Asghar Farhadi ha cosechado numerosos galardones, entre ellos dos premios Óscar y un Oso de Oro, pero también ha logrado algo que pocos cineastas de su generación consiguen: un éxito de taquilla sólido dentro y fuera de Irán. Una separación, la primera película iraní ganadora de un Óscar, recaudó 25 millones de dólares en todo el mundo.
Farhadi participa estos días en el Festival de Cine de Sarajevo como ganador del premio honorífico Corazón de Sarajevo y protagonista de una retrospectiva sobre su carrera. Preguntado por cómo ha logrado conectar con públicos tan distintos, ofreció una respuesta que refleja el clima político actual: dijo que vemos las películas de Yasujiro Ozu o Akira Kurosawa y sentimos emociones intensas pese a no conocer apenas la cultura japonesa, porque esas historias se basan en la humanidad compartida, algo que hoy se ha olvidado porque los medios insisten en destacar que todos somos diferentes.
Un amor que no cambia de país
El cineasta explicó que, aunque no todas las madres expresan el amor por sus hijos del mismo modo, la esencia de ese sentimiento es idéntica en cualquier lugar. El amor, como base del drama, funciona igual en todas partes, y la gente está mucho más unida de lo que parece, aunque los medios y ciertos políticos se empeñen en resaltar lo contrario cada vez que ocurre algo grave.
Farhadi ilustró su reflexión con un ejemplo especialmente duro: cuando una bomba explota en Afganistán y mata a diez niños, lo primero que muchos piensan es que esos hijos son en cierto modo diferentes. Por eso lanzó una pregunta directa: por qué se cree que el amor de una madre afgana por sus hijos es distinto al de cualquier otra madre. Defendió que una película local basada en la vida real de la gente resulta comprensible para cualquier público, y que cuanto más honesto y local es un cineasta, más universal termina siendo su cine.
El peligro de perseguir el éxito
El director también advirtió a los cineastas más jóvenes sobre los riesgos de perseguir el éxito. Reconoció que, tras ganar dos Óscar y alcanzar proyección internacional, añora los días en que podía asistir a un festival con discreción. El éxito, afirmó, no depende de la suerte, pero resulta peligroso porque crea distancia entre el cineasta y el público, y porque cuando los medios lo destacan constantemente ya no queda margen para equivocarse.
Pidió además a los nuevos realizadores que no hagan películas pensando en el resultado antes de rodar, ya que algunos aseguran el éxito de antemano y disfrutan más de sus consecuencias que del propio proceso de hacer cine. Al construir sus personajes, Farhadi cuida los matices lingüísticos y culturales, algo que cree perdido en un cine donde todos los personajes hablan igual.
El iraní elogió también al director británico Mike Leigh, a quien considera uno de los cineastas más importantes del mundo. Destacó su método de trabajo, basado en la improvisación con colaboradores habituales hasta llegar a guiones muy estructurados. Preguntado por si Tender Loving Care será la última película de Leigh, Farhadi respondió que espera que cambie de opinión.
A sus 54 años, el director expresó su deseo de seguir haciendo cine hasta el final de su vida. El panorama es prometedor: este año estrenó Cuentos paralelos en el Festival de Cannes y ya ha comenzado a escribir su próxima película, que rodará de nuevo en persa, su idioma natal.




