El cine belga vuelve a sonar con fuerza en el circuito internacional. Bélgica tiene tres idiomas oficiales y tres regiones con amplia autonomía: Flandes, al norte; Valonia, al sur; y Bruselas, en el centro. Esa convivencia alimenta un cine capaz de dialogar con públicos muy distintos.
La región valona vive un año dorado que culminará con el estreno mundial de Le Faux Soir, de Michaël R. Roskam, en el Festival Internacional de Cine de Toronto. La cinta se proyectará después en San Sebastián como película de clausura. La última obra del director de Bullhead narra la hazaña real de la resistencia belga que, en plena ocupación nazi de 1943, organizó una edición falsa de Le Soir, el periódico más importante del país y usado como herramienta de propaganda.
El rodaje supuso el regreso a casa de Roskam tras años en Hollywood, y le llevó a reflexionar sobre la modestia con la que los belgas tratan su propia historia. Según el director, hay algo profundamente belga en la mezcla de valentía, moderación, pacifismo y humor: una capacidad de resistir sin perder la ironía ni la autocrítica, un espíritu que reconoce tanto en la Bélgica de 1943 como en la actual.
Cómo entiende Bélgica su propio cine
El estreno coincide con el 40 aniversario de Wallonie-Bruxelles Images (WBImages), agencia de promoción internacional de la Federación Valonia-Bruselas. Su director, Hervé Le Phuez, señaló desde Venecia, donde la agencia presentaba Diane in the Loop de Ann Sirot y Raphaël Balboni, que el equipo se siente orgulloso del trabajo de estas cuatro décadas, reflejado en el éxito de sus películas y en las coproducciones que multiplican esa presencia fuera del país.
Le Phuez aclaró que WBImages apoya a toda la comunidad, sin fijarse en cineastas de una región concreta, sino en quienes comparten cierta actitud belga en narrativa y lenguaje cinematográfico. Son películas que suelen llevar voces de orígenes distintos, una de las grandes fortalezas del sector.
Esa realidad se refleja en la presencia valona en Toronto, encabezada por Le Faux Soir y por el drama bélico Coward, de Lukas Dhont, ganador en Cannes, ambas nacidas de la colaboración entre Flandes y Valonia. Ronni Shalev, cuya pieza 2:Love también se estrena allí, destacó el apoyo financiero a realizadores noveles y la libertad para arriesgar, incluso en producciones largas y costosas.
Una industria con menos jerarquías
Shalev relaciona esa libertad con una ética valona muy práctica: aquí la gente se lanza a un proyecto ambicioso y resuelve cómo hacerlo sobre la marcha, lo que explica voces tan singulares. Delphine Duez, productora de White Boat Pictures, coincide y habla de una energía propia del cine valón actual, protagonizada por jóvenes que no buscan repetir fórmulas.
Roskam celebra la diversidad de voces que conviven hoy en la escena belga, con nuevas generaciones que emergen mientras los consagrados siguen firmando obras ambiciosas. Shalev atribuye parte de esa efervescencia al estatuto del artista, el sistema que garantiza un salario a los creadores entre contratos, hoy amenazado por recortes del gobierno de derecha. Duez subraya, además, la dimensión humana de una industria con menos rigidez jerárquica.
Le Phuez cierra con el círculo virtuoso de la financiación belga, sostenido por tres niveles de competencia pública que se combinan en cada proyecto. Su mayor fortaleza, concluye, está en mantener la originalidad pese a la homogeneización global, algo que permite a sus creadores ser fieles a su voz mientras conquistan al público internacional.
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