Lo primero que conviene saber sobre Charlie Harper es que no hay ningún personaje con ese nombre. Charlie (Nick Robinson) y Harper (Emilia Jones) son una pareja que se encuentra y se pierde varias veces a lo largo de cinco años. El título de esta ópera prima de Mac Eldridge y Tom Dean sugiere que ambos son dos mitades de una misma alma, estén juntos o no.
La película, que se presentó en el Festival de Toronto de 2025, llega ahora a los cines de Estados Unidos de la mano de Row K Entertainment, más de un año después de su estreno. En España, TriPictures la estrenará en salas el 11 de diciembre. Según la crítica de Variety, el resultado es un drama melancólico y sincero, pero incapaz de lograr que el espectador se implique de verdad con sus protagonistas.
Una historia contada a saltos
La cinta arranca por la mitad. En un bar con poca luz, Charlie se acerca a Harper para presentarse y ella le recuerda que ya se conocían del instituto. En realidad, se trata de un juego que la pareja ya ha jugado antes, y cuando la escena regresa hacia el final, pesa todo lo que ha ocurrido entre ellos.
Otra secuencia viaja a una fiesta universitaria la noche de la primera victoria de Barack Obama, donde asoma su pasado compartido y las canciones que marcaron su relación. La principal es Break It to Me Gently, de Brenda Lee, una balada agridulce que ya anticipa que el romance no será del todo feliz.
Él es un joven carismático e inteligente, pero sin rumbo, que encadena trabajos modestos. Ella, en cambio, tiene claro su camino: dejar su pequeño pueblo para formarse como chef en Nueva Orleans. Es la segunda vez este año que Robinson comparte pantalla con un interés amoroso ligado a la cocina, tras Mensajes de voz para Isabelle, de Netflix.
Una pareja que no termina de encajar
Durante un tiempo viven juntos en una Luisiana idílica y decadente, pero las grietas aparecen pronto. Las ambiciones de Harper se alejan de las de Charlie, y el creciente problema de él con la bebida lo complica todo. El guion intenta presentarlo como un genio que desperdicia su talento, aunque apenas lo demuestra más allá de asociar las magdalenas con Proust.
Cuanto más tiempo se observa a la pareja, más evidente resulta que no son compatibles ni en sus virtudes ni en sus defectos. El público intuye mucho antes del desenlace que no están destinados a estar juntos, lo que deja una sensación de nostalgia, pero no llega a conmover.
Lo mejor de Charlie Harper está en su factura. La dirección de Eldridge y Dean es ágil e imaginativa y compensa las carencias del guion, firmado solo por Dean. La fotografía de Sharone Meir diferencia cada etapa con cambios de color y textura, desde la luz saturada del primer amor hasta los tonos más nítidos que llegan con la decepción.
El montaje de Sam Levy salta entre recuerdos y deja que la memoria ordene la cronología. Sin embargo, tanto artificio formal pesa demasiado para una historia tan sencilla, y el espectador puede acabar sintiendo, como sus protagonistas, que pone más de lo que recibe.




