Zach Cregger llegaba a este proyecto con la presión de repetir el éxito de Weapons, una película de terror que combinaba brujería, suspense emocional y una estructura coral que recordaba a un Pulp Fiction adolescente. Por eso sorprendió tanto que su siguiente paso fuera dirigir un reinicio de Resident Evil, la saga de videojuegos que ya ha dado siete películas, ninguna especialmente memorable fuera de su nicho de fans.
La franquicia ha sido, hasta ahora, sinónimo de zombis frenéticos y violencia despersonalizada pensada para jugadores. La pregunta era inevitable: ¿qué sentido tenía que un director que acababa de firmar una de las cintas de terror más elogiadas del año se metiera en ese terreno? La respuesta llega en forma de película, y cambia bastante las expectativas.
Un ritmo distinto al del videojuego
Cregger no filma esta historia con la urgencia habitual de las adaptaciones de videojuegos. Al contrario, opta por un tono pausado y casi naturalista desde el primer plano, cuando la cámara sigue a Bryan, un mensajero médico interpretado por Austin Abrams, en una entrega rutinaria que se complica cuando le encargan trasladar un paquete mucho más sensible a un hospital de montaña.
Abrams, que ya había llamado la atención en Weapons, construye aquí un personaje muy alejado del héroe de acción convencional: torpe con las armas, asustadizo y completamente solo ante lo que se le viene encima. Esa soledad es, precisamente, lo que conecta la película con el espíritu del videojuego original, más que cualquier referencia directa a la saga. Antes de que empiece el caos, Cregger introduce una llamada telefónica entre Bryan y su novia embarazada, un breve momento de humanidad que sirve para anclar emocionalmente lo que viene después, cuando Bryan atropella en plena carretera nevada a la primera infectada de la noche.
Monstruos con personalidad propia
A partir de ahí, la película se convierte en una sucesión de escenarios cada vez más extraños, con criaturas que no siguen todas el mismo patrón. Hay guiños evidentes a clásicos como La cosa, con un perro cuya cara se abre en tentáculos, o a Society, con masas de cuerpos fusionados que ruedan como matojos. En una escena rodada en un hueco de ascensor, uno de los monstruos escupe un ácido verde que recuerda directamente a Alien.
Ese catálogo de criaturas es, probablemente, lo más divertido del conjunto: Cregger parece disfrutar mostrando cada nueva variante con la misma curiosidad que quiere transmitir al espectador. Paul Walter Hauser aporta un alivio cómico eficaz como un científico de la Umbrella Corporation, y Zach Cherry aparece al frente del equipo de laboratorio que intenta, sin demasiado éxito, mantener la situación bajo control.
El resultado no pretende ser una gran película de terror, sino un entretenimiento ligero, algo torpe a propósito y con un extraño encanto de cuento de hadas rural. En apenas noventa minutos, la historia pasa de la comedia incómoda al espectáculo desbocado, y logra algo que ninguna otra entrega de Resident Evil había conseguido hasta ahora: sentirse viva.




