Hay decisiones que se toman con análisis, con proyecciones y con estudios de mercado que te dan un nivel razonable de certeza. Y hay decisiones que se toman con convicción. La de apostar en Montecristi fue la suma de ambas.
Una apuesta que empezó como trabajo y terminó siendo algo más
Cuando Energía 2000 comenzó a formular su proyecto, la pregunta más frecuente no era técnica ni financiera. Era de incredulidad. "¿En Montecristi? ¿Por qué allí?" No era malintencionada.
Era genuina. Montecristi era, y en buena parte sigue siendo, una provincia invisible en el mapa del desarrollo económico dominicano. Poca industria. Poca infraestructura. Pocas razones aparentes para llevar allí un proyecto de la magnitud que estábamos construyendo.
Mi rol inicial fue el de estructurador jurídico. Un proyecto de US$1.050 millones con alianzas tecnológicas con Siemens, contratos de suministro de gas natural con Shell y vínculos operativos con EthosEnergy y Lindsayca requiere una arquitectura legal precisa. Eso fue parte de lo que me correspondió construir.
Pero en algún momento del proceso, el proyecto dejó de ser solo un trabajo. Pasó a ser una convicción. Y esa convicción trajo co-inversión: puse capital real, asumí el riesgo que asume cualquier empresario que decide creer en algo más allá de lo que le pagan por creer.
El desafío de construir donde no hay estructura
Una de las partes de este proyecto de las que menos se habla —y de las que más orgulloso estoy— es el desafío operativo que implicó construir en Montecristi. Cuando decides levantar una central termoeléctrica de 414 MW en una zona sin infraestructura de soporte a esa escala, tienes que construir tú esa infraestructura. No puedes esperar.
El ejemplo más claro fue el muelle auxiliar. Energía 2000 construyó una facilidad marítima propia en la Bahía de Manzanillo, en Pepillo Salcedo, para poder recibir los materiales y equipos que requería la obra. El Puerto de Manzanillo —bajo administración estatal y en proceso de modernización— no estaba en condiciones de atender las necesidades logísticas de un proyecto de esta envergadura en los tiempos que exigía la construcción. Así que lo resolvimos nosotros.
Ese muelle no aparece en los titulares. Pero para mí representa algo preciso: la decisión de no paralizarse ante lo que falta, sino de construir lo que se necesita.
El desafío más difícil: el de la percepción
Hubo un desafío que me resultó más exigente que el jurídico, el financiero y el logístico combinados. Fue el de la percepción. Mucha gente —incluyendo personas con criterio y experiencia real— dudó de este proyecto. Lo consideraron demasiado ambicioso. Una inversión privada de US$1.050 millones en Montecristi, sin garantías estatales, con alta complejidad logística. Para muchos, la ecuación no cerraba.
Manzanillo Power Land no nació en la comodidad. Nació en medio de dudas, de obstáculos, de posturas encontradas y de momentos en los que detenerse parecía más razonable que continuar. Hubo quienes decidieron creer cuando no había garantías, avanzar cuando el camino era cuesta arriba. Esa convicción —la que no nace de la certeza sino que se forja en la incertidumbre— es lo que hoy está construida, erguida y en operación en la Bahía de Manzanillo.
Lo que significa verla funcionando
Hoy esa planta opera. Genera actualmente alrededor de 280 MW en ciclo simple y muy pronto estará aportando sus 414 MW en ciclo combinado. Usa tecnología Siemens. Su combustible es gas natural de Shell. Tiene detrás a ingenieros, técnicos y operadores. Tiene contratos de operación y mantenimiento. Tiene más de 3.000 empleos generados. Tiene impacto concreto en una provincia que históricamente no había tenido muchas razones para creer en su propio potencial.
Y tiene algo que ninguna proyección financiera puede medir: el peso de haber creído antes de que hubiera razones cómodas para hacerlo. Eso es lo que Manzanillo Power Land significa para mí. No solo una inversión que resultó. Una decisión de la que no me arrepiento ni en sus momentos más difíciles.
El norte dominicano tiene energía. La tiene porque hubo quienes apostaron en él cuando apostarlo no era fácil. Esa es la historia que más importa contar.
Guillermo Estrella Ramia es abogado corporativo y socio de Energía 2000, la empresa privada que desarrolló Manzanillo Power Land.




