Durante décadas, el autismo tuvo ante los ojos de la medicina un perfil predominantemente masculino. El aumento reciente de diagnósticos entre mujeres y niñas obliga ahora a revisar esa imagen y plantea una interpretación muy diferente a la idea de una súbita expansión del trastorno: posiblemente no haya muchas más mujeres autistas que antes, sino que la medicina está aprendiendo a reconocer a quienes durante años permanecieron fuera de sus criterios habituales. El cambio importa porque demuestra que aquello que una sociedad considera “normal” o “atípico” también depende de las herramientas con las que decide observarlo.
La investigación analizó los registros médicos electrónicos de 171.134 pacientes atendidos de forma continuada entre 2016 y 2024 en un sistema sanitario del Medio Oeste estadounidense. El resultado mostró una evolución desigual: mientras los diagnósticos entre hombres permanecieron estables o descendieron ligeramente, aumentó la identificación del trastorno del espectro autista (TEA) entre mujeres. No es un detalle estadístico. Es una señal de que una parte de la población que históricamente quedaba en los márgenes del diagnóstico está comenzando a hacerse visible.
La edad revela con especial claridad esa desigualdad. Las mujeres recibieron el diagnóstico, de media, a los 15,7 años, frente a los 12,3 de los hombres: una diferencia de 3,4 años. Tres años durante la infancia o la adolescencia pueden significar mucho más que un retraso administrativo. Pueden representar cursos escolares atravesados sin comprender determinadas dificultades, relaciones sociales sostenidas con enorme esfuerzo o necesidades de apoyo que nadie llegó a identificar. El diagnóstico tardío no modifica quién era esa persona antes de recibirlo; modifica la explicación disponible para comprender su experiencia.
Una parte de esa brecha tiene raíces en la propia historia de la investigación. Muchos de los criterios tradicionalmente utilizados para identificar el autismo fueron construidos a partir de estudios realizados mayoritariamente en varones. Señales como dificultades muy visibles en la interacción social, intereses específicos o determinadas conductas repetitivas se convirtieron en referencias diagnósticas predominantes. El problema aparece cuando otras formas de presentación no encajan con la misma claridad en ese modelo. La ciencia no necesariamente estaba viendo menos autismo femenino; podía estar buscando principalmente aquello que había aprendido a reconocer en los hombres.
Según JAMA Network Open, el crecimiento de los diagnósticos femeninos forma parte de un cambio más amplio en la detección del TEA. La investigación no concluye simplemente que existan ahora más mujeres autistas, sino que apunta hacia un reconocimiento más amplio de presentaciones anteriormente subestimadas. Esta diferencia resulta esencial para interpretar correctamente las cifras: aumentar los diagnósticos no equivale automáticamente a demostrar un incremento equivalente de la prevalencia real. También puede significar que disminuye el número de personas que permanecían invisibles para el sistema sanitario.
El camuflaje social que durante años confundió al diagnóstico
Uno de los conceptos que mejor ayuda a comprender el fenómeno es el llamado “camuflaje social”. Algunas niñas y adolescentes aprenden a observar, imitar y reproducir comportamientos sociales para desenvolverse en contextos que pueden resultarles difíciles. Desde fuera pueden parecer perfectamente integradas en el colegio, el trabajo o un grupo de amigos. Sin embargo, esa adaptación puede requerir un esfuerzo considerable y coexistir con ansiedad, agotamiento o confusión. El éxito aparente de la estrategia termina convirtiéndose paradójicamente en una de las razones por las que sus necesidades pueden pasar inadvertidas.
Cuando el autismo no entra inicialmente en la explicación, pueden aparecer otros diagnósticos como ansiedad, depresión o trastornos de conducta. Estas condiciones pueden coexistir con el TEA y requieren atención por derecho propio, pero no siempre explican por completo lo que experimenta la persona. La consecuencia de una detección incompleta puede extenderse mucho más allá de una etiqueta clínica: afecta a la interpretación de la propia historia, al acceso a determinados apoyos y a la manera en que familias, escuelas o profesionales entienden ciertas dificultades.
La evolución del propio lenguaje médico demuestra que el concepto de autismo tampoco ha permanecido inmóvil. El síndrome de Asperger dejó de formar parte de los principales manuales diagnósticos como categoría independiente en 2013 y fue integrado dentro del espectro autista, aunque su código administrativo continuó utilizándose durante años en algunos sistemas estadounidenses. La unificación pretende reducir diferencias que podían complicar el acceso a tratamientos, apoyos escolares o servicios de salud mental, al tiempo que reconoce una realidad fundamental: compartir un diagnóstico no significa compartir exactamente las mismas características o necesidades.
También ha cambiado la sociedad alrededor del diagnóstico. La conversación sobre neurodiversidad se ha multiplicado mediante testimonios, asociaciones, medios y redes sociales, permitiendo que algunos adultos reconozcan características de su propia experiencia y busquen una evaluación profesional. El fenómeno resulta especialmente relevante entre mujeres adultas, históricamente infrarrepresentadas tanto en estudios como en diagnósticos. Para algunas, una evaluación tardía puede ofrecer un marco desde el que reinterpretar experiencias de infancia, adolescencia, relaciones personales o vida laboral que durante años parecieron carecer de explicación.
El verdadero cambio que plantea esta investigación no está únicamente en las estadísticas, sino en la pregunta que obliga a formular a la medicina: cuántas personas pudieron quedar fuera porque los criterios con los que se buscaba el autismo eran demasiado estrechos. Los autores reclaman estrategias de detección capaces de considerar edad, género e historia individual y recuerdan que el TEA no debe entenderse exclusivamente como una condición infantil ni asociarse automáticamente con los varones. Reconocer mejor la diversidad no significa ampliar diagnósticos indiscriminadamente; significa construir herramientas más precisas para que ser diferente al modelo históricamente estudiado no equivalga a permanecer invisible. @Mundiario
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