Durante años, adelgazar fue presentado como una cuestión de fuerza de voluntad. Ahora, la irrupción de medicamentos como Ozempic, Wegovy o Mounjaro ha cambiado ese relato: millones de personas han logrado perder peso gracias a estos tratamientos y la obesidad ha empezado a entenderse cada vez más como una enfermedad. Sin embargo, un grupo de investigadores advierte de que este cambio de paradigma puede esconder una transformación mucho más profunda, con consecuencias que van más allá de la salud individual.
El debate ya no gira únicamente en torno a si estos fármacos funcionan —la evidencia científica confirma que pueden ser muy eficaces—, sino sobre el modelo de sociedad que favorecen. La preocupación expresada en un reciente editorial publicado en la revista Science apunta a un escenario en el que el problema del exceso de peso deja de abordarse desde la alimentación, el entorno o las políticas públicas para resolverse, principalmente, desde la farmacia.
En ese contexto, la obesidad corre el riesgo de convertirse en un mercado de dimensiones gigantescas. Por un lado, crecen las ventas de medicamentos adelgazantes; por otro, la industria alimentaria continúa expandiendo el consumo de productos ultraprocesados. Entre ambos extremos aparece un nuevo negocio: alimentos diseñados específicamente para quienes toman estos tratamientos, desde batidos sustitutivos hasta preparados funcionales adaptados a un apetito reducido.
El problema no es el medicamento
Luc Hagenaars, investigador en políticas sanitarias de la Universidad de Ámsterdam y uno de los autores del editorial, insiste en que el debate no pretende demonizar los agonistas del GLP-1. Al contrario, reconoce que representan una herramienta valiosa para pacientes que llevan años luchando contra la obesidad.
Su crítica apunta hacia otro lugar: la tendencia a presentar la obesidad como un fenómeno exclusivamente médico, desligado del entorno alimentario y social que favorece su aparición.
Desde esa perspectiva, los ultraprocesados ocupan un lugar central. Estos productos, formulados para resultar especialmente apetecibles, baratos y fáciles de consumir, han ganado terreno en prácticamente todos los países durante las últimas décadas. Revisiones científicas publicadas por The Lancet ya alertaron de que su expansión está desplazando las dietas tradicionales y deteriorando indicadores de salud pública.
Cuando adelgazar también crea nuevos mercados
El auge de Ozempic y medicamentos similares ha abierto oportunidades económicas mucho más amplias que la venta de los propios tratamientos.
Cada vez aparecen más productos dirigidos específicamente a personas que utilizan estos fármacos: bebidas enriquecidas, comidas listas para consumir, suplementos nutricionales y sustitutos de comidas pensados para quienes experimentan menos apetito.
Maira Bes Rastrollo, catedrática de Medicina Preventiva y Salud Pública de la Universidad de Navarra, señala a El País que este fenómeno plantea un riesgo evidente. Advierte de que puede instalarse la idea de que una alimentación basada en ultraprocesados deja de tener consecuencias importantes si existe un medicamento capaz de compensarlas posteriormente.
Ese mensaje, aunque implícito, podría modificar el comportamiento de una parte de la población y reforzar una lógica en la que primero se genera el problema y después se comercializa la solución.
El debate sobre la medicalización del sobrepeso
Otro de los puntos más controvertidos del editorial de Science afecta a la expansión de las categorías diagnósticas relacionadas con la obesidad.
Los autores cuestionan propuestas recientes como la denominada “preobesidad clínica”, argumentando que ampliar las definiciones puede incrementar el número de personas susceptibles de recibir tratamiento farmacológico.
Hagenaars también pone el foco en los conflictos de interés presentes en parte de la investigación sobre obesidad. Recuerda que muchos estudios cuentan con financiación de compañías farmacéuticas, una circunstancia que figura de forma transparente en las publicaciones científicas, pero que, en su opinión, puede influir en las prioridades de investigación del conjunto del sector.
El investigador sostiene que la ciencia ha tendido a concentrarse en mecanismos biológicos cada vez más específicos mientras pierde capacidad para analizar factores como la industria alimentaria, las desigualdades sociales o las políticas públicas.
España mantiene una ventaja que podría marcar la diferencia
Aunque la tendencia global apunta hacia una mayor medicalización del peso, algunos expertos consideran que España conserva elementos culturales capaces de ofrecer cierta resistencia.
Cecilia Díaz Méndez, catedrática de Sociología de la Universidad de Oviedo, defiende que la fortaleza de la cultura alimentaria mediterránea constituye un activo que otros países han ido perdiendo.
No habla únicamente de consumir aceite de oliva o verduras. Se refiere a cocinar en casa, compartir la mesa, comprar en mercados tradicionales, transmitir recetas familiares y entender la comida como una experiencia colectiva.
Ese patrimonio cultural, sostiene, funciona como un contrapeso frente a un modelo basado en productos industriales y soluciones rápidas.
La gran pregunta ya no es médica, sino cultural
Los medicamentos como Ozempic han demostrado que pueden cambiar vidas. Para muchas personas con obesidad representan una herramienta eficaz cuando otras estrategias han fracasado.
Pero el debate abierto por Science va más allá de su eficacia clínica. Lo que está en juego es la forma en que una sociedad decide responder a uno de sus mayores problemas de salud pública.
Si el futuro termina dependiendo únicamente de medicamentos, alimentos preparados y productos diseñados para comer cada vez menos, la alimentación podría dejar de ser un espacio de convivencia para convertirse en un proceso puramente funcional.
La “era Ozempic”, concluyen los investigadores, no consiste solo en una revolución farmacológica. Es también una disputa sobre quién define nuestra manera de comer: la cocina, el supermercado o la farmacia. @mundiario
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