La humanidad se enfrenta a peligros que no siempre avisan antes de transformar el mundo. Una guerra nuclear, una pandemia devastadora o un sistema de inteligencia artificial utilizado con fines destructivos podrían desencadenar crisis que desbordasen la capacidad de respuesta de los gobiernos. A estos riesgos se suman amenazas que ya están presentes, como el cambio climático, la resistencia a los antibióticos y la malnutrición. Un análisis de una comisión internacional de 37 expertos publicado en The Lancet reúne 17 grandes desafíos para la salud mundial hasta finales de siglo y advierte de que algunos podrían comprometer incluso la supervivencia de la especie.
El informe plantea una cuestión incómoda: ¿está preparada la sociedad para afrontar amenazas que, aunque tengan una probabilidad difícil de calcular, podrían ocasionar daños irreversibles? Los investigadores no presentan un pronóstico definitivo del futuro, sino una evaluación de los peligros que requieren atención política, inversión científica y medidas preventivas. Su conclusión es que la magnitud de las consecuencias obliga a actuar antes de que una crisis alcance un punto de no retorno.
La inteligencia artificial abre un escenario de riesgos difíciles de calcular
Entre las amenazas que más incertidumbre generan figura el uso malicioso de la inteligencia artificial (IA). La tecnología puede aportar avances en medicina, investigación y prevención de enfermedades, pero también amplificar riesgos si se emplea sin controles suficientes o se integra en sistemas especialmente sensibles.
Los investigadores distinguen varias vías por las que podría producirse un daño grave. Una de ellas es la utilización de herramientas de IA para facilitar el desarrollo de nuevos patógenos. Otra posibilidad es su incorporación a infraestructuras críticas, donde un fallo podría desencadenar consecuencias en cadena. También preocupa que sistemas autónomos actúen de forma incompatible con los objetivos humanos y que resulte difícil recuperar el control sobre ellos.
El problema no se limita a un escenario futurista en el que las máquinas sustituyan a las personas. La dependencia tecnológica de servicios esenciales puede aumentar la vulnerabilidad de hospitales, redes energéticas, sistemas financieros y mecanismos de seguridad. Si una decisión automatizada errónea se propaga por varios sectores, sus consecuencias podrían superar el ámbito digital y convertirse en una crisis material.
Las estimaciones recogidas por la comisión reflejan, además, una importante discrepancia entre especialistas. Los llamados superpronosticadores calculan en un 2,1% la probabilidad de una catástrofe relacionada con la IA que cause la muerte de al menos el 10% de la población mundial antes de 2100, frente al 12% estimado por los expertos en inteligencia artificial consultados. Para el riesgo de extinción, las cifras son del 0,4% y el 3%, respectivamente.
Estas diferencias no permiten establecer una probabilidad definitiva, pero muestran la dificultad de evaluar tecnologías cuyo desarrollo puede avanzar más rápido que los mecanismos destinados a supervisarlas.
Una guerra nuclear tendría consecuencias mucho más allá del campo de batalla
El segundo gran peligro con potencial de extinción identificado por los autores es el conflicto nuclear. Sus efectos no terminarían con las explosiones ni con las víctimas inmediatas: una confrontación de gran escala podría alterar el funcionamiento de las sociedades durante años y poner en riesgo el acceso a alimentos, agua, atención sanitaria y otros recursos básicos.
La comisión advierte de que las partículas liberadas a la atmósfera podrían modificar las temperaturas globales y reducir la producción agrícola. Este fenómeno, conocido como invierno o hambruna nuclear en sus escenarios más graves, podría provocar una crisis alimentaria internacional incluso en regiones alejadas de las zonas atacadas.
A ello se añadirían las interrupciones del comercio, los problemas de abastecimiento, la inestabilidad política y el riesgo de que nuevos enfrentamientos agravaran la destrucción inicial. La capacidad de respuesta de los servicios sanitarios también podría quedar comprometida precisamente cuando más se necesitaría.
Los investigadores identifican las crisis internacionales como una de las principales vías hacia una escalada nuclear. Entre los factores que merecen vigilancia figuran las tensiones geopolíticas, los accidentes con armamento y la posibilidad de que las nuevas tecnologías intervengan en decisiones militares. El informe también reclama reforzar los tratados de no proliferación y las iniciativas destinadas a reducir los arsenales.
Las pandemias siguen siendo una amenaza
La crisis de la covid-19 demostró que un agente infeccioso puede alterar la economía, los sistemas sanitarios y la vida cotidiana de millones de personas en poco tiempo. Sin embargo, los expertos advierten de que la experiencia no garantiza que la humanidad esté mejor preparada para afrontar el siguiente gran brote.
La interacción creciente entre las personas y los animales salvajes, la presión sobre los ecosistemas y la concentración de población en las ciudades pueden favorecer la aparición y propagación de enfermedades infecciosas. En ese contexto, las zoonosis —infecciones que pasan de animales a seres humanos— constituyen un desafío relevante para la vigilancia epidemiológica.
El impacto de una futura pandemia dependerá de factores como la capacidad de transmisión del patógeno, la gravedad de la enfermedad y la rapidez con la que se desarrollen pruebas diagnósticas, tratamientos y vacunas. Por eso, los investigadores consideran esencial mantener sistemas de detección temprana y una coordinación internacional que permita reaccionar antes de que un brote se extienda.
La incertidumbre es inevitable, pero no equivale a la imposibilidad de prevenir. La experiencia acumulada durante la pandemia ofrece herramientas para mejorar la preparación, siempre que los países mantengan la inversión y no reduzcan la vigilancia cuando desaparece la emergencia.
El cambio climático multiplica los riesgos para la salud
El calentamiento global ocupa otro lugar destacado entre las amenazas identificadas. Sus consecuencias no se limitan a las olas de calor o a los fenómenos meteorológicos extremos: también pueden afectar a la disponibilidad de alimentos, la propagación de enfermedades y las condiciones de vida de comunidades enteras.
Las inundaciones pueden deteriorar el acceso al agua potable y favorecer enfermedades diarreicas. Los incendios forestales incrementan la exposición a partículas contaminantes, mientras que las altas temperaturas elevan los riesgos para determinados grupos de población. A su vez, la reducción de la productividad agrícola puede agravar la inseguridad alimentaria.
La comisión describe el cambio climático como un multiplicador de amenazas porque sus efectos pueden intensificar problemas económicos y sociales que ya existen. Las comunidades con menos recursos para proteger sus viviendas, acceder a servicios médicos o recuperarse de una catástrofe suelen disponer de menos herramientas para afrontar estos impactos.
Los investigadores advierten de que las consecuencias podrían intensificarse durante este siglo y llegar a plantear riesgos todavía mayores a largo plazo si las emisiones de gases de efecto invernadero no se reducen de forma suficiente. La prevención climática, por tanto, también debe entenderse como una medida de protección de la salud pública.
Las amenazas cotidianas también condicionan el futuro
Aunque la inteligencia artificial y la guerra nuclear concentran la atención por sus posibles consecuencias extremas, el informe incluye riesgos que ya ocasionan una carga importante de enfermedad y mortalidad.
La contaminación atmosférica, la resistencia a los antimicrobianos, la obesidad, el tabaquismo, el consumo perjudicial de alcohol, la hipertensión y los problemas de salud mental forman parte de la relación elaborada por los expertos. También aparecen la desnutrición infantil, las desigualdades económicas, el bajo nivel educativo, los conflictos convencionales y el envejecimiento poco saludable.
La reducción de las ayudas al desarrollo constituye otro motivo de preocupación, especialmente para las poblaciones más vulnerables. Los recortes pueden debilitar programas sanitarios, preventivos y sociales en lugares donde la financiación internacional resulta determinante para sostener servicios básicos.
En el caso del envejecimiento, el desafío consiste en conseguir que el aumento de la esperanza de vida vaya acompañado de más años vividos con buena salud. Vivir más tiempo no garantiza hacerlo sin enfermedades o limitaciones, una diferencia que podría adquirir mayor importancia a medida que envejezca la población mundial.
La prevención exige decisiones antes de que llegue la crisis
Quique Bassat, epidemiólogo y director general de ISGlobal, destaca el valor de evaluar estas amenazas desde una perspectiva que no se limite a la enfermedad, sino que contemple también la supervivencia de la especie. El especialista subraya, según señala El País, la necesidad de revisar periódicamente este tipo de análisis, ya que nuevos patógenos, avances tecnológicos o cambios geopolíticos pueden modificar las prioridades.
Christopher Murray, copresidente de la comisión, sostiene que las amenazas deben abordarse de forma conjunta. La razón es que sus efectos pueden reforzarse mutuamente: una crisis climática puede agravar la inseguridad alimentaria, mientras que un conflicto puede debilitar los sistemas sanitarios y dificultar la respuesta ante una epidemia.
El informe no sostiene que todas estas catástrofes vayan a producirse ni que sus consecuencias puedan calcularse con precisión. Su advertencia es distinta: existen riesgos con capacidad para ocasionar daños extraordinarios y frente a los cuales todavía es posible intervenir.
Reforzar los sistemas de salud, mantener la cooperación internacional, controlar las tecnologías emergentes y reducir las amenazas ambientales son algunas de las medidas que pueden limitar su impacto. La supervivencia humana no depende de anticipar cada escenario con exactitud, sino de construir instituciones capaces de responder a lo inesperado. Las decisiones adoptadas hoy determinarán, en buena medida, la vulnerabilidad de las próximas generaciones. @mundiario




