Ali Asgari presentó en el Festival de Venecia A Bit of Light (título aún sin estreno confirmado en España), un drama íntimo sobre un médico iraní que decide quitarse la vida. La historia transcurre al borde de la guerra entre Estados Unidos e Irán, aunque la cinta se rodó tras el conflicto, bajo el fuego de artillería en Teherán, lo que obligó a trasladar la producción a Turquía, donde se recrearon los espacios de la despedida del protagonista.
Coescrita por Shadmehr Rastin, guionista de Un simple accidente, la película arranca con Arash (Missagh Zareh), un hombre calvo de mediana edad filmado a distancia mientras observa su cafetera, en un instante breve que resume el aislamiento y la apatía que definen su historia.
En escenas posteriores, Arash cierra su casa antes de que un asistente reparta sus plantas entre varios beneficiarios. Su hermano menor, Maziar (Ramtin Daghigh), llora en la mesa intentando convencerlo de ceder a las tentaciones del sexo, las drogas y el alcohol, aunque solo sea para que cambie de opinión. Desde el inicio, la cinta alberga un humor sombrío que se mantiene durante sus 87 minutos, difícil de clasificar como tragicomedia.
Un drama que no oculta sus motivos políticos
La película toma muy en serio su tema: un médico al que las autoridades han clausurado la consulta y revocado la licencia, por razones políticas que se van revelando, mientras planea informar a sus tres hermanos, y finalmente a su madre, de que ya no puede seguir viviendo así. Su margen para ayudar a pacientes desesperados es limitado, pero eso le recuerda su lugar en el mundo mientras se debate entre los sobornos de Maziar, la sabiduría de su hermana Mahsa (Sadaf Asgari), profesora de yoga, y las objeciones de su otra hermana, Massi (Forouzan Jamshidnejad), en un microcosmos de una sociedad que evoluciona bajo la presión de un régimen teocrático y los ultimátums del presidente Donald Trump.
Zareh, quien interpretó al patriarca de La semilla de la higuera sagrada, interioriza la decisión de Arash con empatía, en una actuación contenida que evita el sentimentalismo. Su trabajo vocal es notable: la mezcla de sonido debe subirse para captar su pausada interpretación de los diálogos, lo que le otorga una voz seductora por su sabiduría e inquietante por su tono.
Entre el realismo y algunos destellos de poesía visual
Cada interacción se convierte en un obstáculo para Arash, aunque solo sea porque las imperfecciones de la vida en el Irán moderno refuerzan la sensación de estar vivo. Asgari resalta estas escaramuzas con sutiles transformaciones estéticas, siguiendo los preceptos del neorrealismo iraní. Sin embargo, en momentos inesperados, el director introduce toques de expresionismo junto al director de fotografía y editor Iman Tahsin, como cuando Arash visita el estudio de yoga de Mahsa y queda cautivado por sus instrucciones, encuadrado contra una ventana que parece centellear.
En menos de una hora y media, Asgari y su elenco construyen relaciones realistas entre Arash y sus seres queridos, unidos por la necesidad de sobrevivir a la guerra, el autoritarismo y la monotonía de vivir bajo amenazas constantes. Esa dicotomía entre la rutina depresiva y la chispa de algo emocionante aclara el estado mental del protagonista, en una película que, pese a transitar terrenos sombríos, resulta profundamente vital.
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