La cirugía más avanzada del mundo cabe hoy en una incisión de dos centímetros, y esa incisión acaba de llegar a Damasco. El cirujano coruñés Diego González Rivas impartió entre el 26 y el 28 de agosto la primera masterclass de Uniportal VATS que se celebra en Siria, un país que reconstruye su sanidad sobre el desgaste de más de una década de guerra. La escena tiene poco de anécdota y mucho de argumento, porque plantea una pregunta que sus misiones internacionales llevan años formulando sobre el terreno. Por qué el acceso a la cirugía torácica de vanguardia sigue siendo, en 2026, un privilegio ligado al código postal en el que uno nace.
Una técnica que reduce el tórax a un corte mínimo
El curso se celebró en el Hospital Universitario Nacional de Damasco y combinó sesiones teóricas con cuatro intervenciones en directo. La Uniportal VATS, que el propio González Rivas puso en el mapa quirúrgico mundial en 2010, permite operar el tórax a través de una sola incisión de dos a tres centímetros, sin abrir el pecho y con posoperatorios que se miden en días, no en semanas.
Dos de los pacientes eran una chica de catorce años y un chico de diecisiete, ambos con bronquiectasias. El caso más comentado llegó con una lobectomía inferior izquierda para tratar una malformación arteriovenosa, una anomalía vascular que rara vez se ve en un quirófano y que el cirujano resolvió ante decenas de especialistas llegados de toda Siria y de países vecinos. «Muy rara de ver», resumió durante la retransmisión.
La diferencia entre operar y dejar capacidad instalada
Cada misión de la Fundación Diego González Rivas aspira a algo más ambicioso que intervenir a un paciente. Aspira a dejar instalado un equipo capaz de continuar el camino cuando el grupo internacional ya ha vuelto a casa. En Damasco, esa filosofía se tradujo en la entrega de seis instrumentos quirúrgicos, entre ellos un disector, un grasper, un aspirador y una espátula curva, para que el hospital siga practicando cirugía mínimamente invasiva mucho después de la marcha del equipo.
«Es una donación para vuestro hospital, para ayudaros a mejorar la cirugía mínimamente invasiva», explicó el cirujano al entregar el material. Ese matiz separa la intervención humanitaria puntual, fotogénica y efímera, del modelo de transformación estructural que enseña, forma y multiplica. La pregunta que ordena cada viaje se resume en una fórmula sencilla. Qué queda cuando el equipo se marcha.
Operar donde la guerra dejó la sanidad a medias
El contexto sirio dota a ese planteamiento de una densidad particular. Damasco concentra buena parte de los hospitales universitarios del país y de la formación de sus médicos, en un sistema sanitario que todavía arrastra el desgaste de la guerra. Según Naciones Unidas, 12,8 millones de personas necesitan asistencia sanitaria en Siria en 2026, y sólo el 57 % de los hospitales y el 30 % de los centros de atención primaria funcionan plenamente.
Sobre ese mapa, enseñar una técnica y donar instrumental deja de ser un gesto simbólico para convertirse en una capacidad médica que permanece. El Hospital Universitario Nacional distinguió a González Rivas con una placa de honor y la televisión nacional siria se hizo eco de una visita que, para muchos cirujanos del país, supuso el primer contacto con la técnica. Toda la actividad se desarrolló en el propio hospital, con el equipo local, sin necesidad de recurrir a la unidad móvil de cirugía que la Fundación despliega en escenarios más precarios.
Galicia, en el mapa de una medicina que viaja
Damasco es una parada más de un agosto extraordinario que ha llevado al coruñés a operar en siete países de cuatro continentes en apenas un mes, con nuevas misiones previstas en Chad y Sierra Leona. La cartografía dibuja una idea incómoda y luminosa a la vez. Desde A Coruña, un cirujano formado en la sanidad pública gallega exporta conocimiento a los rincones donde la enfermedad golpea con más dureza y la respuesta llega más tarde.
El relato encaja con una convicción que González Rivas repite sin descanso. La cirugía de precisión no debería ser un lujo reservado a los países ricos ni a los tiempos de paz. Cada masterclass como la de Damasco reduce, aunque sea un milímetro, esa brecha que separa a quien puede curarse de quien sólo puede esperar. Y deja una última pregunta suspendida sobre las misiones que la Fundación multiplica por el mundo. Por qué, en pleno siglo XXI, siguen siendo necesarias. @mundiario
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