoción en la pantalla. Pero su historia parte con una ventaja que ningún resultado deportivo puede garantizar: detrás del críquet hay personas, sacrificios, prejuicios, sueños y una pregunta universal sobre qué significa pertenecer a un equipo. Quizá por eso la película no necesite que el espectador conozca las reglas del críquet para entenderla. Basta con comprender algo mucho más sencillo: que a veces una camiseta puede convertirse en el lugar donde varias personas que vienen de mundos diferentes encuentran una identidad común. Y esa sí es una historia que el cine deportivo conoce perfectamente. @Mundiario
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