No hay rastro de artificialidad en Al Baraneya, la ópera prima de la directora egipcio-neerlandesa Ashgan El-Hamus, un logro nada sencillo tratándose de una ficción con apariencia de documental, cuyo reparto está compuesto casi en su totalidad por familiares de la propia cineasta. El formato se traduce en una intimidad vibrante, potenciada por meses de trabajo junto a la única actriz profesional del filme, Reem Amer, integrada a la perfección en el seno familiar. El logro de El-Hamus trasciende el método con una historia sobre una joven embarazada que empieza a cuestionar la vida que le han trazado.
Al Baraneya es un pueblo agrícola situado en el extremo sur del delta del Nilo, cerca de El Cairo pero a años luz de distancia. El-Hamus se crio en los Países Bajos y todo su equipo técnico es neerlandés, algo que podría haber restado autenticidad, pero que se evita gracias a la cercanía de la directora con el reparto.
Una familia entre la tradición y la tierra
A pesar de estar casada, Amal vive todavía con sus padres y hermanos, mientras su esposo Omar intenta reunir el dinero para construir una casa propia. La familia, numerosa y bulliciosa, está encabezada por el padre, Sayed, y la madre, Sara. Antes del amanecer, Amal y las niñas recogen jazmines que después venden en las intersecciones del pueblo. Todos cumplen un papel en el hogar, excepto la abuela, cuya cama es el refugio de Amal tras un largo día de trabajo.
El dinero escasea, la cosecha de trigo rinde cada vez menos y un forastero presiona a Sayed para que venda sus tierras. Él rechaza las ofertas, incluida la de un apartamento junto al mar en Alejandría, porque para él no se trata de dinero, sino de una conexión con la tierra que comparte con su familia. Romper con la tradición supone un salto hacia lo desconocido que Amal, ilusionada con la llegada de su bebé, no se plantea todavía.
El vistazo a otra vida posible
La llegada de la prima Rania, esteticista en El Cairo, abre una nueva perspectiva sobre lo que significa ser mujer en el Egipto actual. Tras una discusión con su madre, Amal viaja a escondidas a la ciudad para verla y encuentra en ella consuelo y un atisbo de independencia. Una escena memorable las muestra grabando un vídeo para TikTok, un instante de libertad que sirve de punto de partida para cuestionar el destino trazado de una joven casada en el Egipto rural.
El-Hamus nunca menosprecia las decisiones de sus personajes. El anhelo de seguridad familiar, pese a la precariedad económica, resulta palpable, y uno de los grandes aciertos de la película es cómo transmite la conexión entre las mujeres de la casa. La abuela advierte a Amal que la felicidad de las telenovelas es solo apariencia, y para Amal ya empieza a asomar una nueva mirada sobre su propio futuro.
Las dificultades económicas y las nuevas oportunidades se entrelazan de forma orgánica a lo largo del metraje. Cuesta asimilar que se trate de ficción, dada su integración en la vida familiar, algo aún más llamativo si se considera que el director de fotografía, el neerlandés Douwe Hennink, fue recibido con naturalidad por el clan. Editada sin ningún atisbo de didactismo, Al Baraneya es una producción transnacional que no parece pensada solo para el público europeo o estadounidense.
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