La discriminación contra las mujeres en el ámbito de la salud no es una reliquia histórica ni un vestigio de la medicina del siglo XIX. Es una realidad documentada, medible y todavía presente en numerosos sistemas sanitarios avanzados, incluido el español. La paradoja resulta particularmente incómoda: nunca había existido tanto conocimiento científico, tanta tecnología diagnóstica y tantos recursos sanitarios, y, sin embargo, millones de mujeres siguen enfrentándose a un problema estructural que condiciona su atención médica desde la consulta de atención primaria hasta la investigación biomédica.
La cuestión no es si existe un sesgo de género en medicina. La evidencia científica acumulada durante las últimas décadas ha dejado claro que existe. La verdadera discusión gira hoy en torno a su alcance, sus consecuencias y, sobre todo, la velocidad con la que los sistemas sanitarios son capaces de corregirlo.
Durante siglos, la medicina se construyó utilizando el cuerpo masculino como patrón universal. La investigación clínica, los ensayos farmacológicos, los protocolos diagnósticos y la propia enseñanza médica se desarrollaron tomando al hombre como referencia principal y considerando las diferencias biológicas femeninas como excepciones o variaciones secundarias. Las consecuencias de esta aproximación han sido profundas y, en algunos casos, dramáticas.
Los síntomas de las mujeres continúan siendo más banalizados y peor interpretados. La medicina del siglo XXI aún arrastra una visión construida sobre el cuerpo masculino
Uno de los ejemplos más conocidos es el infarto agudo de miocardio. Durante décadas, la imagen clásica del ataque cardíaco —dolor intenso en el pecho irradiado al brazo izquierdo— se elaboró a partir de la experiencia masculina. Sin embargo, las mujeres presentan con frecuencia síntomas distintos, más difusos y menos reconocibles. El resultado es que muchas veces llegan más tarde al diagnóstico y reciben tratamiento con retraso. La cardióloga Antonia Sambola ha recordado recientemente que la mortalidad por infarto entre mujeres en España alcanza el 14%, aproximadamente el doble que entre los hombres.
Pero el problema va mucho más allá de la cardiología. Diversos estudios han mostrado que enfermedades como determinados cánceres, patologías autoinmunes o la diabetes pueden diagnosticarse significativamente más tarde en mujeres que en hombres. No siempre porque la enfermedad sea diferente, sino porque la interpretación de los síntomas continúa estando condicionada por prejuicios culturales y clínicos que siguen atribuyendo con demasiada frecuencia el sufrimiento femenino a factores psicológicos, emocionales o incluso imaginarios.
La frase "todo está en tu cabeza", pronunciada de forma explícita o implícita, ha acompañado durante décadas a muchas pacientes. El fenómeno tiene raíces históricas profundas. Durante siglos, el útero y las hormonas fueron considerados responsables de un amplio catálogo de enfermedades femeninas, desde el dolor crónico hasta los trastornos psicológicos. Aunque la medicina moderna ha superado formalmente esas teorías, algunos de sus sesgos culturales siguen presentes en la práctica clínica cotidiana.
No se trata únicamente de una cuestión de actitud profesional. Existe también un déficit histórico de conocimiento científico sobre el cuerpo femenino. Resulta revelador que la anatomía completa del clítoris no fuese descrita con precisión hasta finales del siglo XX. Del mismo modo, áreas como la salud sexual femenina, la menopausia, la endometriosis o determinadas patologías ginecológicas han permanecido durante décadas insuficientemente investigadas.
Las consecuencias son especialmente visibles en ámbitos como la salud mental. El periodo posparto constituye un ejemplo paradigmático: las mujeres presentan un riesgo muy superior de sufrir trastornos psiquiátricos graves tras el parto, pero durante años esta realidad recibió una atención científica y sanitaria muy inferior a su impacto real.
Sería injusto, sin embargo, concluir que la medicina actual discrimina deliberadamente a las mujeres. La mayoría de los profesionales sanitarios trabajan con criterios científicos y con un compromiso ético indiscutible. El problema es más complejo y más difícil de combatir: se trata de un sesgo estructural acumulado durante siglos, incorporado en ocasiones de forma inconsciente a los protocolos, a la investigación y a la cultura médica.
Una medicina mejor para todos
Afortunadamente, esta situación está empezando a cambiar. La llamada medicina con perspectiva de género ha dejado de ser una reivindicación minoritaria para convertirse en una necesidad científica. Cada vez existen más investigaciones específicas sobre salud femenina, más protocolos adaptados a las diferencias biológicas y más conciencia institucional sobre la necesidad de incorporar el sexo y el género como variables relevantes en la práctica clínica.
Pero el cambio avanza con una lentitud que contrasta con la magnitud del problema. La medicina personalizada, la inteligencia artificial y la revolución biotecnológica prometen transformar la atención sanitaria durante las próximas décadas. Resultaría paradójico que esta nueva revolución científica reprodujera los mismos sesgos que han acompañado a la medicina desde sus orígenes.
La cuestión no es construir una medicina para mujeres y otra para hombres. La cuestión es construir, por fin, una medicina mejor para todos, capaz de reconocer que la igualdad sanitaria no consiste en tratar a todas las personas exactamente igual, sino en comprender adecuadamente sus diferencias para ofrecerles la mejor atención posible. Porque cuando una mujer tarda más en ser diagnosticada, recibe un tratamiento menos adecuado o ve cuestionado su sufrimiento, no estamos ante un problema exclusivamente femenino: estamos ante un fallo del propio sistema sanitario. @mundiario




