En "En el corazón de la bestia", Brad Pitt logra algo que pocos actores consiguen en una saga de un hombre y su perro en la naturaleza: ofrece una interpretación auténtica. Su personaje, James Belmont, es un oficial retirado de las Fuerzas Especiales con una larga trayectoria en combate. Hay flashbacks que parecen situarlo en Afganistán, aunque la guerra nunca se nombra. En la secuencia inicial pilota una avioneta sobre las montañas de Alaska junto a su fiel pastor alemán, Odín.
Odín está marcado por las batallas: tiene dientes de titanio y solo tres patas, una de ellas sustituida por una prótesis. Es un perro de combate criado por James desde cachorro, y tras vivir tantas guerras juntos, su vínculo resulta casi palpable. Pitt transmite el amor que comparten ambos, y también al veterano que es James: alerta, curtido y taciturno, moldeado así por la propia guerra.
La cinta arranca con una nota de inquietud: Odín, solo en medio de un camino, mientras una joven interpretada por Anna Lambe se acerca en una camioneta. Algo ha ocurrido. La historia retrocede una semana, al inicio del viaje como un tranquilo descanso, con la grandeza de los cielos y los acantilados nevados, rodados en realidad en Nueva Zelanda.
Un vínculo forjado en la guerra
Pitt, con barba, pelo rapado y un tatuaje de brújula bajo la oreja izquierda, interpreta a un hombre integrado por completo en ese entorno desolado. Resulta significativo que el personaje no muestre un trauma bélico evidente, casi como un cuestionamiento de la figura del veterano traumatizado en pantalla. Su experiencia bélica se percibe en la propia premisa: su necesidad de aislamiento. Conoce a un desconocido con aspecto de buscador de oro, interpretado por J.K. Simmons, aunque el encuentro dura apenas unos minutos.
Si resulta sorprendente ver a Pitt protagonizar un drama de naturaleza tan apacible, la otra sorpresa es que está dirigida por David Ayer, especialista en relatos crudos de violencia urbana. Ayer y Pitt, ambos productores del filme, se han unido para crear algo que no se aleja tanto de una vieja película familiar. La sorpresa reside en su impecable realización, con una historia que transmite el dolor de luchar contra la naturaleza.
La naturaleza no perdona
Sin revelar demasiado, James y Odín terminan varados, sin el avión, a 58 millas de la carretera más cercana. Para sobrevivir tendrán que atravesar el bosque, las montañas y las llanuras, y como comienzan recorriendo entre 8 y 10 millas por día, el viaje parece factible al inicio. Tienen provisiones y pueden buscar comida, pero la naturaleza no perdona. El primer obstáculo es un oso grizzly creado con efectos digitales, cuyo encuentro resulta aterrador y convincente. Hay lobos que aúllan, un puente de dos troncos sobre un río de aguas bravas y una caída traicionera por los rápidos.
A lo largo de la cinta, Pitt proyecta una fuerza de resistencia y una tenacidad de superviviente, heroicas pero nunca sobrehumanas. Se percibe la angustia física que su personaje se niega a mostrar y cómo las heridas se acumulan aunque decida ignorarlas. Pero el verdadero hallazgo de la película es Uber, el perro que interpreta a Odín, quien ofrece una de las actuaciones caninas más conmovedoras vistas en años, y convierte el vínculo con James en el corazón de la historia.




