La nueva película de Edoardo Gabbriellini, La ciudad de los vivos, ha llegado a la Mostra de Venecia con una propuesta que prioriza la vida por encima del horror. La cinta narra los últimos meses de Luca Varani, un joven romano de clase trabajadora asesinado en 2016 por dos hombres bajo los efectos de las drogas, un crimen que conmocionó a Italia por su brutalidad. La cinta compite en la sección Horizontes de la Mostra, dedicada a las nuevas corrientes del cine contemporáneo, y llega precedida por el debate sobre si un cineasta tiene una responsabilidad ética hacia las comunidades que retrata en pantalla.
Gabbriellini construye un personaje tridimensional, alejado de cualquier morbo, y logra que el espectador sienta una profunda empatía por Luca, su novia Marta y sus padres. Sin embargo, el director no consigue el mismo equilibrio con los asesinos, cuya representación se reduce a dos rasgos: comportamiento psicopático y homosexualidad, lo que genera un desequilibrio narrativo difícil de ignorar.
Un relato basado en hechos reales
La historia, inspirada libremente en la novela de Nicola Lagioia, sigue a Luca, interpretado por Emanuele Maria Di Stefano, mientras vive con sus padres adoptivos, Silvana y Giuseppe, en un barrio periférico de Roma. Trabaja junto a su padre vendiendo baratijas y asiste a clases nocturnas, aunque sin demasiado entusiasmo. La narrativa evita las explicaciones directas y deja que las relaciones se revelen a través de pequeños gestos cotidianos.
Una discusión inicial entre Luca y Marta, interpretada por Gaia Merlonghi, por un restaurante sirve para mostrar la dinámica de la pareja y los roles tradicionales que suelen adoptar los jóvenes italianos. Tras reconciliarse, Luca abandona los estudios y busca trabajo para poder mudarse con ella, aunque ahorrar nunca fue su fuerte.
El punto de inflexión con la comunidad gay
Un encuentro cerca de la estación Termini con Andreas, interpretado por Andrea Isidori, un gigoló gay, introduce a Luca en un mundo de dinero fácil. Ese contacto lo lleva hasta la vivienda de un hombre adinerado, donde llama la atención de un travesti adicto a la cocaína cuya presencia anticipa la tragedia. La película, con acierto, evita mostrar los detalles más crudos del asesinato y se centra en el impacto que deja en quienes rodeaban a Luca.
El problema surge porque ni el guion ni la dirección incluyen a ningún personaje gay positivo que equilibre la representación. En el dosier de prensa, Gabbriellini defiende el poder empático del cine para evitar juicios superficiales, un principio que aplica con generosidad a Luca y a la comunidad inmigrante que aparece en la escuela nocturna, pero que olvida extender a la comunidad queer, retratada únicamente a través de sus aspectos más oscuros.
Pese a esta carencia, La ciudad de los vivos se sostiene gracias a las interpretaciones y a la sensibilidad con la que Gabbriellini aborda el duelo de una familia rota. El dolor de Silvana y Giuseppe, y el vacío que deja Marta tras la pérdida, convierten a la película en una de las propuestas más maduras del director hasta la fecha. Aun con sus contradicciones, la cinta deja claro que Gabbriellini sabe retratar el dolor humano sin caer en el sensacionalismo, algo poco habitual en un relato construido sobre un crimen real que aún pesa en la memoria colectiva de Roma.
movil.jpg)



