A dos meses del desplome en Jet Set, las voces del recuerdo y el reclamo resonaron fuerte en la avenida Independencia, donde familiares y sobrevivientes se congregaron este domingo para una misa al aire libre en honor a las 236 víctimas que dejaron de existir tras el colapso del techo de la discoteca.
Bajo un cielo gris y una brisa que parecía cargar memorias, el padre Rogelio Cruz ofició la ceremonia justo en el lugar del suceso, transformando el espacio en un altar de consuelo, justicia y dignidad. Fue allí donde la comunidad se unió con flores, velas y plegarias, dando vida a un acto de resistencia emocional ante el silencio oficial.
Entre los rostros que no dejan de llorar está el de Magalis Taveras, tía y madrina de Luisa María Taveras Santana, quien, con 32 años, dejó a tres hijos en la orfandad. "Mi muñeca tan bella y tan buena… todos los días la lloramos", dijo entre sollozos.
Su testimonio fue uno de muchos que llenaron el aire de historias truncadas y afectos inconclusos. Desde el primer minuto, la misa se convirtió en una denuncia viva: aún no hay responsables identificados, no se han ofrecido informes periciales públicos ni se ha esclarecido la cadena de negligencias que provocó el colapso.

Para muchas familias, la espera se ha vuelto desesperante. "Queremos respuestas, no promesas vacías", repitieron algunos asistentes durante el acto.
La escena se repitió en múltiples abrazos sostenidos, en oraciones por los que ya no están, y en un clamor común: que este evento no quede impune. Con pancartas que decían “Justicia para los 236” y camisetas con fotografías de las víctimas, los dolientes convirtieron el asfalto en un lienzo de memoria y exigencia.
Luisa María, como decenas de otras víctimas, era sustento, compañía, madre y hermana. Su ausencia ha marcado profundamente a su familia y refleja lo que viven cientos de hogares: el vacío que dejó el desplome no es solo físico, sino emocional y social. Desde ese 8 de abril, sus hijos no solo perdieron a su madre, también su estabilidad.
A partir de esta jornada, la comunidad reafirmó su decisión de no permitir el olvido. La elección de hacer la misa en el mismo lugar del incidente fue un acto de desafío simbólico: no se trata solo de recordar, sino de mantener vivo el reclamo. La ceremonia concluyó entre velas encendidas y promesas de continuar la lucha.

Mientras tanto, las familias siguen esperando que las autoridades muestren voluntad, transparencia y responsabilidad frente a un hecho que aún duele como el primer día.




