Por Mariano García
MOCA,(BUTACA 3).-En las últimas tres décadas, la poesía ha experimentado una notable proliferación de autores, publicaciones, recitales, encuentros y reconocimientos literarios. Este crecimiento, que representa una oportunidad para enriquecer la vida cultural, también plantea interrogantes sobre el sentido, la profundidad y la trascendencia de la creación poética.
El problema no es que existan muchos poetas, sino que, en determinados ambientes literarios, la poesía parezca haber perdido de vista al ser humano para concentrarse excesivamente en la figura de quien la escribe.
En ocasiones, se percibe una especie de narcisismo poético, acompañado de un afán desmedido de visibilidad y reconocimiento. El poeta se escribe a sí mismo, se contempla, se celebra y espera que los demás encuentren razones suficientes para celebrarlo también. A veces, pareciera que importa más la fotografía del autor recibiendo un diploma o una placa que la capacidad de sus versos para permanecer en la sensibilidad de los lectores.
No se trata de desconocer el valor de los reconocimientos ni de descalificar la poesía intimista. El mundo interior del poeta ha sido siempre una fuente legítima de inspiración. Buena parte de la poesía universal nace de experiencias profundamente personales. Lo cuestionable aparece cuando ese universo se convierte en una habitación cerrada, sin ventanas hacia la existencia de los demás.
Vivimos en un mundo convulsionado, atravesado por guerras, desigualdades, soledades, incertidumbres y profundas transformaciones de la convivencia humana. Frente a semejante realidad, cabe preguntarse si la poesía puede conformarse con la contemplación de su propio autor, como si nada aconteciera a su alrededor.
No se reclama una poesía militante ni se exige que cada verso constituya una proclama social. Tampoco se pretende que el poeta asuma obligatoriamente un compromiso político o se identifique con una determinada corriente ideológica. La poesía posee sus propias libertades y no debe quedar subordinada a ninguna consigna.
Sin embargo, como expresión del pensamiento y de la sensibilidad humana, la creación poética inevitablemente refleja una determinada concepción del mundo.
De ahí la importancia de una poesía capaz de trascender los límites interiores de quien la escribe; una poesía que, aun cuando rinda homenaje a una rosa, descubra en ella un significado que vaya más allá de su belleza. Que encuentre en lo particular una dimensión universal y despierte emociones, interrogantes y sensibilidades en quienes se acercan al poema.
Porque una cosa es escribir desde uno mismo y otra muy distinta es escribir solamente para uno mismo, esperando, paradójicamente, la admiración de los demás.
La poesía alcanza su verdadera dimensión cuando deja de ser únicamente un espejo del poeta y se convierte también en una ventana abierta hacia la condición humana.
Desde la Butaca 3
Continuará…1 de 2
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