El fuego que consume los bosques ya no termina cuando las llamas se apagan. Los grandes incendios forestales se han convertido en una amenaza invisible que viaja cientos de kilómetros, transforma el color del cielo de grandes ciudades y deja una huella profunda en la salud de quienes respiran su humo. Lo ocurrido en Nueva York en 2023 y en Madrid durante los incendios de Ávila en 2026 son dos ejemplos de una nueva realidad: las consecuencias de la crisis climática ya no pertenecen únicamente a las zonas rurales donde arde el terreno, sino que alcanzan también a los grandes núcleos urbanos.
En junio de 2023, millones de personas en la costa este de Estados Unidos vivieron una escena difícil de olvidar. El humo procedente de los incendios de Canadá cubrió Nueva York con una atmósfera rojiza y una calidad del aire peligrosa. Tres años después, la imagen se repitió en Europa. En julio de 2026, las columnas de humo generadas por los grandes incendios de Ávila llegaron hasta Madrid, tiñendo el cielo de tonos anaranjados y recordando que la distancia ya no es una barrera frente a los efectos de los megaincendios.
La escena vivida desde el hospital Clínico San Carlos, donde pacientes en rehabilitación cardiaca afrontaban la presencia de un aire cargado de partículas contaminantes, resume una de las grandes paradojas de esta nueva emergencia: lugares destinados a recuperar la salud quedan expuestos al mismo tiempo a un factor ambiental que puede perjudicarla. El humo de los incendios no solo afecta a quienes viven cerca del fuego; también alcanza ciudades situadas a decenas o cientos de kilómetros.
El humo de los incendios se convierte en una amenaza sanitaria
La comunidad científica lleva años estudiando las consecuencias de esta contaminación extraordinaria. Un editorial publicado en The Lancet calificó los grandes incendios que han afectado a países como Francia y España como una “colosal emergencia de salud”, vinculada a un escenario marcado por temperaturas récord, sequías prolongadas y condiciones meteorológicas cada vez más favorables para la expansión del fuego.
Europa es actualmente el continente que más rápido se calienta del planeta, y los incendios forestales se han convertido en una de las expresiones más visibles de ese cambio. En Francia, los grandes incendios de 2026 obligaron a evacuar a más de 220.000 personas y llegaron a amenazar zonas próximas a ciudades como Burdeos, en una situación de alerta excepcional.
Pero el peligro no termina en las llamas. La combustión de árboles y vegetación libera una mezcla compleja de sustancias tóxicas: partículas finas PM2.5, monóxido de carbono, óxidos de nitrógeno y compuestos orgánicos volátiles capaces de penetrar profundamente en el organismo.
Las partículas que afectan al corazón, los pulmones y el cerebro
Las investigaciones epidemiológicas han demostrado que el humo de los incendios puede desencadenar problemas respiratorios inmediatos, agravar enfermedades previas y aumentar el riesgo de complicaciones cardiovasculares. Las partículas PM2.5 generadas por la quema de biomasa pueden ser especialmente dañinas porque contienen elementos químicos que favorecen procesos inflamatorios dentro del cuerpo.
Un estudio realizado tras el episodio de humo en Nueva York en 2023 detectó un fuerte aumento de las partículas contaminantes en el aire y relacionó ese episodio con un incremento del 44% en las visitas hospitalarias por asma en la ciudad. El episodio mostró con claridad cómo un incendio ocurrido a miles de kilómetros puede tener consecuencias médicas directas en una población urbana.
Otros análisis internacionales, que han estudiado cientos de ciudades, han encontrado una relación entre la exposición a estas partículas procedentes de incendios forestales y un aumento del riesgo de mortalidad general, cardiovascular y respiratoria. Además, nuevas investigaciones apuntan a que sus efectos podrían extenderse también a la capacidad cognitiva y al bienestar psicológico.
Los grupos más vulnerables ante una amenaza creciente
No todas las personas afrontan el humo de los incendios con el mismo nivel de riesgo. Los niños, los mayores de 65 años y quienes padecen enfermedades respiratorias, cardiovasculares o problemas psicológicos crónicos forman parte de los colectivos más afectados.
La exposición prolongada a un aire contaminado puede empeorar patologías previas y aumentar la presión sobre unos sistemas sanitarios que tendrán que prepararse para un escenario climático cada vez más exigente. Los expertos reclaman planes específicos que incluyan vigilancia de la calidad del aire, sistemas de filtración en edificios sanitarios y formación del personal médico ante emergencias relacionadas con el clima.
Ciudades obligadas a adaptarse a una nueva realidad
Las grandes ciudades también deben cambiar su manera de responder ante estos episodios. El problema se vuelve más complejo cuando el humo de los incendios coincide con olas de calor extremo, una combinación cada vez más frecuente.
Las recomendaciones aplicadas en Nueva York tras los episodios de humo procedente de Canadá muestran una posible hoja de ruta: reducir la actividad física al aire libre, mejorar los sistemas de alerta, facilitar mascarillas adecuadas y garantizar espacios seguros para quienes no disponen de sistemas de climatización o filtrado del aire.
En España, el desafío también pasa por identificar las zonas con mayor exposición al riesgo. Un análisis basado en criterios utilizados en otros países europeos señaló que más de 8,5 millones de personas viven en áreas situadas a menos de 400 metros de grandes masas forestales, una proximidad que aumenta la vulnerabilidad ante futuros incendios.
La emergencia de los megaincendios exige, por tanto, algo más que apagar las llamas. Requiere proteger bosques, rediseñar ciudades, preparar hospitales y comunicar mejor una realidad que durante años se ha observado principalmente como un problema ambiental. El fuego ya no es solo una amenaza para la naturaleza: es una cuestión de salud pública. @mundiario




