Cuando Lisa Rees comenzó a utilizar una inyección para perder peso en abril, su objetivo era relativamente sencillo: adelgazar. Sin embargo, semanas después descubrió un efecto que no esperaba y que, para ella, terminó convirtiéndose en uno de los mayores beneficios del tratamiento como declaro para la BBC. Ya no solo tenía menos hambre; también había perdido buena parte de las ganas de beber alcohol. La mujer, de 46 años y residente en el sur de Gales, cuenta que antes podía beber dos botellas de vino durante una salida nocturna. Ahora, después de un par de copas, aparece una sensación completamente diferente: físicamente siente que no quiere ni puede beber “ni una gota más”. Su experiencia personal coincide con una pregunta que la ciencia empieza a tomarse cada vez más en serio.
Los medicamentos conocidos comercialmente como Wegovy, Ozempic o Mounjaro han cambiado la conversación sobre la pérdida de peso porque actúan sobre mecanismos relacionados con el apetito y la saciedad. La semaglutida y la tirzepatida imitan o reproducen parte de la acción de hormonas intestinales implicadas en la regulación del hambre, haciendo que muchas personas coman menos y se sientan saciadas durante más tiempo. Pero el cerebro no separa siempre de manera tan sencilla el deseo de comer del sistema de recompensa. Esa conexión ha llevado a los investigadores a preguntarse si los efectos de estos fármacos pueden extenderse a otras conductas asociadas con la búsqueda de recompensa, entre ellas el consumo de alcohol.
Ahí aparece uno de los nombres más relevantes de esta investigación: Christian Hendershot, investigador de la Universidad del Sur de California. En 2025 publicó junto a otros científicos un ensayo clínico aleatorizado sobre semaglutida en personas con trastorno por consumo de alcohol. Los resultados no demostraron que el medicamento eliminara el problema ni que funcionara como una terapia aprobada contra la adicción, pero sí observaron una reducción significativa del deseo de beber y del número de bebidas consumidas durante los días en los que los participantes bebían. También disminuyeron los episodios de consumo excesivo a medida que avanzaba el tratamiento.
La diferencia es importante porque durante años la investigación sobre este fenómeno estuvo apoyada principalmente en testimonios personales, estudios observacionales y experimentos preliminares. Una investigación anterior que analizó a personas con obesidad que utilizaban semaglutida o tirzepatida encontró también una menor ingesta de alcohol, menos bebidas por episodio y una reducción de determinados indicadores relacionados con el consumo problemático. Pero esos resultados tampoco permiten concluir que las inyecciones para adelgazar sean medicamentos contra el alcoholismo. Son señales que justifican nuevas investigaciones, no una respuesta definitiva.
El cerebro podría explicar una parte de la paradoja
La hipótesis que estudian los científicos tiene que ver con el sistema de recompensa. El alcohol, la comida y otras sustancias pueden activar circuitos cerebrales relacionados con la motivación y la recompensa. Los fármacos que actúan sobre GLP-1 podrían modificar parcialmente esa respuesta, haciendo que determinados estímulos resulten menos atractivos. Por eso algunas personas describen algo más profundo que simplemente “tener menos hambre”: desaparece parte del impulso. La copa que antes parecía irresistible puede dejar de ocupar espacio mental. Y esa posibilidad resulta especialmente interesante para la medicina porque abre una línea de investigación que va más allá de la obesidad.
Pero existe una diferencia entre que alguien pierda espontáneamente el interés por el alcohol y tratar una dependencia alcohólica. El NHS define el trastorno por consumo de alcohol como un patrón perjudicial de consumo y señala entre sus signos la dificultad para reducir o detener la ingesta, el deseo intenso de beber y continuar consumiendo pese a las consecuencias negativas. En personas con dependencia física, además, dejar el alcohol de manera brusca puede provocar síntomas de abstinencia potencialmente graves. Por eso una disminución del deseo provocada por un medicamento no debe confundirse con un tratamiento médico establecido para abandonar el alcohol.
La investigación, de hecho, ya está avanzando hacia esa pregunta. Existe un ensayo de fase II que estudia específicamente la tirzepatida en adultos con trastorno por consumo de alcohol y sobrepeso u obesidad. El objetivo es comprobar mediante un ensayo controlado si el medicamento puede influir realmente sobre el consumo de alcohol y determinados resultados metabólicos. Que este tipo de estudios estén en marcha demuestra que la hipótesis ha dejado de ser una simple colección de testimonios en redes sociales, pero también que todavía falta evidencia para convertirla en una indicación clínica.
Para la industria farmacéutica, la posibilidad resulta especialmente significativa. Los medicamentos GLP-1 ya han creado un enorme mercado alrededor de la obesidad, la diabetes y el control del peso. Si futuras investigaciones demostraran efectos consistentes sobre otros comportamientos relacionados con la recompensa, su importancia médica podría multiplicarse. Sin embargo, también aparecerían nuevas preguntas: qué pacientes podrían beneficiarse, qué dosis serían necesarias, cuánto duraría el efecto y cuáles serían los riesgos de utilizar estos fármacos con objetivos diferentes de aquellos para los que fueron autorizados.
La experiencia de personas como Lisa Rees explica por qué el fenómeno está generando tanta atención. Su relato no demuestra que el medicamento vaya a producir el mismo efecto en todas las personas, pero sí ilustra una transformación subjetiva que puede resultar sorprendente: no se trata necesariamente de decidir conscientemente “voy a beber menos”, sino de descubrir que el deseo ya no está donde estaba. Para alguien acostumbrado a beber varias copas durante una noche, que dos sean suficientes puede sentirse como un cambio radical en la relación con el alcohol. La ciencia intenta ahora averiguar cuánto de ese efecto puede atribuirse realmente al medicamento y cuánto corresponde a otros factores.
La gran incógnita es si estamos ante un efecto secundario interesante o ante el comienzo de una nueva aplicación terapéutica. Por ahora, la respuesta más prudente es la segunda pregunta, no la afirmación. Los resultados disponibles son prometedores, pero todavía limitados; incluso el ensayo de Hendershot reconoce las restricciones derivadas del reducido tamaño de la muestra. Además, la evidencia sobre tirzepatida específicamente para el trastorno por consumo de alcohol continúa en fase de investigación. Convertir una señal científica en un tratamiento requiere ensayos más amplios, replicación de resultados y una evaluación rigurosa de beneficios y riesgos.
Lo verdaderamente interesante de estas inyecciones quizá no sea únicamente cuánto peso pueden ayudar a perder, sino hasta qué punto pueden modificar determinados mecanismos relacionados con el deseo. Primero fue el apetito; ahora la investigación mira hacia el alcohol, el tabaco y otras conductas de recompensa. Todavía es demasiado pronto para hablar de una revolución contra las adicciones, pero la dirección de los estudios resulta difícil de ignorar. Para personas como Lisa, el cambio ya tiene una traducción cotidiana: menos copas, menos deseo y una relación diferente con una bebida que antes formaba parte de su rutina. Para la ciencia, en cambio, la pregunta apenas comienza: ¿qué más puede cambiar cuando se modifica la forma en que el cerebro experimenta la recompensa? @Mundiario
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