Courtney McAnuff acababa de salir de una relación de un año en el verano de 2024. Estaba empezando a salir de nuevo cuando quedó para tomar unas copas con un posible pretendiente.
Quedaron en un bar del centro de Manhattan. Según cuenta ella, él llegó con una gorra de béisbol calada hasta las cejas y unos lentes de montura negra. A medida que la conversación fluía, desde cómo desenvolverse en Nueva York hasta relaciones pasadas, él mencionó que sus lentes eran unos Meta Ray-Ban.
“No los conocía”, cuenta McAnuff, una gestora de proyectos de 28 años que ahora vive en Toronto, a WIRED. Era la primera vez que veía de cerca esos lentes inteligentes, capaces de grabar imágenes y videos desde el punto de vista de quien las lleva. Él le dejó probárselas e incluso le enseñó un par de videos que había grabado anteriormente, cuenta ella. “Eso fue todo. Dejamos de hablar del tema a partir de ahí. Supuse que ahí se acababa su uso”.
Lentes sorpresa
Al día siguiente, al consultar su Instagram, McAnuff se dio cuenta de que la habían etiquetado en una de sus historias. Para su sorpresa, se trataba de un video en el que aparecían juntos en el bar y en el metro, de camino a un partido de baloncesto en la parte alta de la ciudad. En el video, se ve a McAnuff desde un ángulo cenital, sentada frente a su cita, que sostiene un vaso; WIRED ha visto capturas de pantalla de las imágenes. “Me sentí muy vulnerada”, cuenta McAnuff. “Es como: ¿y si no quiero que todo el mundo sepa lo que estoy haciendo? Él se sintió con total libertad para grabarme y publicarlo. No hubo ninguna conversación al respecto”.
Meta vendió más de 7 millones de pares de estos Ray-Ban en 2025, ya que sus lentes inteligentes se han infiltrado en los espacios públicos gracias a bromistas que sueñan con hacerse virales, algunos de los cuales incluso graban a la gente mientras está trabajando. Este fenómeno, que también se ha extendido entre los “artistas del ligue” que intentan conectar con mujeres, le ha valido a este dispositivo el apodo de “lentes de los acosadores”.
Entre los solteros, y especialmente entre las mujeres, las gafas de Meta con inteligencia artificial se han convertido en una molestia recurrente, ya que la gente comparte una creciente inquietud por ser grabada a escondidas durante las citas.
“Prohiban esas gafas por completo”, publicó una joven en Bluesky en agosto, contando que su cita “se inclinó para enseñarme fotos que me había hecho sin que yo tuviera ni idea de que las estaba haciendo”. Una usuaria de TikTok expresó en un vídeo tras una cita que “enseguida se sintió incómoda” y se preguntó por qué la gente se siente “tan cómoda grabándolo todo. Es una forma horrible de mostrarse: llevando una puta cámara en la cara y sentándote justo delante de mí”.
En una publicación de Reddit de agosto, los usuarios debatieron sobre la ética de esta tendencia, preguntándose si estaba bien continuar con una cita cuando alguien se presentaba con esos lentes puestos. En otro hilo, una mujer contó que había dejado de responder a un chico tras darse cuenta de que había llevado las gafas puestas durante su cita. “No me di cuenta hasta casi el final de la noche. Le besé mientras llevaba puestas las gafas”, recordó. En julio, un hombre fue objeto de una investigación en Seúl, Corea del Sur, por grabar presuntamente a cuatro mujeres con las que había salido y subir posteriormente los videos a las redes sociales, según The Korea Herald.
Citas, confianza y consentimiento
En muchos aspectos, las citas han cambiado debido a nuestra dependencia de la tecnología. Las aplicaciones conectan a las personas. Hoy en día, los chatbots se utilizan para todo tipo de cosas: como compañeros y para juegos de rol. Las cámaras de los smartphones capturan momentos importantes que se comparten en pareja. Pero, mientras que un teléfono que se acerca a la cara de alguien le da una clara oportunidad de oponerse, las gafas inteligentes eliminan en gran medida esa oportunidad. (Las gafas de Meta tienen un LED frontal que se enciende cuando están grabando, pero la luz es la única advertencia, y se puede desactivar hackeando el hardware).
Para McAnuff, esta tendencia va más allá de las instrucciones sobre privacidad. Le preocupaba qué pasaría con las grabaciones después. “No me preguntó si quería que me grabara o si quería que subiera mi cara. Y ahora tiene ese archivo de video mío para siempre. Sin duda, es un gran problema de confianza”, opina.




