El cine chileno pierde a uno de sus grandes cronistas. Patricio Guzmán ha muerto este martes en París a los 85 años, después de sufrir un paro cardiorrespiratorio, según confirmó la Academia de Cine de Chile y posteriormente recogieron diversas instituciones y medios del país. El realizador residía en Francia desde hacía décadas y deja una trayectoria de más de medio siglo dedicada a observar, reconstruir y preservar la memoria histórica de Chile.
Su nombre quedó ligado para siempre a La batalla de Chile, la monumental trilogía documental que registró el convulso periodo de la Unidad Popular, el Gobierno de Salvador Allende y el golpe de Estado de 1973. Pero reducir su carrera a esa obra sería insuficiente: durante décadas Guzmán siguió buscando nuevas formas de hablar de un país marcado por la dictadura, el exilio, las desapariciones y las heridas de su pasado.
Guzmán entendía el documental no solo como un registro de acontecimientos, sino como una manera de impedir que determinadas historias desaparecieran. Esa mirada atravesó prácticamente toda su filmografía y convirtió la memoria de Chile en el centro de una obra que terminó teniendo una dimensión universal.
Su filmografía incluye títulos como El caso Pinochet, Salvador Allende, Nostalgia de la luz, El botón de nácar, La cordillera de los sueños y Mi país imaginario. En todos ellos aparece, de una manera u otra, la preocupación por la identidad, la historia y aquello que permanece en la memoria colectiva.
Del pasado político a una mirada más poética
Con el paso de los años, Guzmán amplió el territorio de su cine. Nostalgia de la luz utilizó el desierto de Atacama y la astronomía para hablar también de quienes buscaban los restos de personas desaparecidas durante la dictadura. El botón de nácar conectó la historia de los pueblos originarios, el océano y la violencia política. La cordillera de los sueños convirtió la geografía chilena en otra puerta de entrada a la memoria del país.
Ese modo de relacionar paisaje, historia y recuerdo se convirtió en una de sus principales señas de identidad. Su cine podía partir de un acontecimiento político concreto para terminar hablando de cuestiones mucho más universales: la pérdida, la identidad, la violencia o la necesidad de recordar.
El prestigio de Guzmán no quedó limitado a Chile. A lo largo de su carrera recibió algunos de los principales reconocimientos internacionales para el cine documental. Entre ellos figuran el Oso de Plata de la Berlinale, un Premio Goya y el Ojo Dorado del Festival de Cannes, además de otros galardones europeos y latinoamericanos.
En 2023 llegó uno de los reconocimientos más importantes en su país: el Premio Nacional de Artes de la Representación y Audiovisuales, que confirmó institucionalmente la dimensión de una trayectoria que ya era considerada fundamental para la cultura chilena.
Su cámara acompañó la historia política de Chile, pero también buscó sus huellas en los paisajes, en los testimonios y en las generaciones posteriores. Por eso su legado no se limita a una colección de películas premiadas. Su obra deja también un archivo de la memoria chilena y una forma particular de entender el documental como testimonio, reflexión y acto de memoria.
Patricio Guzmán murió lejos de Chile, en París, la ciudad donde desarrolló buena parte de su vida después del exilio. Pero su cine permaneció siempre unido al país que convirtió en el gran protagonista de su obra.




