Zack Snyder llega a esta entrevista con una energía inesperada. La noche anterior, su nueva película, The Last Photograph (título aún sin estreno confirmado en España), se estrenó ante una sala llena en el Festival Internacional de Cine de Toronto. El thriller sigue a un exagente de la DEA, interpretado por Stuart Martin, que recorre un país sudamericano ficticio en busca de sus sobrinos desaparecidos tras el asesinato de sus padres. Le acompaña un fotógrafo de guerra adicto a la heroína, encarnado por Fra Fee, único testigo del crimen.
El proyecto llevaba más de dos décadas rondando la cabeza de Snyder, quien en su momento barajó a Christian Bale y Sean Penn para los papeles protagonistas. Finalmente lo rodó en 32 días, principalmente en Colombia, junto a su guionista habitual Kurt Johnstad, responsable también del guion de 300. Durante el rodaje contrajo covid y llegó a tener 38 grados de fiebre, pero decidió continuar hasta terminar la producción.
Producida de forma independiente por su esposa Deborah, la cinta parece funcionar como una manera de procesar la muerte de la hija de ambos, Autumn, que se quitó la vida en 2017. Aquella pérdida marcó también su salida de Liga de la Justicia durante la posproducción, vacío que después llenó Joss Whedon con cambios que desembocaron en el conocido Snyder Cut.
Un estreno marcado por la polémica
Pese a tratarse de una producción modesta y personal, The Last Photograph ha generado un ruido desproporcionado en redes sociales desde su estreno. Snyder admite haber seguido el debate esa misma mañana en su cuenta de X, donde se acumulan mensajes que lo acusan de fascista, homófobo e incluso bisexual, esto último por el físico marcado de sus dos protagonistas masculinos. El director responde con ironía y resume el tono general de las críticas como homoerótico, transfóbico y fascista, calificativos que, asegura, no le resultan del todo ajenos tras años dirigiendo cine de superhéroes.
Una de las críticas más repetidas apunta al nivel de violencia hacia las mujeres presente en la cinta, lo que ha derivado en acusaciones de misoginia. Snyder rechaza esa lectura y defiende que la violencia de la película golpea por igual a hombres, mujeres y niños, comparándola con la furia de un huracán, algo que no admite lecturas morales ni resuelve nada en la vida real.
Entre la autocrítica y el humor
Snyder reconoce que, pese a los años, todavía le afectan las reacciones más duras, aunque asegura estar acostumbrado a la controversia que rodea su filmografía. Explica que nunca logra escapar del todo de cierto costumbrismo emocional en su cine, ni siquiera en un proyecto tan serio como este. Ante quienes lo señalan como una figura polarizante, responde sin rodeos que hizo la película más gay jamás hecha, frase que resume el tono desafiante con el que afronta la ola de críticas.
Según cuenta, el debate en internet ha ido cambiando de tono con el paso de las horas, pasando de los insultos más directos a comentarios que piden calma. Snyder asegura que esa evolución, aunque agotadora, forma parte del proceso natural de defender un proyecto tan personal, nacido de una ventana de producción de apenas cuatro meses y sostenido casi por completo por la fe de su propio equipo.




