Carla Moretti no descansa nunca. Interpretada por Alba Rohrwacher, la protagonista de A Good Little Soldier (título aún sin estreno confirmado en España) siempre está trabajando o camino a la oficina. La película, dirigida por Stéphane Brizé, compite en la sección oficial del Festival de Venecia, donde el cineasta presenta su cuarto trabajo en el Lido y aspira al León de Oro.
Como sugiere el título original, Carla no solo soporta las exigencias de su empleo, sino que es una trabajadora incansable por decisión propia: una mujer despojada voluntariamente de personalidad e independencia, tal como el distrito parisino donde transcurre la historia. La cinta desafía, en cierto modo, los clichés sobre el mundo laboral francés y su fama de protestar ante el primer indicio de abuso.
Al filme le vendría bien algo más de contundencia para escapar de la monótona crítica anticapitalista que asume como novedosa. Es, en esencia, un estudio de personaje sobre la mentalidad de los empleados, aunque la interpretación de Rohrwacher le aporta una textura decente. La historia sigue a Carla en sus primeras semanas como gerente de recursos humanos en una aseguradora dirigida por el arrogante director ejecutivo Arnaud, interpretado por Vincent Lindon en su sexta colaboración con Brizé.
Un vídeo corporativo que desata la tensión
En una tensa reunión inicial, Carla y sus compañeros presentan a Arnaud un vídeo corporativo pensado para atraer a una nueva generación de ejecutivos. Una percusión rítmica y una cámara nerviosa aportan un tono satírico al berrinche de Arnaud, quien arremete contra la corrección política del vídeo con la arrogancia de quien se cree defensor de la verdad.
Tras la diatriba, Brizé centra la atención en Carla, quien sufre el síndrome del impostor, lo que paradójicamente la empuja a trabajar aún más. El guion, coescrito por Coralie Amédéo y Olivier Gorce, recurre a lo obvio en su burla de la vida corporativa mientras Carla supervisa unos talleres de trabajo en equipo que funcionan como auténticos rituales de humillación.
Dos crisis que ponen en duda su vocación
Brizé entrelaza estos episodios absurdos con dos crisis latentes que llevan a Carla a cuestionar su compromiso laboral. Comparte la custodia de su hijo Louis, interpretado por Adrien Bobinet, con su exmarido Olivier, encarnado por David Talbot, aunque últimamente ha cancelado varias de sus semanas con el niño. Louis le envía mensajes diarios que ella escucha en el trayecto al trabajo, y las videollamadas apenas resultan agradables porque Carla se obsesiona con sus notas de matemáticas.
La negativa de Brizé a mostrar a Carla fuera del entorno laboral le da a la película una cualidad monótona y casi claustrofóbica, como si estuviera aislada de todo lo que no sea su oficina. Mientras tanto, Carla descubre que una jefa de equipo eficiente, Madame Lalouette, interpretada por Carine Rouvier, ha maltratado verbalmente a la tímida Madame Morel, encarnada por Sandra Le Gall.
Como las cifras de ventas de Lalouette son demasiado buenas para despedirla, Carla intenta trasladarla a otro departamento, una decisión que irrita a sus superiores y expone su propia debilidad dentro de la jerarquía. A pesar de un arrebato cómico durante una clase por videollamada con Louis, la precisión de Rohrwacher permite una evolución sutil de Carla, aunque quizá demasiado discreta para tener gran impacto dramático en la historia de una soldado que obedece órdenes hasta el último fotograma.
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