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Mi abusador publicó el video en sitio para adultos

El año pasado, Rose Kalemba explicó en un blog lo difícil que fue, tras su vio-la-ción a los 14 años, lograr que el video del ata-que se-xu-al fuera retirado de un popular sitio para adultos en la web.

Decenas de personas se comunicaron con ella, luego, para decirle que enfrentaban el mismo. La enfermera se detuvo antes de salir del cuarto de hospital en el que estaba Rose y se dio la vuelta para mirarla de frente.

«Siento que esto te haya ocurrido», murmuró con voz trémula. «A mi hija también la vio-la-ron».

Rose miró a la enfermera. No podía tener más de 40 años, pensó.

Le recordó la mañana después de su asalto, las conversaciones con un impasible policía y el médico. Todos hablaban de «supuesto» al referirse al violento y largo ataque que duró toda la noche, y que Rose había descrito. Con la excepción de su padre y abuela, la mayoría de sus parientes tampoco creían lo que contaba.

Con la enfermera sucedió algo diferente. «Ella me creyó», afirma Rose.

Fue una pequeña llama de esperanza, alguien que reconocía y aceptaba lo que le había sucedido. La atravesó una ola de alivio, que la hizo sentir como si fuera el comienzo de su recuperación.

Pero, pronto, cientos de miles de personas estarían viendo la vio-la-ción ellas mismas y de esos espectadores no recibiría compasión alguna.

Una década después, Rose Kalemba está frente al espejo del baño cepillando su largo pelo negro que le llega hasta los muslos, enroscando las puntas con sus dedos para formar bucles naturales. Eso no hubiera sido posible en los meses después de su ataque. Tuvo que cubrir todos los espejos en su casa porque no podía soportar la imagen de su propio reflejo.

Ahora tiene 25 años y ha organizado rutinas de ayuda personal en su vida diaria.

Cuidar de su pelo es una de ellas. Peinarlo toma tiempo y esfuerzo, es casi un acto de meditación. Ella sabe que tiene una cabellera hermosa, la gente se lo señala todo el tiempo. Todas las mañanas, también se prepara una taza de chocolate con cacao puro, que cree que tiene propiedades curativas, y escribe sus metas en un diario.

Las inscribe deliberadamente en tiempo presente.

«Soy una excelente conductora», es una de las metas. «Estoy felizmente casada con Robert», es otro. «Soy una gran madre».

Al sentarse a conversar, Rose echa su pelo sobre los hombros, le cubre casi todo el cuerpo, es su propia armadura.

Como fue criada en una pequeña localidad de Ohio, Estados Unidos, no era inusual que Rose saliera a caminar sola antes de la hora de dormir.

Le despejaba la mente, disfrutaba del aire fresco y de la paz. Así que esa noche de verano, en 2009, empezó como muchas otras para la Rose de 14 años.

Pero un hombre apareció de entre las sombras. Amenazándola con un cuchillo la forzó a entrar a un automóvil. En el asiento de pasajero había un segundo hombre, de unos 19 años, lo había visto antes.

La llevaron a una casa al otro lado del pueblo y la vio-la-ron durante 12 horas, mientras que un tercero filmaba partes del asalto.

Rose estaba en sho-ck, apenas podía respirar. La habían golpeado y acuchillado en la pierna izquierda, sus ropas estaban ensangrentadas. A ratos perdía el conocimiento.

En un momento dado, uno de los hombres sacó una computadora portátil para mostrarle a Rose los ataques a otras mujeres. «Soy de la etnia naciones originarias», le dice en referencia a pueblos autóctonos de Norteamérica, dice. «Los atacantes eran blancos y la estructura de poder era clara. Algunas de las víctimas eran blancas pero muchas eran mujeres de color».

Rose de niña con sus juguetes y libros.

Después, los hombres amenazaron con matarla. Tratando de recuperar todos sus sentidos, Rose empezó a conversarles. Si la dejaban libre, no revelaría sus identidades, les aseguró. Nada les pasaría, nadie se enteraría.

Al entrar por la puerta, vio su reflejo en el espejo del corredor. Una cortada en la frente emanaba sangre.

Su padre, Ron, y unos miembros de la familia estaban en la sala a punto de almorzar. Con la herida de chuchillo todavía sangrando, les explicó lo que le había ocurrido.

«Mi padre llamó a la policía, inmediatamente me reconfortó, pero los otros dijeron que me lo había buscado por salir a caminar tarde en la noche», cuenta Rose.

El la sala de urgencias, Rose fue recibida por un médico y un policía.

«Ambos me trataron de una manera muy indiferente», añade. «No había amabilidad, no había calidez».

El policía le preguntó si esto se había iniciado de manera consensual. Si fue una noche que salió de control, se preguntó.

Rose quedó estupefacta.

«Ahí estaba desfigurada a golpes. Acuchillada y sangrando…».

Rose les aseguró que no, no había habido consentimiento. Y, todavía trastornada por lo que le había pasado, dijo que no sabía quiénes la habían atacado. La policía no tenía pistas para iniciar una investigación.

Cuando Rose fue dada de alta, al día siguiente, intentó suicidarse, incapaz de imaginarse con una vida normal. Su hermano la descubrió a tiempo.

Unos meses después, Rose estaba navegando la rede social MySpace cuando encontró a varias personas de su escuela compartiendo un vínculo. Estaba etiquetada. Al hacer clic fue llevada al sito de videos  para adultos compartidos Po-rn-hub. Se sintió nauseabunda al ver varios videos del ataque al que la sometieron.

«Los títulos de los videos eran ‘adolescente llorando y abofeteada’, ‘adolescente destruida’, ‘adolescente desmayada’. Uno había sido visto más de 400.000 veces», recuerda Rose.

«Los peores videos eran en los que estaba desmayada. Viendo cómo me atacaban cuando ni siquiera estaba consciente fue lo peor».

Tomó la decisión instantánea de no contarle a su familia sobre los videos, de todas formas, la mayoría de ellos no la había apoyado. Contarles no hubiera logrado nada.

En pocos días quedó en evidencia que la mayoría de sus compañeros de escuela habían visto los videos.

«Me atormentaron», dice. «La gente me decía que me lo merecía. Que yo los provocaba. Que yo era una puta».

Algunos chicos contaron que sus padres les habían aconsejado que no se acercaran a ella, en caso de que los sedujera y luego acusara de vio-la-ción.

«A la gente le queda más fácil acusar a la víctima», señala.

Rose dice que se comunicó por correo electrónico al sitio varias veces durante seis meses, en 2009, para pedir que retiraran los videos.

«Le rogué en los emails. Les imploré. Escribí, ‘Por favor, soy una menor, esto fue un asalto, por favor retírenlo'».

No recibió una respuesta y los videos se mantuvieron activos.

Ron Kalemba: Rose tenía una «multitud de abusadores digitales».

Está claro que Ron Kalemba piensa mucho sobre lo que le sucedió a su hija hace todos esos años y se pregunta qué hubiera hecho diferente si hubiera sabido más. Su hija cambió después del asalto. Pasó de ser una alumna aplicada a faltar a las clases y casi nunca entregar sus tareas.

Nos sentamos en un parque cerca de la casa de Ron que visita con frecuencia. Él y Rose leen algunas veces apartes de la Biblia desde un banco para picnic. No hablan mucho del pasado.

«Se siente como si todo el mundo la hubiera decepcionado», comenta. «El abuso que sufrió, fue como una gran broma para todos. Le cambió la vida completamente y la gente la abandonó a lo largo de todo ese camino».

BBC

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losmocanos