Abelardo de la Espriella ya es presidente de Colombia. El abogado penalista de 48 años ha jurado este viernes el cargo en Cali, en una ceremonia celebrada por primera vez fuera de Bogotá, ante una mayoría del Congreso, autoridades nacionales y una nutrida representación internacional en la que ha destacado la presencia del rey Felipe VI.
Pero el verdadero mensaje político de su estreno no lo ha pronunciado ante los parlamentarios, sino ante los militares. Minutos después de recibir la banda presidencial, De la Espriella se ha desplazado al Batallón Pichincha para fijar el tono de un mandato que nace con la absoluta prioridad recuperar el control del Estado sobre un país golpeado por la violencia y el crimen organizado.
“Ha comenzado el tiempo de la recuperación del orden, la autoridad y la libertad”, ha proclamado el nuevo mandatario en su primera intervención como jefe de Estado. La frase resume buena parte de la identidad política con la que llegó a las urnas y anticipa el giro respecto a la etapa de Gustavo Petro. “Se acabó la corrupción”, ha sentenciado, antes de comprometerse a combatir “sin tregua” al narcoterrorismo y a las organizaciones criminales, especialmente las guerrillas.
Frente a decenas de militares formados en el patio del acuartelamiento, De la Espriella ha presentado a las Fuerzas Armadas como uno de los instrumentos centrales de su proyecto de recuperación institucional. Su Gobierno pretende reforzar la capacidad operativa y de inteligencia del Ejército y de la Policía y abandonar definitivamente la estrategia de la denominada “paz total” impulsada por Petro. El nuevo presidente considera agotada la vía de las negociaciones con los grupos armados y ha anunciado una política de confrontación directa contra las estructuras criminales.
Entre las medidas anunciadas figura además la construcción de megacárceles, inspiradas en el modelo aplicado por Nayib Bukele en El Salvador para golpear la capacidad logística y territorial de las organizaciones criminales, y recuperar el control de zonas donde el Estado ha perdido presencia.
VIDEO | El abogado ultraderechista Abelardo de la Espriella jura como presidente de Colombia para el periodo 2026-2030, en una ceremonia de investidura celebrada en un auditorio universitario de Cali, capital del departamento del Valle del Cauca (suroeste).
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Un juramento con el Congreso y un mensaje con los militares
La toma de posesión comenzó en la Arena USC de la Universidad Santiago de Cali. Después de constatarse el cuórum legislativo, una comisión parlamentaria recibió al presidente electo, que entró acompañado de su familia. Ante el presidente del Senado, Honorio Henríquez, pronunció la fórmula constitucional: “Juro a Dios y prometo al pueblo cumplir fielmente la Constitución y las leyes de Colombia”. Al acto acudió Felipe VI y una decena de jefes de Estado, además de vicepresidentes, cancilleres y otras delegaciones internacionales. El nuevo presidente recibió también a varios dirigentes latinoamericanos con los que comparte una visión conservadora de la política regional.
Pero el segundo escenario de la jornada resultó más revelador que el primero. En el Batallón Pichincha, De la Espriella tomó juramento a su gabinete y convirtió la seguridad en el eje de su primer discurso presidencial. Allí prometió recuperar la autoridad, perseguir al crimen organizado y devolver la tranquilidad a las ciudades y al campo.
El nuevo Gobierno también ha apostado por recuperar a mandos militares y policiales apartados durante la Administración Petro. Entre ellos figura el general Fernando Mora, elegido como ministro de Defensa, y Alejandro Barrera, nuevo director de la Policía Nacional. Su misión será reconstruir las capacidades de unas instituciones de seguridad que el nuevo presidente considera esenciales para enfrentarse a guerrillas, grupos narcotraficantes, bandas urbanas y estructuras dedicadas a la minería ilegal.
Seguridad, economía y una batalla cultural en marcha
El discurso de investidura no se ha limitado a la seguridad. De la Espriella ha presentado una hoja de ruta que incluye una reforma tributaria, la eliminación del impuesto al patrimonio, medidas para incorporar a los trabajadores informales a la economía formal y un nuevo impulso al sector energético.
También ha prometido recuperar la agricultura y mejorar las condiciones de los campesinos, afrontar la crisis del sistema sanitario y reforzar la educación. En este último ámbito ha advertido de que las aulas no podrán convertirse en “un instrumento de adoctrinamiento ideológico”. Es una declaración que sitúa la denominada batalla cultural entre las prioridades del nuevo Ejecutivo.
El reto económico es especialmente exigente. El presidente recibe un Estado con un elevado endeudamiento, una Administración que pretende reducir y una economía que necesita recuperar confianza e inversión. Su promesa de transformar rápidamente el país se enfrenta, por tanto, a la dificultad de ejecutar un programa ambicioso sin deteriorar todavía más las cuentas públicas.
De la Espriella ha querido además marcar distancias con el centralismo de Bogotá. Cali ha sido elegida para una investidura cargada de simbolismo y Barranquilla será la principal sede alternativa del Gobierno, mientras Medellín contará también con presencia institucional. El presidente se ha comprometido a despachar periódicamente desde distintos departamentos para acercar el Ejecutivo a territorios que, según sostiene, han permanecido demasiado alejados de las decisiones nacionales.
“Imparto desde aquí a las Fuerzas Militares y de Policía la orden perentoria de combatir a todas las estructuras criminales”, dijo el presidente Abelardo De La Espriella en su discurso de posesión en el Batallón Pichincha.
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Una victoria estrecha y un país dividido
El nuevo presidente llega al Palacio de Nariño, que planea convertir en un museo y mudar su despacho a la Cancillería, con un mandato electoral sólido pero obtenido por un margen especialmente reducido. De la Espriella derrotó a Iván Cepeda por apenas 250.830 votos, menos de un punto porcentual de diferencia en una segunda vuelta marcada por la enorme polarización. Esa estrechez explica buena parte de los desafíos políticos que afronta desde el primer día. El Pacto Histórico del delfín de Petro no reconoce su victoria y ha llamado a la movilización y a la “desobediencia civil”.
De la Espriella ha respondido que esa estrategia no será tolerada si deriva en violencia o en un intento de desconocer las instituciones. “La tal desobediencia civil no es más que un eufemismo para intentar desestabilizar la democracia y no lo voy a permitir”, ha advertido. Al mismo tiempo, el nuevo mandatario ha tratado de ofrecer garantías a la oposición. Ha asegurado que Cepeda dispondrá de todas las condiciones para ejercer su labor y ha prometido respetar la libertad de prensa y la independencia de los poderes públicos.
La llegada de De la Espriella supone un cambio político profundo. El abogado, sin experiencia previa en cargos públicos, construyó su candidatura alrededor de la imagen de un outsider capaz de romper con las estructuras tradicionales. Su victoria ha abierto un experimento político inédito en Colombia y ha situado en el poder a una derecha de discurso especialmente duro en materia de seguridad. @mundiario




